Quizá una de las más singulares aportaciones de la mirada patriarcal a la cultura popular haya sido, precisamente, esa: el reciclaje de la historieta (y la película) de superhéroes como objeto de reafirmación identitaria, convenientemente despojado de espíritu lúdico y envuelto de falsa trascendencia.
A lo largo de su historia, no obstante, el cómic de superhéroes también ha sido un género en el que, bajo sus discursos dominantes, determinados autores han podido desarrollar su agenda propia: el caso del libertario y transgresor Alan Moore es paradigmático.
Como bien detalla Elisa McCausland en su apasionante Wonder Woman. El feminismo como superpoder (Errata Naturae), William Moulton Marston, psicólogo y firme creyente en la supremacía femenina, fue uno de esos autores y logró que, en las aventuras de su Wonder Woman, se canalizaran los ecos ideológicos de varios años de activismo feminista y de la utopía posfamiliar que él mismo vivía en su vida doméstica.
Wonder Woman, la película de Patty Jenkins, nace en un universo cinematográfico DC dominado por los testoterónicos modelos de Nolan y Snyder, dos pesos pesados de la falsa importancia, y, junto al intento algo tímido de hacer justicia al ideario de Moulton Marston, sí marca la diferencia en algo esencial: su apuesta por la ligereza.
He aquí una película, pues, que se somete a ciertas servidumbres —el clímax final con sus enfáticas imágenes ralentizadas a lo Snyder—, pero no se avergüenza en ningún momento de ser un cómic. Y uno antiguo, además, con espíritu de vieja película de aventuras, afortunadas ideas en sus secuencias menos espectaculares —la presentación de los personajes de Sameer y Charlie— e incluso inesperadas sorpresas camp, como la que llega de la mano de una Elena Anaya que se diría recién extirpada de La piel que habito (2011).












