La lucidez y la disciplina son aliados de Mario Aguilar Penagos
Este seis de marzo tenía que ser domingo. Lo supe todo el tiempo. No consulté el candelario, lo sabía. Lo supe el día que vi mi reflejo en el agua del río Grande, lo recuerdo. No existía presa alguna, el río era libre y su extensión era monumental cuando estaba crecido. Este seis de marzo tenía que ser domingo. Lo supe todo el tiempo.
Hoy Mario Aguilar Penagos cumple noventa años. La lucidez y la disciplina, son sus aliadas. He compartido con papá una revolución para el cambio que inició consigo mismo, desde adentro, como debe de ser. Compartimos el asombro de la lectura como un buen café, invariablemente todas las mañanas. Yo habito sus caminos de historias familiares y comunes, y sus preocupaciones intelectuales.
Mi regalo es muy simple, se trata de una soga para izar las bandera del barco de Fitzcarraldo e iniciar un periplo sin retorno, y trabajar un libro a dos manos como si tocáramos una marimba, melodías aprendidas desde tiempos remotos.
UNO: Postal a mi padre
“Mi padre es esa caoba, árbol altísimo como el miedo del hombre / y está al centro del universo / su sabia recorre mis actos / su savia son hormigas en mis venas / su silabeo es mi nombre / su sable vertical es sombra como una vocal sostenida / que nomina a la tarde / ciertos pájaros / y a mi familia que son ramas de este árbol que crece ascendente al sol”.
Mario Aguilar Penagos, más que mi padre es mi aliado, no necesito confirmarlo. Ya lo saben las calles empinadas de San Gregorio, mis amores y mis tristezas, las puertas de la iglesia de Santo Domingo, el norte y el sur, los arcos de los Portales donde corrí de niño, Chiapa de Corzo sus alegrías y sus muertos, la Playa Grande con sus lagartos, ya lo saben, y saben que amo y admiro a papá.
César Pineda del Valle, siendo Director del Instituto Chiapaneco de Cultura, organizó un Encuentro de Investigadores a finales de los años 80´s, de manera que hizo llegar un documento a nuestra residencia donde invitaban a participar a MARIO AGUILAR, la cuestión es que no sabíamos si se refería a MARIO AGUILAR Penagos o a MARIO Artemio AGUILAR Nandayapa, el primero hace referencia a mi padre y el segundo es mi nombre completo. En ese entonces yo hacía mis primeros ejercicios literarios en términos formales, mi papá ya tenía un trabajo formulado. Al leer la invitación, papá me dijo –Es para ti. Yo sabía que no era cierto, y en ese momento decidí diferenciar los nombres, y así nació MARIO NANDAYAPA, que es un tributo a mi padre y a mi cultura y a mi madre.
Lo arcano de mi nombre, reside en primer plano en los nombres que lo constituyen: MARIO ARTEMIO, que hace honor a los nombres de mi padre y mi abuelo, respectivamente. Mientras que mi apellido, está conformado por AGUILAR NANDAYAPA, el segundo de origen eminentemente indígena y el primero es español. Mario significa hombre de mar, mientras que Nandayapa equivale a Río Verde en lengua chiapaneca y el atavismo de mi familia materna. Lo simbólico de esto es que en mi nombre está la heredad de mi familia, en mis apellidos el hombre mestizo que soy, y el significado denota al Río Grande que me vio
tenía que continuar esa labor iniciada, lo asumí con la responsabilidad de la lluvia. Él es mi tierra y mis huesos, lo sé. Con el corazón fuera de sitio me fui del pueblo, tenía que estudiar. La confabulación del universo permitió que nuestras miradas siempre se entrecruzaran. Ahí estoy más agua cada instante.
Ese niño lo acompañó domingo a domingo a las librerías y bibliotecas, por ello tuve un dominio pleno en la seducción de los libros, aprendí sobre todo a leer mucho y pocos libros, pero mi mayor ilustración formativa fue observar mi cultura, por ello soy un hombre orgulloso de mi forma de hablar y de andar, se me nota en el blanco de mi camisa y en mi cabello revuelto. Ahora voltea ese niño que soy yo, y ahí está papá, compartiendo su pasión como un trozo de melón.
Hoy abro una caja de laca brillantísima, y es mi herencia. Está la luz de la razón, la disciplina inquebrantable del intervalo de un sol a sol, el orgullo y el valor que se traduce en honestidad de ver a cualquiera a los ojos, la ambición intelectual, el caudal de sus búsquedas y encuentros, y sobre todo el asombro y la capacidad de creer que las cosas pueden cambiar.
DOS: Semblanza de Mario Aguilar Penagos
Originario de Chiapa de Corzo, Chiapas. Se graduó como Ingeniero Metalúrgico y Maestro en Ciencia de Materiales por la Escuela Superior de Física y Matemáticas del Instituto Politécnico Nacional, Ciudad de México. Se ha desempeñado como catedrático de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Nacional Autónoma de México; Catedrático de la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica del Instituto Politécnico Nacional; Encargado de los Laboratorios de Energía Nuclear de la Comisión Federal de Electricidad; Encargado de la Dirección de Materiales Nucleares del Instituto de Energía Nuclear de la Ciudad de México; Miembro de la comisión del Espacio Exterior de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, dirigió la sección de toberas para fabricar un cohete experimental; Director fundador del Tecnológico Regional de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Como investigador, ha escrito diversos estudios sobre metalurgia, lingüística e histórico; ha publicado en diversos medios impresos a nivel regional, nacional y del extranjero.
En el año de 1998 recibió el Premio Chiapas en el área de Ciencias, en el 2009 la Medalla de Honor Ángel Albino Corzo y el 2012 el Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Chiapas le entregó la medalla de reconocimiento como Miembro Emérito del Sistema Estatal de Ciencia y Tecnología; por su aportes en las investigaciones que ha efectuado referente a la cultura de los chiapanecas.
Entre los libros publicados, están: “El Carnaval Chamula. Un sincretismo religioso” (Ed. Porrúa y Gobierno del estado de Chiapas, 1990), “Diccionario de la lengua chiapaneca” (Ed. Porrúa y Gobierno del estado de Chiapas, 1992), “Diccionario y gramática de la lengua chiapaneca” (FONCA /CNCA, 2012).








