¿Y qué Pasaría...?

Destino de Pascual

Si se revoca el mandato al señor López Obrador, en ejercicio de la marginada soberanía popular, ¿qué va a pasar después? La interrogante me la hacen a cada rato, temerosos, infinidad de mexicanos quienes, de plano, temen a las estridencias de un cambio que pudiera desatar mareas altas de violencia –como si no las hubiera ahora- y una lucha intestina entre la clase política en agravio de quienes menos tienen en materia económica y también en cuanto a la tranquilidad colectiva... desaparecida hace ya varios sexenios. ¿O tan flaca es la memoria?

Por principio de cuentas si la presión popular es tal que la mayor parte de los mexicanos opta por despedir a AMLO, aprovechando la figura jurídica que él mismo planteó sobre la revocación de su mandato si sentía el rechazo popular, la transición sería difícil pero no irremontable y, por supuesto, la fuerza colectiva se impondría a los cacicazgos partidistas hasta lograr que no fuera un sucedáneo del despedido Andrés quien optara a la Presidencia de la República. De hecho, sería el pueblo en su conjunto el que llamaría a ungir a un ciudadano respetable, sin ligas con el viejo orden o sistema, para encabezar una verdadera revolución democrática y, ojalá, pacífica.

Ya todos saben que la ausencia definitiva del presidente siguiendo el mandato de la Carta Magna provocaría que asumiera el cargo el secretario de Gobernación, por breves días, en tanto el Congreso pudiera designar a un presidente substituto que ya no tendría obligación de convocar a elecciones puesto que ya transcurrieron más de dos años –en marzo de 2022 serían tres años cuatro meses- desde la pletórica asunción del mandante-mandatario asfixiante.

Pero tal sería siguiendo estrictamente los senderos de una norma, si bien constitucional, que podría tirar por tierra la determinación de la mayoría de los mexicanos, en su conjunto todos formamos la soberanía popular, dispuestos a impedir la continuidad de la nueva “mafia” del poder. Y, por supuesto, una transformación de verdad –no la purulenta 4T-, daría pie a la renovación pacífica de los cuadros y al impedimento de dejar a un continuador de quien es arrojado al basurero de la historia.

¿Temor al cambio? No debiera nadie sentirlo. Fíjense: en todas las naciones latinoamericanas en donde se procedido en contra de mandatarios en ejercicio o exmandatarios condenados por sus acciones, tal ejecución política NUNCA ha dado paso a un retroceso impregnado de furor bélico sino todo lo contrario; en los hechos restituir los cauces democráticos y superar la ineficacia de un presidente o su corrupción ingente da lugar a una renovación tal que incluso limpia heridas y restaña los senderos hacia una convivencia más sana.

Lo mismo ha ocurrido en Guatemala, varias veces, que en naciones con mayor peso económico y político en el orden mundial como Argentina, Perú e incluso Brasil en donde la caída de Dilma Rouseff e incluso el injusto proceso penal contra Lula da Silva resolvieron una coyuntura que parecía imposible de superar aun cuando, insisto, los mecanismos usados se apartaran enormemente de las líneas legales establecidas.

No digo que en todo momento se haya actuado bien sino más bien que tales sustituciones han producido algunos sacudimientos, algunos graves y otros no tantos, muy inferiores a los terremotos sociales precedentes. ¿Ustedes creen, como muestra, que si Maduro es retirado de la presidencia de Venezuela, habría una crisis o se daría un festejo masivo? Este es el meollo del asunto: y, en tal caso, este señor estaría incapacitado, acaso por su reclusión, a imponer a un sucesor a modo.

No temamos a la revocación del mandato presidencial. Es una pugna entre el valor y la cobardía. ¿Por cuál optan, amables lectores?

La Anécdota

Cuentan que cuando fue designado por Calles, el ingeniero Pascual Ortiz Rubio como candidato a la Presidencia, el ministro Pani le susurró al oído:

“Si hubiera usted dispuesto de la linterna de Diógenes para buscar entre 16 millones de mexicanos al menos apropiado para presidente, seguro habría dado usted con el ingeniero Ortiz Rubio” –“Presidentes de México”, José Manuel Villalpando y Alejandro Rosas, Editorial Planeta 2001-.

Y así fue como, en septiembre de 1932, el señor Ortiz Rubio, luego de dos años en los que legó la Doctrina Estrada pero siempre bajo la dura asfixia del Maximato, optó por retirarse del Palacio Nacional... sin que pasase absolutamente nada. Solo se designó a Abelardo L. Rodíguez como mandatario substituto y luego llegaría el general Lázaro Cárdenas quien puso fin a las simulaciones y mandó al exilio a Calles.

loretdemola.rafael@yahoo.com