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Hoy Escriben - Manuel Mondragón y Kalb

Libertad de expresión, garantía que sostiene la democracia

La libertad de expresión no es un privilegio concedido por el poder, sino un derecho que permite a las personas pensar en público, disentir, investigar, denunciar y participar en los asuntos comunes.

En México su protección es indispensable porque de ella dependen otros derechos: el acceso a la información, la participación política, la rendición de cuentas y la posibilidad de exigir justicia.

Salvaguardar esta libertad —junto con la independencia de medios y periodistas— es una condición para que el Estado de Derecho funcione y la sociedad tome decisiones informadas.

Los artículos 6.º y 7.º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos protegen la manifestación de las ideas, el derecho a buscar, recibir y difundir información, y la libertad de comunicar opiniones por cualquier medio, sin censura ni restricciones indirectas.

En el espacio colectivo reside su valor democrático. La ciudadanía no puede evaluar políticas públicas, elegir representantes o cuestionar abusos si carece de información plural y oportuna.

La crítica incómoda, incluso la que irrita a las autoridades o a grupos poderosos, amplía el espacio público y obliga a justificar decisiones. No toda expresión será acertada o responsable, pero la respuesta democrática ante ello debe ser más información, rectificación, debate y vías legales proporcionales, no la intimidación.

Proteger únicamente los mensajes aceptables para la mayoría restaría sentido a este derecho, cuya función principal es resguardar el disenso.

No salvaguardar la libertad de expresión tendría graves costos para México. El primero sería político: la erosión de los contrapesos. Sin cuestionamientos difíciles ni investigaciones independientes, los gobiernos pueden administrar la realidad mediante propaganda, ocultar fallas y convertir la crítica en deslealtad.

El segundo costo sería institucional y social. La opacidad facilita la corrupción y la impunidad, mientras que el silenciamiento de voces locales deja sin registro problemas de seguridad, medio ambiente, salud o servicios públicos.

El tercer costo sería económico y territorial. La inseguridad para informar desalienta inversiones, encarece la evaluación de riesgos y debilita la certeza jurídica.

Finalmente, habría un costo humano y cultural. Si informar puede implicar perder el empleo, ser demandado, desplazarse o morir, la sociedad aprende que cuestionar es peligroso.

El miedo se vuelve una forma silenciosa de censura y las nuevas generaciones reciben el mensaje de que participar en la vida pública exige obediencia.

Salvaguardar la libertad de expresión requiere algo más que declaraciones. El Estado debe prevenir e investigar eficazmente las agresiones, combatir la impunidad, fortalecer mecanismos de protección con recursos suficientes y atender los riesgos particulares del periodismo.

La libertad de expresión es el sine qua non de una sociedad abierta: permite conocer, discutir, corregir y exigir. En México, defenderla implica proteger tanto a quien emite una opinión como a quienes necesitan recibir información para decidir sobre su futuro.

Los medios y periodistas libres no son adversarios del Estado, sino aliados de una democracia que debe corregirse antes de que sus fallas se conviertan en crisis.

Si el país no garantiza su seguridad e independencia, pagará con más corrupción, menos confianza, instituciones más débiles, peores decisiones económicas y una ciudadanía habituada al silencio.

En cambio, si convierte la protección de la palabra pública en una política de Estado, México fortalecerá no solo una garantía constitucional, sino la posibilidad de vivir en libertad.