De repente, sin anuncio alguno de ningún tipo, la palabra “esteta” comenzó a aparecer por diversos rumbos: cartas, conversaciones, lecturas. No hay explicación para su aparecimiento; simplemente llegó y ahora está ahí, en medio del polvillo de las comunicaciones habituales, engastada como una piedra problemática en el anillo del devenir.
Pero el hecho de que esté ahí no impide algunas consideraciones alrededor de su sentido, su circunstancia, sus alcances. Quizá de esas micro-reflexiones salga alguna lección; quizás…
En nuestro país y, me temo, en el resto de América Latina, la palabra “esteta” está alineada con otras que suelen utilizarse como objetos arrojadizos e infamantes: “descastado”, “decadente”, “exquisito”, “malinchista”, “afrancesado”, muchas otras similares, y por supuesto “burgués” y sus derivados. Se mezcla con ellas para producir fulminaciones y exclusiones.
Un esteta afrancesado y decadente suele terminar, figuradamente, en el fondo de este objeto inicuo: el Basurero de la Historia. La condición de esteta se identifica con ese cachivache ideológico cuya utilización le viene de perlas a los tecnopoderosos financieros y militaristas de la actualidad, que así distraen a los paladines de la izquierda con juegos que nunca los alcanzan: la Burguesía. El esteta, automáticamente, es un burgués. ¿Cómo ha sucedido semejante metamorfosis? Lo ignoro pero sospecho cómo se fragua y cómo funciona el mecanismo. Lo cierto es que los estetas más aguerridos, intransigentes y exquisitos que me ha tocado conocer en la realidad real, tan obstinadamente ignorada, eran unos pobres de solemnidad. Pero eso le importa poco al discurso ideológico.
Una persona a quien conozco bien ha sido llamada “esteta” con toda contundencia. Esa persona preferiría ser conocida como alguien lleno de compasión, inteligencia, capacidad de diálogo y hasta de comunión; pero le ha tocado el sambenito de aparecer a ciertos ojos como un “esteta”: arrobado ante el brillo diáfano de la perfección artística, contemplativo y en éxtasis ante la recompensa gratuita de la intensidad sensorial, frágil y desbordante y a-histórica. Solamente quiero agregar que a esa persona le gustan las cosas bien hechas, nada más. Ese amor por el oficio bien ejercido o ejecutado lo ha elevado o hundido, según se vea, en la dizque condición de esteta.
La forma y el sonido de la palabra tienen a mis oídos algo intenso; su acentuación es rápida y tajante, con esa segunda “e” puesta de relieve casi como un golpe, evocadora de la palabra de la que viene: estética.
En donde quiera que aliente, el esteta discurre como la abstracción que sin duda es. En los pliegues transparentes de la inexistencia, piensa y siente con un aire de superioridad estudiada; mira y escucha y huele y saborea y palpa todo con la sublime pedantería que lo caracteriza. Allá abajo, los demás seguimos adelante, como podemos, en medio de la refriega.








