Un reportaje de Dora Villanueva del periódico La Jornada, advierte que en México los juegos y las apuestas se dispararon durante la Copa del Mundo en 431.75 por ciento, de acuerdo con una empresa especializada en tecnología financiera (STP).
Superando cinco veces el volumen de transacciones registrado durante el Mundial de 2022. Si bien cerca del 50 por ciento de quienes más apuestan digitalmente son personas de entre 25 y 40 años de edad.
El estudio advierte que el segmento con un crecimiento acelerado es, justamente, el de los menores de 25 años de edad, en tanto que cerca del 65 por ciento de todas estas apuestas se ejecutan en teléfonos inteligentes y tabletas.
Este año un estudio realizado en Argentina por Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) y Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), reveló que 24 de cada 100 niñas y niños de entre 12 y 17 años de edad, han apostado en línea alguna vez.
Pero esto no es todo, más del 60 por ciento de quienes tienen entre 9 y 17 años, conocen a alguien que ya apostó dinero usando su teléfono inteligente o tableta.
Una de las conclusiones de la investigación, es que “no se trata de un consumo aislado, sino de una práctica masiva que avanza con rapidez y que pone en riesgo los derechos básicos de niñas, niños y adolescentes”, señala.
Estos casinos virtuales y billeteras digitales derivan en endeudamientos impagables, extorsiones, amenazas y un aislamiento debido a la adicción al juego, así como a buscar “prestamistas” que se adueñan de sus vidas.
Por eso es lamentable que algunos de los llamados “influencers”, personas a quienes admiran y siguen en redes, promuevan apuestas digitales como si fuera un mundo mágico e inmediato que resuelve sus problemas económicos.
Como en todas las adicciones, suele haber una negación por parte de quien es ludópata, por ello es que expertos en la materia, están orientando a familiares y amigos del adicto para que puedan brindarles apoyo.
Los ludópatas optan por la soledad, pierden relaciones sociales y cercanía con la familia. Hay señales recurrentes de ansiedad, frustración, culpa e incluso depresión, mientras que la mentira se va convirtiendo en su eterna compañera.
Sus pérdidas van siendo cada día mayores, desde el empleo y la escuela, hasta pensamientos e intentos suicidas, por no poder pagar deudas crecientes y vivir con amenazas cotidianas que hacen de su vida un sufrimiento permanente.
Para la familia de una persona con ludopatía, los daños suelen ser también mayores en el aspecto económico y emocional, por la impotencia de no saber qué hacer o cómo ayudar a quienes aman.
Al escuchar y leer testimonios de quienes son adictos a los juegos de azar, encuentro que, si no piden ayuda o, aun pidiéndola, no encuentran las redes de apoyo adecuadas ni las herramientas que necesitan, sus destinos serán la cárcel, el suicidio o la quiebra económica de sus familias.
Mucho es lo que tenemos que hacer frente a esta nueva droga que está destruyendo millones de vidas. En la búsqueda de información para escribir estas líneas, me encontré con la organización “Jugadores Anónimos”, fundado por dos hombres obsesionados con el juego y las apuestas en 1957.
En su portal digital señalan que el único requisito para poder pertenecer al grupo es “el deseo de dejar de jugar”, no hay cuotas ni honorarios.
Destacan que existe la falsa premisa de que quienes viven esta adicción son capaces de controlarla, pero no es así, porque “el verdadero jugador compulsivo nunca recobra el control. Con el correr del tiempo nos empeoramos, nunca mejoramos”.
Frente a esta droga silenciosa que puede llevar a la muerte, ¿qué estamos dispuestos a hacer? Urgen las respuestas.








