Hace unos días, en la Universidad de Fordham, se reunieron más de 200 personas de universidades jesuitas de todo el mundo para reflexionar sobre la Inteligencia Artificial. Más allá de su alcance técnico, el encuentro abordó sus profundas implicaciones, particularmente su uso y desarrollo desde la tradición ignaciana.
La Ibero -invitada a participar- sustentó y afianzó las convicciones que se han expresado tanto en sus prácticas y comunicaciones internas como en la producción académica y la difusión del tema: lo que realmente está en juego no puede limitarse a pensar en lo que puede hacer la IA. Es imprescindible considerar qué nos hace a nosotros -como personas y como sociedad- y a quiénes beneficia.
La pregunta importa porque la IA está transformando las estructuras mismas sobre las que estudiamos, aprendemos, nos informamos, decidimos e, incluso, buscamos consuelo.
Su hegemonía puede medirse por la facilidad e ingenuidad con que nos estamos acostumbrando a delegar. Y lo primero que delegamos -casi sin advertirlo- es nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos, de comprender la complejidad de lo real y de responder a sus desafíos.
Ahí está, me parece, el punto ciego del debate público. Solemos discutir sobre regulación, productividad y empleo -asuntos urgentes, ciertamente-, pero hablamos menos del valor que queremos otorgar a la reflexión humana: esa capacidad de formular preguntas, dudar, contrastar, escuchar y decidir de acuerdo con nuestros propios y diversos ritmos.
Una respuesta plausible no equivale a conocimiento, y una universidad que olvide esa diferencia corre el riesgo de formar usuarios competentes y ciudadanos dependientes.
La tradición jesuita ofrece una perspectiva especialmente valiosa ante este desafío. En ella, el discernimiento ocupa un lugar central en nuestra manera de comprender la libertad y la responsabilidad.
Nos propone examinar nuestros deseos, reconocer los intereses que orientan nuestras decisiones y considerar las consecuencias que tienen para la vida de las y los demás. Ante la IA, nuestra tradición humanista nos exige ejercer el juicio crítico y examinar sus implicaciones para la libertad y dignidad humanas.
En particular, debemos preguntarnos si es una elección pertinente la de ampliar sólo la inteligencia en demérito de otras facultades, operaciones y actitudes que hemos desarrollado como humanidad y que hoy están quedando relegadas por los intereses del mercado digital.
En Fordham, la Asociación Internacional de Universidades Jesuitas presentó el trabajo de su grupo sobre IA, que reúne a representantes de un arco de más de 200 instituciones de educación superior procedentes de medio centenar de países.
Su propuesta se articula en torno a cuatro compromisos: el discernimiento como forma de gobierno, la cura personalis -la atención a cada persona en su singularidad- como ética del cuidado, el concepto centenario del magis como una permanente exigencia de hacer las cosas que más nos dignifican -no sólo aquellas que son más rápidas o novedosas-, y la solidaridad con quienes quedan fuera de estos avances y sus beneficios.
De ahí se desprende una idea que suscribo sin reservas: la IA que profundiza la desigualdad y el aislamiento, por sofisticada que sea, pierde toda su razón de ser.
Esa idea está en sintonía con el horizonte que inspira hoy la misión de la Compañía de Jesús, y que se expresa en prioridades compartidas: las juventudes, las personas en condiciones de vulnerabilidad y nuestra casa común.
Acompañar a los jóvenes obliga a mirar de cerca lo que la IA está haciendo con su vida afectiva. La investigación que la Dra. Cimenna Chao presentó en nombre de la Ibero muestra cómo los algoritmos ya median el apoyo emocional y el bienestar psicológico de muchos estudiantes. Cuidar su autonomía y sus vínculos es parte de nuestra tarea.
Caminar con quienes han sido expoliados nos exige preguntar quién decide sobre estos avances y quién carga con sus costos laborales. El cuidado de la casa común, por su parte, nos exige considerar los costos ambientales de la IA.
Ninguna evaluación rigurosa de sus alcances puede pasar por alto el consumo de energía, agua y materiales que requiere, ni sus consecuencias para las comunidades humanas y las demás formas de vida, cuyo acceso a bienes indispensables para subsistir podría verse comprometido.
Sería un error pensar que estos criterios son ajenos a la técnica. Ellos son, de hecho, la condición material e imprescindible para que la técnica sirva.
Pensar la IA como mandato ético significa otorgarle al devenir humano el lugar que deseamos habitar con la felicidad que anhelamos. Las universidades no podemos limitarnos a redactar reglamentos con prisa ni a adoptar plataformas costosas.
Nuestro verdadero lugar es formar personas capaces de orientar el cambio tecnológico con cuidado y responsabilidad por el mundo que compartimos.
El encuentro cerró con una conversación en la que cada participante escuchaba antes de proponer. Me agrada ese gesto; vivimos tiempos de respuestas instantáneas, y detenerse a pensar con otras y otros se ha vuelto un hábito muy poco frecuentado. Quizá éste también sea, sin embargo, lo más valioso que una universidad puede ofrecer.








