Testimonio de Bernal Díaz del Castillo sobre Chiapa de Corzo del siglo XVI
Bernal Díaz del Castillo puede considerarse el decano de la conquista de México, pues intervino en las expediciones de Francisco Hernández de Córdoba en 1517, de Juan de Grijalva en 1518 y de Hernán Cortés en 1519; fue soldado, caballero y capitán.
Nació en Medina del Campo, España, para 1492 y vino a América (Cuba) en 1514; después de la caída de Tenochtitlán se fue a residir a la villa del Espíritu Santo (cerca de Coatzacoalcos) y posteriormente participó en las campañas de Chiapas y del Istmo. Acompañó a Cortés en el desastroso viaje a Honduras, volviendo después a la Ciudad de México, y en la década de 1540 se instaló en Guatemala, donde se casó con la hija de otro conquistador español, y fallece después de 1580.
Este testimonio de Bernal incluye los detalles al frente de la cual iba el capitán Luis Marín, y por supuesto la toma de Chiapa [de Corzo].
Testimonio del siglo XVI
(Tomando de “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”)
[...] envió con él obra de treinta soldados, y entre ellos a un Alonso de Grado, por mí muchas veces nombrado, y le mandó que con todos los vecinos que estábamos en la villa [de Coatzacoalcos] y los soldados que traía consigo fuésemos a la provincia de Chiapa, que estaba de guerra, que la pacicásemos y poblásemos una villa. Y como el capitán hubo venido con aquellos despachos nos apercibimos todos, así los que estábamos allí poblados como los que traía de nuevo, y comenzamos abrir camino por unos montes y ciénagas muy malas, y echábamos en ellas maderos y ramos para poder pasar los caballos, y con gran trabajo fuimos a salir a un pueblo que se dice Tepuzuntlán, que hasta entonces por el río arriba solíamos ir en canoas, que no había otro camino abierto, y desde aquel pueblo fuimos a otro pueblo la sierra arriba, que se dice Cachula, y, para que bien se entienda, este Cachula es en la sierra, provincia de Chiapa, y esto digo porque está otro pueblo del mismo nombre junto a la Puebla de los Ángeles, y desde Cachula fuimos a otros poblezuelos sujetos al mismo Cachula.
Y fuimos abriendo caminos nuevos el río arriba, que venía de la poblazón de Chiapa, porque no había camino ninguno, y todos los rededores que estaban poblados había gran miedo a los chiapanecas, porque ciertamente eran en aquel tiempo los mayores guerreros que yo había visto en toda la Nueva España, aunque entren en ellos tlaxcaltecas y mexicanos, ni zapotecas ni mixes. Y esto digo porque jamás México los pudo señorear, porque en aquella sazón era aquella provincia muy ella eran en gran manera belicosos y daban guerra a sus comarcanos, que eran los de Zinacatán, y a todos los pueblos de la lengua quilena, y asimismo a los pueblos que se dicen los zoques, y robaban y cautivaban a la contina otros poblezuelos donde podían hacer presa, y con los que de ellos mataban hacían sacricios y hartazgas [banquetes].
Volvamos a nuestra relación. Y es que otro día de mañana acordamos de ir por nuestro camino para su ciudad de Chiapa, y verdaderamente se podía llamar ciudad, y bien poblada, y las casas y calles muy en concierto, y de más de cuatro mil vecinos, sin otros muchos pueblos sujetos a él que estaban poblados a su rededor; y yendo que íbamos con mucho concierto y el tiro puesto y el artillero bien apercibido de lo que había de hacer, y no habíamos caminado cuatro leguas, cuando nos encontramos con todo el poder de Chiapa, que campos y cuestas venían llenos de ellos con grandes penachos y buenas armas y grandes lanzas, pues echa y vara con tiraderas, pues piedra y hondas, con grandes voces y grita y silbos era cosa de espantar cómo se juntaron con nosotros pie con pie y comenzaron a pelear como rabiosos leones, y nuestro negro artillero que llevábamos, que bien negro se podía llamar, cortado de miedo y temblando, ni supo tirar ni poner fuego al tiro, y ya que a poder de voces que le dábamos pegó fuego, hirió a tres de nuestros soldados, que no aprovechó cosa ninguna; y de que el capitán vio de la manera que andábamos, rompimos todos los de a caballo puestos en cuadrillas, según lo habíamos concertado, y los escopeteros y ballesteros y de espada y rodela, hechos un cuerpo, nos ayudaron muy bien; mas eran tantos los contrarios que sobre nosotros vinieron, que si no fuéramos de los que en aquellas batallas nos hallamos cursados a otras afrentas, pusiera a otros gran temor, y aun nosotros nos admiramos de ellos, y como el capitán Luis Marín nos dijo: “a, señores, ¡Santiago y a ellos!, y tornémosles otra vez a romper con ánimos esforzados”, dímosles tal mano, que a poco rato iban vueltas las espaldas, y como había allí donde fue esta batalla muy malos pedregales para correr caballos, no les podíamos seguir.
Y yendo en alcance y no muy lejos donde comenzamos aquella pelea, ya que íbamos algo descuidados creyendo que por aquel día no se tomarían a juntar, estaban tras unos cerros otros mayores escuadrones de guerreros que los pasados, con todas sus armas, y muchos de ellos traían sogas para echar lazos a los caballos y asir de las sogas para derrocarlos, y tenían tendidas en todas partes muchas redes con que suelen tomar ve- nados, para los caballos y para atar a nosotros; y todos los escuadrones que he dicho se vienen a encontrar con nuestro ejército, y con muy fuertes y recios guerreros nos dan tal mano de echa y vara y piedra, que tornaron a herir casi que a todos los nuestros, y tomaron cuatro lanzas a los de a caballo, y mataron dos soldados y cinco caballos, y entonces traían en medio de sus escuadrones una india algo vieja y muy gorda, y, según decían, aquella india la tenían por su diosa y adivina, y les había dicho que así como ella llegase donde estábamos peleando, que luego habíamos de ser vencidos, y traía en un brasero unos sahumerios y unos ídolos de piedra, y venía pintada todo el cuerpo y pegado algodón a las pinturas, y sin miedo ninguno se metió entre los indios nuestros amigos [tlaxcaltecas y otros], que venían hechos un cuerpo con sus capitanías, y luego fue despedazada la maldita diosa. Volvamos a nuestra batalla: que desde que el capitán Luis Marín y todos nosotros vimos tanta multitud de guerreros contra nosotros, y que tan osadamente peleaban, encomendándonos a Dios y arremetiendo a ellos con el concierto pasado, les fuimos rompiendo poco a poco y les pusimos en huida, y se escondían entre unos grandes pedregales, y todos los más se echaron al río, que estaba cerca y hondo, y se fueron nadando, que son en gran manera buenos nadadores. Y después que les hubimos desbaratado, dimos muchas gracias a Dios, y hallamos muertos donde hubimos esta batalla muchos de ellos, y otros heridos; y acordamos de irnos a un pueblo que estaba junto al río, cerca del pasaje de la ciudad, donde había muy buenas ciruelas, porque como era Cuaresma y en este tiempo las hay maduras y en aquella poblazón son las muy buenas, allí nos estuvimos todo lo más del día enterrando los muertos en partes que no los pudieran haber ni hallar los naturales de aquel pueblo, y curamos los heridos y diez caballos, y allí acordamos de dormir con gran recaudo de velas y escuchas.
Y a poco más de medianoche pasaron de dos poblezuelos que estaban poblados junto a la cabecera y ciudad de Chiapa, en cinco canoas del mismo río [Río Grande de Chiapa] que es muy grande y hondo, y venían a remo callado, y los que remaban eran diez indios, personas principales, naturales de los poblezuelos que estaban junto al río de los pueblos, y como desembarcaron hacia la parte de nuestro real, saltando en tierra luego fue presos por nuestras velas [veladores], y ellos tuvieron por bien que los prendiesen; y llevados ante el capitán, dijeron: “Señor, nosotros no somos chiapanecas, sino de otras provincias que se dicen Xaltepeque, y estos malos de chiapanecas, con grandes guerras que nos dieron, nos mataron mucha gente, y todos los más de nuestros pueblos nos trajeron aquí a poblar con nuestras mujeres e hijos, y nos han tomado cuanta hacienda teníamos, y ha más de doce años que nos tienen por esclavos, y les labramos sus sementeras y maizales, y nos hacen ir a pescar y hacer otros ocios, y nos toman nuestras hijas y mujeres; y venimos a daros aviso porque nosotros os traeremos esta noche muchas canoas en que paséis este río, y también os mostraremos un vado, aunque no va muy bajo, y lo que, señor capitán, os pedimos de merced, que pues os hacemos esta buena obra, que después que hayáis vencido y desbaratado [a] estos chiapanecas, que nos deis licencia para que salgamos de su poder e irnos a nuestras tierras, y para que mejor creáis lo que os decimos que es verdad, en las canoas que ahora pasamos, que dejamos escondidas en el río con otros nuestros compañeros y hermanos, os traemos presentadas tres joyas de oro (que eran unas como diademas), y también traemos gallinas y ciruelas”. Y demandaron licencia para ir por ello, y dijeron que había de ser muy callando, no los sintiesen los chiapanecas, que están velando y guardando los pasos del río. Y de que el capitán entendió lo que los indios le dijeron y la gran ayuda que era para pasar aquel recio y corriente río, dio gracias a Dios, y mostró buena voluntad a los mensajeros, y les pro- metió de hacerlo como lo pedían, y aun de darles ropa y despojo de lo que hubiésemos de aquella ciudad, y se informó de ellos cómo en las dos batallas pasadas les habíamos muerto y herido más de ciento y veinte chiapanecas; que tenían aparejados para otro día otros muchos guerreros, y que a los de estos poblezuelos donde eran estos mensajeros les hacían salir a pelear contra nosotros, y que no temiésemos de ellos, que antes nos ayudarían, y que al pasar del río nos habían de aguardar porque tenían por imposible que tendríamos atrevimiento de pasarle; y que cuando lo estuviesemos pasando que allí nos desbaratarían: y dado este aviso se quedaron dos de aquellos indios con nosotros y los demás fueron a su pueblo a dar orden para que muy de
mañana trajesen veinte canoas, lo cual cumplieron muy bien su palabra; y después que se fueron reposamos algo de lo que quedó de la noche, y no sin mucho recaudo y ronda y velas y escuchas, porque oíamos el gran rumor de los guerreros que se juntaban ribera del río, y el tañer de sus trompetillas y atambores y cornetas. Y después que amaneció y vimos las canoas, que ya descubiertamente las traían a pesar de los de Chiapa, porque, según pareció, ya habían sentido cómo los naturales de aquellos poblezuelos se les habían levantado y hecho fuertes y eran de nuestra parte, y habían prendido algunos de ellos, y los demás se habían hecho fuertes en un gran cu [templo], y a esta causa había revueltas y guerra entre los chiapanecas y los poblezuelos que dicho tengo, y luego nos fueron a mostrar el vado, y entonces nos daban mucha prisa aquellos amigos que pasásemos presto el río por temor no sacri casen a sus compañeros que habían prendido aquella noche. Pues desde que llegamos al vado que nos mostraron, venía muy hondo, y puestos todos en gran concierto, así los ballesteros como escopeteros, y los de a caballo y los indios de los dos poblezuelos nuestros amigos con sus canoas, y aunque nos daba el agua cerca de los pechos, todos hechos un tropel, para soportar el ímpetu y fuerza del agua, quiso Nuestro Señor que pasamos cerca de la otra parte de tierra; y antes de acabar de pasar vienen contra nosotros muchos guerreros y nos dan una buena rociada de vara con tiraderas y echas y piedra, y otros con grandes lanzas, que nos hirieron casi que a todos los más y algunos a dos y a tres heridas, y mataron dos caballos, y un soldado de a caballo, que se decía fulano Guerrero o Guerra, se ahogó al pasar del río, que se metió con el caballo a un recio raudal, y era natural de Toledo, y el caballo salió a tierra sin el amo.
Volvamos a nuestra pelea, que nos estuvieron un buen rato dando guerra al pasar el río, que no les podíamos retraer, ni nosotros podíamos llegar a tierra, y en aquel instante los de los poblezuelos que se habían hecho fuertes contra los chiapanecas nos vinieron a ayudar y dan en las espaldas a los que estaban al río batallando con nosotros, e hirieron y mataron muchos de ellos, porque les tenían gran enemistad, como les habían tenido presos muchos años. Y de que aquello vimos, de presto salimos a tierra los de caballo, y luego ballesteros y escopeteros, y los de espada y rodela, y los amigos mexicanos, y dárnosles una buena mano, que se van huyendo por su pueblo adelante, que no paró in- dio con indio, y luego sin más tardar, puestos en buen concierto, con nuestras banderas tendidas y muchos indios de los dos poblezuelos con nosotros, entramos en su ciudad, y como llegamos en lo más poblado, donde estaban sus grandes cues y adoratorios, tenían las casas tan juntas que no osábamos asentar real, sino en el campo y en parte que aunque pusiesen fuego no nos pudiesen hacer daño; y luego nuestro capitán envió a llamar de paz a los caciques y capitanes de aquel pueblo, y fueron los mensajeros tres indios de los poblezuelos nuestros amigos, que el uno de ellos se decía Xaltepeque, y asimismo envió con ellos seis capitanes chiapanecos que habíamos preso en las batallas pasadas, y les envió a decir que vengan luego de paz y que se les perdonará lo pasado, y que si no vienen, que les iremos a buscar y les daremos mayor guerra que la pasada, y les quemaremos su ciudad. Y con aquellas bravosas palabras luego a la hora vinieron, y aun trajeron un presente de oro, y se disculparon por haber salido de guerra, y dieron la obediencia a Su Majestad, y rogaron a Luis Marín que no consintiese a nuestros amigos [indios] que quemasen alguna casa, porque habían quemado antes de entrar en Chiapa, en un poblezuelo que estaba poblado antes de llegar al río, muchas casas; y Luis Marín se lo prometió que así lo haría, y mandó a los mexicanos amigos que traíamos y a los de Cachula que no hiciesen mal ni daño [...].








