*Impunidad, la causa

*Casas de fantasmas

Las organizaciones no gubernamentales suelen tomar mayor importancia cuando los vacíos de poder se ahondan y la credibilidad oficial ronda por los suelos. Para desgracia nuestra, el presidente de la República y los miembros de su gabinete parecen dar mayor importancia a simular que luchan arduamente por atraer inversiones -cuando la falta de seriedad fue desnudada por los empresarios que ahora reclaman congruencia-, que a la galopante frustración social cuyos efectos pueden ser devastadores contra el régimen en curso, pese a su sostenida “popularidad”.

Hace dos años, lo repetimos, buena parte de la sociedad mexicana deseaba con ahínco librarse de Peña Nieto; y otro sector solicitaba, primero, resolver los entuertos creados por la administración del desastre, sobre todo los relacionados con la violencia desatada y los intolerables actos represivos, antes de retirarse por incapacidad; y algunos más alegaban que cuando terminara el año, Peña solicitaría licencia, agobiado por sus males físicos.

El numen del antipresidencialismo está de nuevo entre nosotros. Únicamente un puñado de panegiristas estima, con una ceguera total, la prefabricación de sendas trampas “en contra del presidente” para convertirlo en protagonista de todos los dramas como “si fuera gendarme de Iguala”. Esta hipocresía podría exonerar, igualmente al repulsivo ex mandatario de Guerrero, Ángel Aguirre Rivero, al secretario de la Defensa Nacional e incluso a la llamada “pareja imperial”, Abarca-Pineda Villa, por ahora bajo la asfixia de la cárcel en tanto, lentamente, se cocinan sus nexos tratando de evitar que tales lleguen demasiado arriba entre las jerarquías políticas.

En la misma línea, la de la impunidad, se dio la información sobre la socorrida casona de La Palma, en Sierra Gorda números 150 y 160, propiedad -se dice- de la primera dama como resultado de sus ahorros y créditos bonancibles, si bien una de ellas fue cedida por Televisa a los diez días de formalizarse el matrimonio del entonces gobernador Peña Nieto y de la celebridad de las pantallas chicas, Angélica Rivera Hurtado. Por lo general, los mandatarios solían invertir en sus futuras casonas en el último año del sexenio so pretexto de encontrar un lugar donde vivir de acuerdo con la condición de expresidentes.

Más allá de frivolidades y notas para las revistas rosas -una de las malas ideas importadas de España en donde la aristocracia parece estar siempre en un escenario teatral para solaz de los plebeyos, es decir la “prole” en el vocabulario de Mónica Peña Pretelini-, la realidad indica que si durante el oscuro sexenio de Calderón las cifras de las mismas ONG situaron en ciento treinta mil el número de víctimas y en más de treinta mil el número de “desaparecidos” -por desgracia el transcurrir del tiempo es una paletada sobre los sepulcros, aunque tal no se acepte, explicablemente, por quienes sufren las ausencias expandiendo el rencor-.

Es lo anterior lo que se sitúa, desde luego, en el nivel de la mayor impunidad, inaceptable en todos los sentidos, causa de la proliferación de las acciones punibles pese a tantos llamados contra la corrupción, una sentencia que encendió López Obrador y cuya flama va apagándose poco a poco.

La anécdota

Bajo la administración foxista, si puede llamarse así, la jocosidad frenaba anímicamente las arremetidas demagógicas. Solía decirse que Los Pinos se habían convertido en la Mansión de los Monstruos:

--Es porque en ella habitan un gigante sin cabeza y una enana con tompiates.

Ahora es la Casa de los Fantasmas. La pareja presidencial, está claro, prefiere vivir en el Palacio Nacional al frente de su propia aristocracia... la antigua mafia del poder.

loretdemola.rafael@yahoo.com