“¿Qué pasaría si la guerra en Ucrania no termina?”. Esta es la pregunta que se hacen Liana Fix y Michael Kimmage en Foreign Affairs, buscando analizar los escenarios de una guerra prolongada. La propuesta que hago hoy es pensar en eso mismo, pero no ya en relación con Ucrania, sino en relación con toda esa otra serie de conflictos que estaban ahí desde mucho antes que esa guerra estallara, ninguno de los cuales tiende a extinguirse “en automático”, y varios de los cuales, de hecho, ahora se ven impactados de distintas formas por el resurgimiento de la rivalidad entre las superpotencias.

Hay que asumir que buena parte de la atención, recursos humanos y económicos, el tiempo y las capacidades de acción de cada actor directa o indirectamente involucrado en la guerra en Ucrania y en toda la situación geopolítica que se ha construido en torno a ésta, se encontrará concentrada en esa zona del mundo.

Entonces, de entrada, habrá que preguntarse cómo se desenvolverá la otra dinámica conflictiva mayor: Washington-Beijing. Hay análisis que ya nombran a Xi Jinping como el “gran ganador”, dado que Washington ha tenido nuevamente que volcarse hacia Europa y no le será posible atender su rivalidad con dos superpotencias a la vez. No obstante, me parece, en estas cosas no hay que apresurarse. China está teniendo que calibrar sus equilibrios entre ofrecer respaldo y oxígeno a Putin, y mantener, a la vez, relaciones sanas con cada uno de sus socios comerciales, Europa incluida, además de asegurar que el desenlace en Ucrania no resulte perjudicial para la visión de mundo que Beijing ha proyectado hacia el futuro. Pero además de las rivalidades entre las grandes potencias, es necesario revisar otros conflictos que subsisten:

Primero, los conflictos entre estados. Esto incluye casos como la situación en la península coreana, la conflictiva entre Israel e Irán, o incluso otros como el conflicto Armenia-Azerbaiyán. En esos tres, hemos visto incidentes recientes preocupantes.

Segundo, conflictos locales en donde hay potencias regionales y globales con intereses en juego. Esto incluye, por ejemplo, la guerra en Siria —que contrario a lo que mucha gente piensa, no ha terminado— la de Libia o la de Yemen. En cada uno de esos sitios, potencias como Rusia, EU o Francia, o poderes regionales como Arabia Saudita, EAU o Turquía, han decidido apostar por alguna de las facciones rivales, y en muchos casos, han intervenido directamente.

Tercero, además de los anteriores, subsisten conflictos internos, étnicos, religiosos o nacionales, los cuales frecuentemente lanzan recordatorios de que, pasados los años, siguen irresueltos. La reciente ola de violencia desatada en el conflicto palestino-israelí es un ejemplo.

Cuarto, la violencia asociada a organizaciones locales y transnacionales extremistas o de crimen organizado. Se trata de redes que a veces explotan agravios añejos de las poblaciones, o estructuras como las carencias económicas, la corrupción, la debilidad institucional, las desigualdades socioeconómicas, las desigualdades entre grupos humanos, la violencia perpetrada por estados, o la ausencia de un sentido de integración y pertenencia en diversas comunidades en el globo. Esta serie de factores, en lo general, siguen todos presentes en muchos sitios.

El escenario de una guerra prolongada en Ucrania, por tanto, y de la concentración de atención y recursos para restablecer el “equilibrio de terror” entre las superpotencias, no sustituye, sino que se viene a sumar y a entretejer con toda esa serie de conflictos.

Pero este panorama preocupante, debe, sobre todo, invitarnos a la acción. Como personas, como sociedades y como países.

Twitter: @maurimm