¿Derechas o izquierdas?
La globalización enfrenta ahora uno de sus más grandes desafíos: el enfrentamiento sordo, cada vez más violento y escarnecedor, de la llamada “izquierda” con la mal señalada “derecha”. Hemos dicho, en varias ocasiones, que los términos no refrendan la realidad ni son espejos de las verdaderas tendencias universales dadas las diferentes facetas de uno y otro bando y las sensibles repercusiones en la humanidad profundamente adicta a la manipulación masiva.
En otros tiempos se hablaba de la televisión -la caja idiota, decían los presuntuosos intelectuales- como instrumento para el adoctrinamiento masivo con el profundo adormecimiento de las células cerebrales y, por ende, de la capacidad de pensar y mantener una vida interior más allá de los dictámenes de las clases superiores. Entonces, para equilibrar una programación rebosante de frivolidades se inventaron las series y los espacios “culturales” con bajos ratings y escasa productividad comercial: fracasos financieros para disfrazar la pobreza mental de los auditorios.
Pero nada de ello, pese a la fuerza colectiva que alcanzó, aunque no desaparecieran los periódicos como algunos auguraron, puede comprarse con la brutal penetración de las llamadas redes sociales en las que chocan dos criterios: los que asumen la inmediatez de la información y los que sopesan el aturdimiento de las individualidades que no pueden separarse de ellas; sencillamente, ya no es dable hacerlo porque sus mentes están conectadas a la cibernética como si esta fuera una extensión del cerebro hasta el grado, en no pocos casos, de substituirlo.
De tal condición, inexcusable para unos y en el linde del horror para otros, surgen los intentos de gobernar al mundo con las armas de la cibernética como negociadora implacable entre los bandos irreconciliables: conservadores y liberales; monárquicos y republicanos; comunistas y fascistas; derechas o izquierdas. Siempre con el sello impuesto por los analistas del poder y sus cuantiosos esbirros maniatados por las comodidades pasajeras que luego se esfuman, muchas veces en las prisiones, cuando los grupos contrarios triunfan y destierran o persiguen judicialmente a sus adversarios.
México tuvo un nuevo despertar hacia la pesadilla de la realidad y no al revés. Nos dormimos cuarenta días bajo el influjo de las mafias, entre ellas la poderosa FIFA tantas veces exhibida en este lapso, y volvimos a la realidad como si nos hubieran hipnotizado para alejarnos de los encuentros criminales que tienden sus redes hacia la atenaceada democracia de nuestros días.
¿Es acaso democrática la justicia selectiva hija de la parodia de una reforma insostenible moral y políticamente? ¿Lo es la precipitación del partido en el poder para iniciar campañas fuera de la ley? ¿O acaso debemos sumarnos a la tendencia en pro del continuismo con el cierre de las válvulas de escape de las alternancias? Y es aquí donde debemos reflexionar todos.
Durante el escarnecido y largo periodo de la hegemonía priista -misma que retornó brevemente en 2012 para morder de nuevo el polvo seis años después en el inicio de la cuatrotera y falsa transformación-, las mafias se diluían -aunque después algunas se recomponían- cada seis años al fin de un régimen y el inicio de otro que supuestamente era hijo del anterior hasta que este alcanzaba la mayoría de edad en unas cuantas semanas. Era un breve respiro para luego caer en una especie de letargo para finalizar con la consabida sentencia: el próximo gobierno será distinto. Y lo era por uno o dos meses, pero no se cerraban las compuertas.
Y la anterior es la gran diferencia con lo que ocurre hoy. Sin la posibilidad de concretar saludables alternancias, los cuatroteros insisten en sus esquemas autoritarios y los sobrellevan acusando a la “ultra derecha” por las campañas en contra de sus caprichos cuando no son sino voces que se alzan, indignadas las más de las veces, contra la soberbia inocua de quienes ejercen el poder con arbitrarios fines sectarios sin otra razón que mantener canonjías e impunidad a costa de tomarse lo que quieran -no solo la ley- de la manos con los más bajos criminales. La historia NO les absolverá, parafraseando al revés la arenga castrista en el Cuartel de Moncada.
No se dan cuenta de ello los que disfrutan de un poder judicial calificados por su ignorancia académica y de un poder legislativo labrado a costa de una sobrerrepresentación indigna amén de la postulación de elementos sin formación ni otro futuro más que el de los pasajeros privilegios de castas irremisiblemente condenados a caer desde el punto más alto que puedan alcanzar. No, nunca perciben que su ensoberbecida actitud los está llevando a construir una nueva Torre de Babel en la que nadie se entienda y se derrumbe al fragor de quienes, abajo, la sostienen.
De allí que resulten inútil los argumentos para contrariar las pesquisas contra los opositores, lo mismo la valerosa gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, que el exgobernador de Baja California, Ernesto Ruffo Appel, en sus respectivas circunstancias claro, porque contra la consigna de los autoritarios no hay leyes, ni siquiera el menor asomo de moral política.
Y, fíjense, no pueden responder ante algo tan simple como el hecho que durante el malhado “período neoliberal”, tantas veces sacado a colisión, sí se detuvo a casi una decena de gobernadores del mismo grupo del poder, así hubiese muchos más que libraron el cadalso por sus componendas inescrutables. Ahora, bien se dice, que para librarse de la justicia primero es menester pertenece a la Morena de López Obrador, la moderna Xtabay de los mayas que devoraba a los hombres atrayéndolos con la miel del Xtabentún.
He dicho mucho y es bastante.








