Artes, ciencias y reflexión política

Un mundo raro

El paisaje urbano en el 2020 en ciudades y capitales de provincia semeja más una visión apocalíptica contemporánea, que el ritmo cotidiano y bullicioso de apenas hace un año.

En el ambiente, el plasma anímico de la gente común crea una atmósfera que, aunque invisible, casi puede tocarse y cortarse con una daga intangible.

Las calles y esquinas de nuestras ciudades, aunque son las mismas tienen un pesar como si fueran el eco de voces que reflejan múltiples estados de ánimo.

La impermanencia se hizo consciente, temores extraños se adueñaron de las vidas y las esperanzas de vivir en paz o con mejoría de condiciones.

Temor a perder el trabajo, el pequeño negocio, la salud, los ahorros y la cercanía de un despeñadero económico cuyo fondo no conocemos.

Los rostros ya son a la mitad, desaparecieron la boca y la expresión, ocultos tras el tapabocas, solo atisban los ojos escudriñando con incredulidad un suceso inédito, por global, que anteriores generaciones no habían visto.

Una fuerza más grande que cualquier plan, proyecto, sistema, gobierno, instituciones, capitales, regímenes y el mosaico social multicultural dominado por el desconcierto. Una amenaza intangible que se presenta como perturbación orgánica, justo en el área mas vital de los seres vivos, la capacidad de respirar.

Plantas y animales parecen ilesos y hasta prósperos al reducirse la actividad depredadora humana.

La tierra seguirá, el aire, los océanos, la atmósfera se recuperarán y la vida en el planeta continuará con su estocada de inocencia y violencia de origen de los elementos, pero capaz de sobrevivir por sí misma.

El planeta recuperado, seguirá con su propio ritmo, flotando en la sinfonía del espacio.

El otro semblante de este nuestro tiempo, es el cultural, la otra forma de resistencia popular a las adversidades y las desgracias, el sentido del humor y la capacidad creativa para capitalizar los desastres personales o sociales. Una cualidad de las culturas latinas, la alegría como antídoto.

Sin embargo, el campo se siente limpio, donde solo respiran las plantas y las hierbas del valle. Es reconfortante salir y sentir un ambiente sin contaminación urbana.

En las ciudades todo lo cotidiano esta etiquetado como objeto de peligro, el aire, el picaporte, la tienda, las sillas, los objetos y la gente misma.

El confinamiento, necesariamente ha desarrollado formas de locura, como sucede con los animales atrapados, desarrollan manías y conductas destructivas, movimientos corporales y minimalistas que delatan estrés.

Quizá paralelamente se despierte cierta consciencia de interrelación entre la especie humana, el saber que puede haber amenazas o males comunes a la especie, quizá aminore las barreras culturales y sociales impuestas por la cultura de aislamiento y las fronteras.

¿Mientras tanto, estamos viviendo en “un mundo raro”?