Migrante
Los veo en las calles y en los parques de mi pueblo y cada vez son más. Rostros llenos de tristeza, de amargura e impotencia por todo lo que han dejado atrás: Padres, abuelos, esposas, hijos, novias, hermanos, tíos, amigos, escuela o un trabajo informal para sobrevivir. Llegan todavía cargados de recuerdos frescos. Son la mayoría, que extienden su mano para pedir una moneda y poder comprar algo de comer. Jóvenes que muestran una credencial donde ubican su origen, en Honduras, El Salvador y Guatemala. Son los más, en un conglomerado de 52 naciones.
Nada ni nadie los detiene. No miran hacia atrás. Vienen decididos a seguir adelante, sin importar los peligros que ello representa en caminos de extravío, donde a pesar de los esfuerzos de las Corporaciones de Seguridad municipales, estatales y federales, siguen siendo víctimas de grupos delictivos integrados incluso por sus propios paisanos, asociados con mexicanos.
A pleno sol se plantan en las esquinas más transitadas de la principal ciudad de la Frontera Sur de México con América Central. Están aquí huyendo del agravamiento de la pobreza extrema, del terror y la violencia en sus países.
Hay quienes, los menos a bordo de lujosos carros, ni los ven, los escuchan y los ignoran en su ruego de ayuda para continuar en su viacrucis hacia un futuro incierto, de su desgracia al tener que abandonar forzadamente sus lugares de origen, para no caer en manos de grupos del crimen organizado liderados por las pandillas de las denominadas “maras” Salvatrucha 13 y Barrio 18, que lo mismo extorsionan, asaltan, violan sexualmente a las jóvenes, golpean y asesinan en territorio centroamericano, en contubernio abierto con autoridades que los cobijan.
Para su buena fortuna, la solidaridad de los chiapanecos-mexicanos de esta Frontera Sur, no se ha perdido. Que los diez pesos, los cinco, o una moneda menor, así como un taco o un refresco, no les faltan. Hay identidad en el físico, en la forma de hablar, en las costumbres, en las formas de vestir.
Siempre hay una moneda que recibir. Piden lo que sea la voluntad del “hermano mexicano”, al que reciban o no la ayuda, agradecen y bendicen.
Son jóvenes que prefieren jugarse la vida rumbo al sueño dorado en la Unión Americana, sin importarles que el acceso sea cada día más difícil, al incrementarse las medidas de seguridad con el gobierno de Donald Trump, que insiste en construir un muro más seguro en los límites de la frontera común de tres mil kilómetros de longitud.
Migrantes, como yo lo fui hace 47 años, en una circunstancia radicalmente distinta, pero con la misma intención de encontrar un mejor futuro personal fuera de mi tierra, en la capital del país, para estudiar una carrera profesional.
Por aquellos días, Tapachula era una ciudad de gran actividad agrícola, pero sin ninguna opción de estudios más allá de la educación Preparatoria, la cual cursé en la Miguel Alemán Valdéz, que aún subsiste con rango de liderazgo en la educación pública.
Había que emigrar para alcanzar nuevas metas superiores. Volar con alas propias hacia espacios que brindarán la oportunidad de ser y estar mejor. Tenía el ejemplo en mis padres, don Mario Ruiz Mayorga, que habiendo nacido en Tuxtla Gutiérrez, buscara en Tapachula una mejor perspectiva de vida y donde conocería a mi madre, que junto con mis abuelos arribarían procedentes del estado de Hidalgo, como parte del contingente del 29 Batallón de Infantería del Ejército Mexicano, allá por los años 40 del siglo pasado.
Para salir del terruño hay que tener mucho valor y deseos de superación, para conquistar la gran ciudad. Perder el miedo y pensar siempre en tener éxito en todo lo que se ambicione, como lo hice al presentar mi examen de admisión para ingresar en 1971 a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde estudiaría la carrera que entonces se llamaba de Periodismo y Comunicación Colectiva y que hoy se conoce como de Ciencias de la Comunicación.
Sed inmensa de triunfar en la vida, de sobresalir en la Gran Ciudad y de trascender al mundo, que me llevaría a la mitad de la carrera, en 1974, a ser parte del equipo de reporteros de El Universal, conocido también como El Gran Diario de México, fundado en 1917 y que por los días de mis inicios y actualmente, sigue dirigiendo con todo éxito el empresario oriundo de Coahuila –otro migrante-, Juan Francisco Ealy Ortiz, en la misma sede centenaria de Bucareli 8.
Me tocaría ser protagonista del parteaguas generacional del periódico que hoy se mantiene como líder de la información en el país, al sumarnos veteranísimos periodistas que realizaron su tarea reporteril a caballo, por los rumbos de San Angel, luego de dejar el tranvía. Una suma por demás interesante con un puñado de jóvenes en busca de la gloria que a ellos correspondió en su momento.
Sería el caso de don Eduardo “El Güero” Tellez Vargas, que el 20 de agosto de 1940, se vistió de enfermero para subirse a la ambulancia que trasladó el cuerpo del soviético León Troksky, después de sufrir el atentado en su casa de Coayoacán, orquestado desde Moscú por el dictador Stalin, que finalmente le causaría la muerte a este disidente soviético asilado por el presidente Lázaro Cárdenas en 1936, y quien estaría vinculado sentimentalmente a la pintora Frida Kalho.
Un migrante tapachulteco que a los seis meses de su ingreso al matutino, sería designado para cubrir los fines de semana la Fuente de Presidencia de la República, llegando a ser testigo presencial y acompañante de don Luis Echeverría Alvarez, quien tuvo el valor de ingresar a la Ciudad Universitaria, al auditorio “Salvador Allende”, de la Facultad de Medicina, donde sería golpeado con una piedra en la cabeza.
En 1976 emigraría a Excelsior, “El Periódico de la Vida nacional”, creado en 1918, que me abrió sus puertas de Reforma 18, con Regino Díaz Redondo, como director general. Ahí mi vocación de comunicador y de migrante se consolidaría, al recorrer todo el territorio nacional haciendo periodismo de investigación –reportajes-, como parte del Equipo de Asuntos Especiales, que me llevaría todavía más lejos.
Mi sueño se hacía realidad en el entonces medio de comunicación impreso más importante de Latinoamérica y de habla hispana, siendo considerado como uno de los más trascendentes del planeta.
En cualquier parte del mundo donde surgía la noticia, estaba siempre un enviado de Excelsior. A mí me correspondería entrevistar en 1977 a Humberto Ortega Saavedra, en las “Montañas de Nicaragua”, donde daría a conocer la reactivación del Frente Sandinista de Liberación Nacional, que en 1979 derrocaría al dictador Anastasio Somoza Debayle.
Tener el privilegio único, como contados periodistas del orbe, de ser corresponsal de guerra, a mí, en Nicaragua en la ofensiva final guerrillera y entrevistar en su oficina subterránea del bunker de Managua, al presidente Somoza, cuatro días antes de su huida del país, rumbo a Estados Unidos.
En Panamá, la firma de la Ratificación de los Tratados Torrijos- Carter, que devolvería el control de la soberanía del canal al país a finales del siglo. Entrevistas a presidentes, como Rodrigo Carazo, en Costa Rica o Policarpo Paz García en Honduras o elecciones presidenciales en El Salvador, donde conversaría con monseñor Oscar Arnulfo Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980, a los 62 años, por extremistas de derecha, cuando oficiaba una misa en la capital salvadoreña.
Camino al andar como enviado especial de Excelsior, por los rumbos del Estado Vaticano, en 1978, en la cobertura de los funerales del Papa Juan Pablo I y el ascenso de Juan Pablo II, así como en España, la entrevista exclusiva con el rey Juan Carlos I, en el pueblo de Guadalupe, de la Provincia de Cáceres, antes de su primera visita oficial a México, luego de la reanudación de relaciones diplomáticas, al morir el dictador Francisco Franco.
Un migrante chiapaneco que lo mismo estaría en Nueva York, en dos asambleas generales de la Organización de Naciones Unidas, donde el embajador de México ante el organismo mundial y mejor amigo, don Porfirio Muñoz Ledo, me ayudaría a entrevistar a Kurt Waldheim, secretario general de la ONU, o investigando en California y Arizona la explotación de los trabajadores mexicanos ilegales, cuando en lugar de muro había una división marcada por una cerca de alambres de púas, en 1979 y 1980.
Vida profesional como migrante, que me permitiría estar en Washington, horas después de ocurrido el atentado al presidente Ronald Reagan o la estadía de un mes en Cuba, teniendo como centro de operaciones La Habana, para informar de la salida-fuga de más de 200 mil cubanos, del puerto de Mariel, rumbo a la península de Florida, con autorización del gobierno del presidente Fidel Castro Ruz, que de paso obstaculizarían las maniobras militares de los poderosos portaviones de guerra de la Armada estadounidense en aguas del Golfo de México.
Transitar por los rumbos de Francia, para recorrer todas sus Centrales Nucleares generadoras de electricidad, partiendo de París a Marsella por la vía aérea y de ahí por tierra hasta Dijon, desde donde un avión del Comisariado de Energía Atómica del gobierno francés nos trasladaría, como parte de nuestra agenda de investigación, al puerto de Cherburgo, en el Atlántico, donde visitaría la planta de producción de submarinos nucleares, una nucleoeléctrica y el centro de acopio de residuos radiactivos más importante del mundo.
Migración a Organización Editorial Mexicana, a principios de la década de los 90, como director adjunto de su presidente y director general, Mario Vázquez Raña, para atender como director temporal los periódicos del Corporativo en 22 estados, hasta 1999 en que recibo la invitación para ser director del periódico insignia, El Sol de México, convirtiéndome así, en el primer tapachulteco-chiapaneco
en tener a cargo un medio de comunicación impreso en la capital de la República.
Soy el migrante, que de 1989 a 1994, impartió cátedra en la licenciatura y propedéutico de la Maestría en Ciencias de la Comunicación en mi querida Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de mi alma mater, la Universidad Nacional Autónoma de México, a la que debo mi formación profesional.
El mismo que en su trayectoria periodística de poco más de cuatro décadas ha ganado dos Premios Nacionales de Periodismo y dos Premios al Mérito Periodístico del Senado de la República y de Comunicadores por la Unidad A.C., que dirige Jaime Arizmendi González.
De nuevo en la tierra de origen desde hace 13 años, para ser testigo crítico de la miseria y hambre que sigue envolviendo a mis hermanos indígenas y campesinos de Chiapas, sometidos por la corrupción gubernamental de siempre, lo mismo que a nuestros iguales de Guatemala, Honduras y El Salvador, víctimas del capitalismo salvaje y la delincuencia organizada, que les hace ser migrantes sin opción, más que la de huir para salvar la vida y tratar de cobrar la factura al otro lado del río Bravo.
Premio Nacional de Periodismo 1983 y 2013. Club de Periodistas de México.
Premio al Mérito Periodístico 2015 y 2017 del Senado de la República y de Comunicadores por la Unidad A.C.








