En 2011 la Asamblea General de Naciones Unidas proclamó el 11 de octubre como el Día Internacional de la Niña, cuyo propósito es recordarnos los obstáculos estructurales que continúan limitando su desarrollo pleno.
Si bien históricamente la agenda pública se ha centrado en combatir flagelos como la marginación y la discriminación, hoy nos enfrentamos a un escenario donde el progreso da paso a violencias que cambian de forma. La realidad material de las niñas nos lo demuestra.
De acuerdo con datos del Unicef, una de cada ocho mujeres actualmente vivas sufrió abusos o agresiones sexuales antes de cumplir la mayoría de edad.
Sin embargo, esta crisis de seguridad ha trascendido el plano físico para arraigarse profundamente en la esfera virtual. Las plataformas digitales, originalmente concebidas como herramientas de conexión, operan con frecuencia como ecosistemas de agresión y de riesgo latente.
Cifras de ONU Mujeres revelan que las jóvenes de entre 18 y 24 años tienen un 27 % más de probabilidades de sufrir agresiones en línea en comparación con sus pares masculinos.
En México, el panorama no es distinto: el ciberacoso golpea con mayor crudeza a las mujeres de entre 12 a 19 años. Casi la mitad de las víctimas reciben amenazas directas de violencia física o sexual a través de sus dispositivos electrónicos.
Esta vulnerabilidad se ha recrudecido de manera exponencial con el desarrollo no regulado de la inteligencia artificial. Estudios recientes demuestran que más de la mitad de las y los menores de edad utilizan estas herramientas para sus tareas cotidianas e, incluso, para buscar consejo sobre temas complejos como la ansiedad, la depresión o la toma de decisiones, quedando expuestos a una fragilidad que la delincuencia, pero también los desarrolladores tecnológicos, capitalizan.
El miedo más persistente manifestado por las propias infancias es la manipulación de su imagen. Según cálculos de la propia Unicef, al menos 1.2 millones de menores han visto sus imágenes convertidas en deepfakes de carácter sexualmente explícito, que inevitablemente genera un impacto negativo en su autoestima, sano desarrollo e interacción con las demás personas.
Frente a esta severa crisis de gobernanza tecnológica, el Estado no puede permanecer inerte. En septiembre pasado, la Suprema Corte abrió un espacio de reflexión institucional con especialistas internacionales de primer nivel, entre ellos Emilio Puccio, secretario General del Intergrupo del Parlamento Europeo sobre Derechos de la Infancia, y Margaret Mabie, abogada cuya firma legal logró fincar responsabilidades civiles a corporativos como Meta y Google por la adicción que generan sus algoritmos a las y los jóvenes.
Las conclusiones del encuentro fueron categóricas. La protección integral de la niñez exige un marco regulatorio estricto que obligue a empresas proveedoras de servicios digitales a asumir su responsabilidad en la difusión de estos contenidos.
Así como diseñar políticas públicas a partir del interés superior de las infancias y adolescencias, orientadas a la alfabetización digital y para dotar a cuidadores e infantes de las herramientas necesarias para cuestionar la información que consumen y navegar sin peligro.
Conmemorar los derechos de las niñas implica reconocer que las amenazas cambian y que la respuesta del Estado debe ser ágil y eficaz. Integrar la seguridad de la niñez en la gobernanza global de la inteligencia artificial no es una opción a largo plazo, sino un mandato urgente de protección a los derechos humanos de nuestras juventudes, especialmente a las niñas, quienes son más vulnerables ante estas nuevas violencias.
Garantizar el bienestar de las niñas exige protegerlas en los espacios físicos y en cada rincón del ciberespacio, asegurando que el avance tecnológico funcione como un motor de libertades y nunca más como un instrumento de violencia.








