Hay cifras que debemos mirar con atención, pero sobre todo con sentido humano. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI, entre el segundo trimestre de 2025 y el mismo periodo de 2026 la ocupación aumentó en 599 mil 334 personas.
Eso es una buena noticia; sin embargo, el 82 % de ese crecimiento correspondió a empleos informales. Dicho de otro modo: ocho de cada diez empleos que México está generando hoy no ofrecen derechos.
Y la tendencia no se detiene: la tasa de informalidad laboral pasó de 55.1 % en el segundo trimestre a 56.2 % en julio de 2026, su nivel más alto en lo que va del año. Detrás de esos números hay algo que no debemos perder de vista: hay trabajadores, hay familias y hay historias de vida.
Por eso, cuando hablamos de empleo, no basta con preguntar cuántos puestos estamos generando. También debemos preguntarnos qué tipo de empleos estamos creando y qué futuro puede construir una persona a partir de su trabajo.
Durante más de cuatro décadas he recorrido nuestro país y he aprendido algo muy sencillo: quien trabaja en la informalidad no lo hace porque quiera renunciar a sus derechos.
Muchas veces esa fue la única oportunidad que encontró para llevar el sustento a su casa. No se trata de señalar al trabajador informal, sino de abrirle una puerta hacia la formalidad.
Un empleo formal significa mucho más que aparecer en una estadística. Significa acceso a salud, ahorro para el retiro, vivienda, protección frente a un accidente y posibilidades de construir patrimonio. Significa también algo profundamente humano: tener un poco más de certeza sobre el mañana.
Y uno no puede evitar imaginar a un trabajador después de treinta o cuarenta años de esfuerzo. ¿Con qué llega al final de su vida laboral? ¿Tiene pensión? ¿Tiene vivienda? Esa reflexión nos obliga a ver la informalidad no solo como un problema del presente, sino como una deuda que acompaña a una persona toda su vida.
México tiene fortalezas desde las cuales avanzar. De acuerdo con datos del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, al cierre de agosto de 2026 el empleo formal alcanzó 22 millones 798 mil 473 puestos de trabajo, de los cuales 87.1 % son permanentes. No estamos empezando de cero: el desafío es ampliar esa base para que más trabajadores puedan formar parte de ella.
También debemos quitarnos de encima una falsa disyuntiva: pensar que lo bueno para la empresa es malo para el trabajador. Yo no lo veo así.
Siempre he sostenido que no hay empresa sin trabajadores, pero tampoco hay trabajadores sin empresa. Una empresa con estabilidad laboral puede capacitar mejor e invertir más; un trabajador con seguridad social y certeza puede desarrollar mejor sus capacidades.
Empresas fuertes, trabajadores con derechos e instituciones sólidas pueden caminar en la misma dirección. La formalidad no es sólo un costo: es una inversión en estabilidad, talento y confianza.
Esto importa todavía más cuando México se prepara para nuevas etapas de integración productiva en América del Norte. De cara a las revisiones anuales del T-MEC necesitamos empresas competitivas, pero también trabajadores preparados y empleos formales. La justicia social y la competitividad no tienen por qué caminar por rutas diferentes.
De ahí mi convicción: la formalización del empleo debe convertirse en un acuerdo nacional. No puede resolverlo sólo el Gobierno, ni recaer únicamente sobre las empresas, y mucho menos podemos pedirle al trabajador que resuelva por sí mismo un problema estructural.
Necesitamos diálogo social: sentarnos a construir una ruta, no para buscar culpables, sino para encontrar soluciones. La propuesta debe estar por encima de la protesta.
Esa ruta debe reconocer que México no tiene una sola informalidad. Los datos del INEGI lo confirman: Oaxaca alcanza 80.1 %, mientras Nuevo León registra 34.8 %.
Es diferente el trabajador del campo al pequeño comerciante; distinta la realidad del turismo a la de la industria automotriz. Por eso necesitamos soluciones sectoriales y territoriales que combinen simplificación administrativa, incentivos, capacitación y acceso efectivo a la seguridad social
Esa es la idea de la Nueva Era de la Confederación de Trabajadores de México (CTM). Honrar nuestra historia no significa mirar hacia atrás, sino tomar las mejores enseñanzas de quienes nos antecedieron para responder a los problemas de hoy.
Porque los grandes acuerdos nacionales no se construyen desde un escritorio; se construyen escuchando lo que sucede en cada centro de trabajo y en cada familia trabajadora.
México ha avanzado en salario, vacaciones, libertad sindical y negociación colectiva. Ahora el siguiente reto es claro: que más mexicanas y mexicanos pasen de una ocupación a un empleo formal, con derechos efectivos y seguridad social.
Porque no basta con tener un trabajo. Para la CTM, el futuro debe significar trabajo con derechos, salario digno y bienestar para las familias. Ese es el siguiente paso.








