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Hoy Escriben - Margarita Aguilar Ruiz

La palabra a fondo

Autismo tecnológico

La incapacidad de armonizar un contacto visual, de reaccionar ante las emociones que se manifiestan a través de una sonrisa, una amorosa palabra, de sintonizar sensaciones con sentimientos, son una serie de secuelas que a los padres aterra cuando a un menor se le diagnóstica autismo.

De acuerdo con el Dr. Omar Náfate, brillante médico del Hospital de Altas Especialidades Pediátricas, este diagnóstico debe realizarse lo más tempranamente posible.

Pocos saben que Omar Náfate como chiapaneco y paidopsiquiatra ha trabajado en escalas de detección que están revolucionando la posibilidad de contar a nivel nacional, y poniendo a Chiapas en la vanguardia con este diagnóstico y gozar con los beneficios de una intervención oportuna, que de verdad dará un giro existencial a la capacidad de relacionarse y desarrollarse en los múltiples ambientes y escenarios emocionales y sociales que la vida le depara a cada niño y niña.

Esfuerzos multidisciplinarios se ponen en marcha con cada diagnóstico de autismo, se analiza sus características, no hay recetas de cocina sino intervenciones tenaces y en donde la familia juega un rol invaluable para estimular constantemente la capacidad de reaccionar ante estímulos a sus hijos. Verlos y hablarles, manifestarles expresiones continuas de afecto, estar presentes anímicamente para acompañarlos en su evolución. De ahí la importancia de que cada padre y madre debe involucrarse en las características de la personalidad de su hijo, y no encomendarle la crianza temprana por completo o excesivamente a personas que no les brindaran calidad afectiva o no detectaran miradas perdidas, es decir, la incapacidad de fijar la atención ante una palabra, canción o acto emotivo.

La calidad del estimulo es una pieza angular para el futuro de los hijos, por ello hay que estar alerta cuando, además, las cuidadoras no pertenecen a la misma cultura, no hablan la misma lengua, o carecen de costumbres culturales de estimular tempranamente a los bebés.

Habría que reflexionar, pues, con quien dejamos a los pequeños, no basta con que garanticen que les cambien el pañal y les den la leche, bañen y cambien… justo como reza esa conocida canción de Franco De Vita “No basta”.

Ahora bien, lo triste es que quizás nuestros hijos y nosotros mismos no hayamos nacido con una condición seria de autismo, pero a cierta edad ya estemos adquiriendo, y lo que es peor provocando el autismo en nosotros mismos y en nuestros hijos.

La falta de empatía, la sensación de egoísmo, la pobre capacidad de manifestarnos corporalmente y con gestos y palabras. El descontento ante la decadencia de la comunicación entre abuelos, padres, madres e hijos, puede deberse a que hemos adquirido Autismo tecnológico.

Imagínese lo que implica… horas y horas perdidos en el chat, de facebook, del teléfono, de los juegos de las tabletas… es un tiempo perdido de estímulos cercanos y cálidos reales. Realmente de calidad. Que va generando, como todo lo que no se ejercita y no es una gran ciencia entenderlo, una discapacidad relacional de ser amorosos con lo cercano, de disfrutar un tiempo vivencial y no virtual.

He aquí lo paradójico, mientras por un lado padres se aterran ante el diagnóstico de autismo, y entregan su vida y recursos para recuperar a sus hijos; por otro lado otros lo generan proporcionando equipos electrónicos y ellos mismos sumiéndose aun en casa en ese tipo de enajenación, sin regulación, sin tiempo que enfría trágicamente los vínculos, e incapacita lentamente, como un cáncer progresivo la posibilidad de recrear, sentir y vibrar la vida que se va.

Y por supuesto tampoco están a salvo los adultos, que al dejar de ejercitarse en lo quizás maravillosamente aprendido en su infancia, sufren una regresión y se vuelven apáticos, egoístas, ocupados de su “yo-yo”.

Así que a vacunarse contra el autismo electrónico: conviva, exprese, dé afecto, no dé ciber “likes”.

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