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Hoy Escriben - Mario Nandayapa

Bitácora de la palabra

Los primeros pasos de Laco

En efecto, el amor es el único elemento que puede con la muerte, ya que Eraclio Zepeda Ramos pervivirá invariablemente por varios siglos con su días y sus noches, todo ello se deberá por el profundo amor que le profesamos a nuestro querido Laco Zepeda.

No tuve oportunidad de estar en Chiapas el día de su partida, para ofrecerle mis pésames a su esposa Elva Macías, su hija Masha Zepeda y a su nieta Milena, por ello empleo este espacio para extenderle de manera auténtica mis sentimientos solidarios.

En el 2013 se publicaron dos ediciones del libro “Los pasos de Laco (entrevista a Eraclio Zepeda)”, por Juan Pablos Editores y la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, e IPN, respectivamente. Este libro es el producto de un conjunto de emociones, trabajo y disciplina, pero sobre todo de esta persistente terquedad en culminar algo ya trazado conceptualmente. Preciso que esta empresa es peculiar, conté con la entera disposición de tiempo y de esfuerzo de Elva Macías y Eraclio Zepeda, ambos leyeron y releyeron el manuscritos las veces que fueron necesarias, y formularon certeramente juicios y recomendaciones sabias como lo fue el título mismo, que no tiene referencia con el libro de Jorge Ibargüengoitia. Justo es declarar que la autoría es compartida con ellos, aunque sólo aparezca mi nombre en la portada.

El periódico Cuarto Poder, me solicitó de manera expresa que desea rendirle un homenaje a Eraclio Zepeda, por ello publicaré de manera integra el libro que hago mención, mismo que ofreceré en varias emisiones. Iniciaré estas entregas con el primer capítulo “Los primeros pasos de Laco”:

“Eraclio es mi nombre. Eraclio lo escribo sin H y Zepeda con Z. Eso sí, le pongo mayúscula. He desempeñado muchos oficios y todos me han provocado un enorme placer, tanto los físicos como los trabajos de orden intelectual. Sin embargo, mi actividad principal es la de narrador. He cumplido cincuenta años en el oficio y eso me causa mucha alegría. Nací en Chiapas, en Tuxtla Gutiérrez, en el seno de una familia de presencia histórica y cultural en el estado. En los últimos doscientos años de la historia de Chiapas, mi familia participó de manera muy destacada en la vida política, en la vida militar, en la vida social y en la cultura del estado. Mis ancestros fueron piezas fundamentales en la creación del nuevo rostro de Chiapas que se fue configurando lentamente. Hay que recordar que durante la Colonia, Chiapas fue parte de Centroamérica. Nuestra cultura es centroamericana, por eso hablamos de vos. Al principio de la Independencia nuestros bisabuelos optaron por incorporarse a México; el periodo de transición para formar parte de la gran República, del México grande, no fue fácil. Fue muy complicado acostumbrarnos al trato con los nuevos compatriotas. En ese momento —estoy hablando de 1824— teníamos mucho más cercanía con un costarricense o con un nicaragüense que con un sonorense; nuestra cultura estaba allá y aun ahora los chiapanecos estamos orgullosos de ser ciudadanos mexicanos, pero al mismo tiempo, orgullosos también de tener una cultura centroamericana.

Fui el nieto mayor de mi generación, mi familia no es muy fértil, nacemos pocos. Mi nacimiento fue recibido con alegría. Mi mamá me contaba que nací a las cinco de la mañana el 24 de marzo de 1937. Los soldados estaban tocando la Diana, entonces la partera, que era la doctora Flora Maza, le dijo a mi mamá: “Oiga usted, están tocando Diana, este niño va a ser presidente o va a ser general”. Y fui precandidato a la presidencia de la República y general en la película de Paul Leduc, en el papel de Pancho Villa.

En los primeros meses y años de mi vida la familia viajaba mucho. El trabajo de mi papá lo obligaba a cambiar de ciudades a menudo, tanto de Chiapas como del istmo de Tehuantepec, en los transportes que se podían usar en esa época: el ferrocarril o el avión. Mi primer vuelo en avión fue antes de cumplir dos meses de nacido, viajé con el gran piloto Francisco Saravia y llegué a tener un enorme placer por los aviones desde muy pequeño y un gran interés por la cartografía, los mapas. Vuelo como un pájaro, sé exactamente que territorio estoy sobrevolando, eso se lo debo a aquellos viajes. Viví, pues, en el istmo de Tehuantepec. Mi mamá me contaba que mis primeras palabras fueron en zapoteco, aprendí a hablar primero en esa lengua porque mi nana me hablaba en su idioma. Dos tareas se impuso mi mamá: enseñarme las primeras letras y, como yo era tartamudo, me enseñó a hablar con un lápiz entre los dientes y con piedritas en la boca; así me quitó lo tartamudo.

En Tapachula nació mi hermanita María, siete años menor que yo y única mujer entre los cuatro hijos que tuvieron mis padres, yo el mayor. En realidad únicamente con María conviví cotidianamente. En Tapachula también nació mi hermanito Manuel, Manolo le hemos nombrado siempre, soy doce años mayor que él. Cuando nació, en 1949, yo estudiaba en Tuxtla en el Icach y sólo en las vacaciones convivía con el recién nacido. Dos años después ingresé a la Universidad Militar Latinoamericana en la Ciudad de México y la convivencia con mis hermanitos era en los periodos vacacionales. Mi hermano menor, Rafael, nació cuando yo tenía dieciocho años y estudiaba en la UNAM en México. Lo conocí al nacer, yo estaba en Tuxtla por las vacaciones de septiembre. Nació en el Sanatorio Muñoa, que ahora, como médico, dirige al frente de una sociedad de médicos socios de ese sanatorio, que aún conserva su nombre original. La ampliación del viejo edificio se hizo en la manzana donde yo nací. Ambos, pues, nacimos en el mismo territorio pero por la diferencia de edad podría ser hijo mío.

Los dos años que viví en San Cristóbal, entre 1957 y 1959, gocé la cercanía de mis hermanos cuando bajaba de los altos a Tuxtla. Después me fui a Xalapa becado para estudiar Antropología y volvía a la casa sólo en vacaciones, pero no completas porque tenía que atender otras tareas, en las cuales no existían ocios largos. Después vino mi estancia de tres años en Cuba sin volver a Tuxtla. Regresé para despedirme de mi familia antes de viajar a China. Elva y yo nos casamos y nos fuimos a Pekín y después a Moscú, en un viaje que duró varios años. Cuando regresamos, María había terminado sus estudios universitarios de Psicología; convivimos con ella en nuestra primera casa en México, después contrajo matrimonio con mi muy querido cuñado Nizaleb Corzo. Por esos días mi hermano Manolo estudiaba en la UNAM los últimos cursos de la carrera de Ingeniería. Rafael estudiaba el bachillerato en Tuxtla y Manolo inició sus trabajos de ingeniero, viajó mucho, se casó y se instaló en Xalapa. Rafael vino a estudiar Medicina a la UNAM, fue el periodo en que más conviví con él.

Regreso a mis tiempos de niño en Tapachula donde inicié la educación primaria en la escuela “Teodomiro Palacios”, aunque el colegio fundamental para mi formación fue la Escuela Federal Tipo “Camilo Pintado” de Tuxtla Gutiérrez. Era una institución cardenista cuya enseñanza los pedagogos ahora calificarían de activa. La educación era ágil con búsquedas de nuevos métodos de trabajo. Además de los planes de estudios en las tardes cumplíamos otras tareas como aprender el oficio de carpintero, hojalatero, zapatero o electricista. Las actividades artísticas y deportivas también se resolvían en las tardes, hacíamos teatro y editábamos un periódico; a los diez años fui director del periódico Alma infantil.

Tuve la fortuna de tener maestros extraordinarios, uno de ellos vive todavía en Tuxtla Gutiérrez —sigo siendo su alumno—, el maestro Manuel de Jesús Martínez Vázquez, quien tiene noventa y seis años y está muy lúcido. Él nos enseñó entre muchas cosas más, una actitud ante el mundo. No importaba que la escuela fuera pobre, podíamos tener los mejores museos; si necesitábamos una colección de Biología o de Zoología, salíamos al campo para recolectar hojas, insectos o piedras.

A veces el maestro nos daba clases a la sombra de un árbol, era como si la escuela contara con infinidad de aulas; cualquier árbol frondoso podía ser un lugar para detenerse y escucharlo. El teatro humorístico, los bailables, el periodismo, muchas cosas que para mí han sido fundamentales, se las debo al maestro Manuel de Jesús Martínez Vázquez.

Mi padre era un hombre lleno de mundo, de alegría y de palabras; un gran narrador. Era un hombre con muchas habilidades, un gran jinete, viajero con gran curiosidad para tratar con la gente y conocía muy bien el mundo indígena; se hizo boticario y médico práctico. No sé de otra persona en Chiapas que haya presentado un examen en la Secretaría de Salubridad para acreditarse como médico práctico. Al mismo tiempo mantuvo interés por las actividades políticas; murió a los setenta y tres años entusiasmado con la revolución cubana que lo hizo renacer.

Mi papá se incorporó a las fuerzas revolucionarias con el general Carlos Vidal entre los diecinueve y veinte años y combatió hasta los veintiséis, cuando salió rumbo a Guatemala para protegerse del general Obregón, el gran persecutor de las autoridades chiapanecas. El mismo día Obregón fusiló a los hermanos Carlos y Luis Vidal, generales ambos, uno era gobernador y el otro sustituto. Y acabó también con el poder legislativo chiapaneco. Mi papá se retiró combatiendo hacia Guatemala.

Cuando conozco a una persona creo que puedo saber si tuvo o tiene una buena relación con su padre. Mi papá y yo fuimos grandes amigos. Él fue el último hijo de mi abuelo, la relación entre los dos fue muy estrecha; lo mismo pasó con nosotros. Ellos también eran Eraclio y Eraclio. Mi abuelo nació el 8 de junio, día de San Heraclio, y así lo nombraron. Nació con H. Y durante la guerra contra los franceses, don Pantaleón Domínguez, quien era su jefe, le dijo:

—Qué suerte tienes, coronel. Conté las letras de tu nombre, Heraclio Zepeda, y suman catorce. Si fueran trece sería mala suerte y te

matarían los franceses.

—¿Ah, sí? ¡Pues ahorita mismo me quito la H y a ver a cómo nos toca! —Y nunca más escribió su nombre con H. Mi papá y yo nacimos sin H.

Mi mamá fue una mujer muy bella, una belleza legendaria en Chiapas. La herencia portuguesa, de por sí muy mestiza, le dio un rostro de pómulos altos, pelo negro y grandes ojos verdes. Fuerte de carácter, era la que ponía el equilibrio y el orden en la casa. Adoraba a la familia, estaba muy enamorada de mi papá, pero con suficiente distancia para hacerle críticas a veces.