Hace poco más de un año viví la peor pesadilla que jamás, en mis entonces 17 años de vida, hubiera imaginado. Una de las que hoy en día miles de niños y niñas viven a través de las redes sociales, y que los llevan hasta el suicidio. Después de semanas de infierno y meses muy complicados he podido salir adelante, gracias al apoyo de mi familia, de mis verdaderos amigos y de la asesoría de los abogados Ana Robleda, Eduardo Amerena e Íñigo Sañudo Conesa.

Alguna persona decidió vincular un video pornográfico con mi nombre y mandarlo por WhatsApp. Mi nombre, porque no era yo la que aparecía en el video, fue objeto de burla, de morbo y hasta de transacciones de 500 pesos por parte de quienes se atrevieron a venderlo para reenviarlo.

En ese entonces publiqué esta carta a quien hoy en día sigue siendo anónimo. Sin embargo, el asunto no terminó ahí. En el camino me topé de frente con un cobarde. Y a falta de sus pantalones, escribo estas palabras.

Te consideraba mi amigo, creí que nos conocíamos. Fui a tu casa varias veces, saludé a tus papás, igual que a tus hermanas. Cuando publiqué la carta, me felicitaste. Muchas veces me recordabas lo mucho que me querías y lo orgulloso que te sentías de mí. Me dijiste que era una chingona y hasta me mandaste un screenshot del grupo en WhatsApp de tu familia, en el cual una de tus hermanas decía: “Está cañona tu amiga, ¡neta wow! Mis respetos”.

En el cumpleaños de una amiga, apareciste con copas encima, me saludaste y me pediste que habláramos. Me confesaste que tú habías reenviado el video a tu grupo de amigos, y que entonces un amigo tuyo lo había vendido. Me quedé fría, te grité y me fui.

Al día siguiente, me mandaste un mensaje por WhatsApp.

—¿Qué onda Ana? Espero que sí podamos ir a echar un café uno de estos días, y platicar las cosas bien. Cometí un error muy pendejo sin que se me ocurrieran las consecuencias. Debí haber ido directo contigo cuando me llegó el video y preguntarte qué pedo. Nunca haría algo con el propósito de chingarte. Te quiero y admiro mucho, y me dolería perder nuestra amistad por esto, aunque entiendo si así lo prefieres. Y hasta yo prefiero eso que la culpa que sentía cada vez que te veía. Perdón de todo corazón. Al final del día estuvo mal de mi parte pero fue un error por estar de curioso. Nunca me imaginé que un amigo mío fuera capaz de llevarlo a semejante mamada.

—Gracias y pronto platicamos —respondí—. Me va a servir mucho entender lo que pasó. A la fecha no entiendo por qué se me hizo esto.

—Ya estás —concluiste.

No te volví a ver. ¿Pensaste que ese mensaje era suficiente para reparar el daño? ¿Cambiaste de opinión? ¿Te arrepentiste de haberte confesado porque estabas tomado? ¿Sentiste miedo? ¿Estás más involucrado de lo que me dijiste? ¿Te sientes cómodo volviendo al lugar de los cobardes? ¿Te asesoraron y te advirtieron de las consecuencias legales?

Tu mensaje se lo mandé a mis abogados, y ellos hicieron su parte. En términos generales, te mandaron citar con un policía de investigación, te fueron a buscar a tu trabajo y firmaste el citatorio. Un mes y 17 días después, te presentaste hasta la tercera cita; y no sé para qué fuiste a testificar si no hiciste tu parte. Negaste tu confesión, mentiste a la autoridad y te convertiste otra vez en el cobarde que reenvió el video.

Me impresiona lo fácil que fue para ti hacer esto y no asumir tus actos. Demostraste, eso sí, hipocresía y lo cobarde que puedes llegar a ser.

Este año yo aprendí que ser valiente no se mide por la falta de miedo, si no por la capacidad de poder vencerlo. El miedo es una emoción que todos compartimos, pero la cobardía es una actitud, una actitud que tú decidiste tomar.

Hoy entiendo que no te mereces el lugar que te di en mi vida, te quedó sumamente grande. Tú eres responsable de lo que hiciste, lo que pensaste, lo que creíste y lo que dijiste. Solo que no tomas esa responsabilidad en tus manos.

Y agrego esto para tus papás: señores, tengo 18 años y no tengo idea de muchas cosas. Supongo que la tarea de ser papá o mamá no es nada fácil. No tengo ni idea lo que es educar a alguien. Pero sí les puedo dar un ejemplo de lo que pasa si no educan a sus hijos con valores y a ver por los demás. Eso, en esta ocasión, hizo una diferencia en el actuar de su hijo. La diferencia fue para mal de la justicia, y estoy segura que para mal de su hijo a largo plazo.

Si ustedes como adultos no inculcan responsabilidad a sus hijos, ¿cómo no esperar no hagan bullying? ¿Cómo pedirles que no usen la violencia física y verbal para expresar lo que sienten? Con esto que hacen están dejando un legado de jóvenes muy vergonzoso y aterrador.

Me merezco respeto, me merezco no sentirme juzgada, me merezco ser libre, merezco poder decir qué me hace daño y qué me lastima. Lo que me tocó vivir es ciberacoso y lo han vivido al menos 9 millones de mujeres en México. Cuando a alguna de nosotras nos violentan, amenazan, o violan nuestra privacidad usando nuestro nombre o publicando contenidos íntimos no autorizados en redes sociales apenas podremos enfrentarlo con la modificación a la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia. Urgía este cambio a la ley porque lo virtual sí es real.