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Hoy Escriben - María Teresa Ealy Díaz

Llegamos al poder. Ahora toca demostrar para qué

Hay momentos que no pertenecen solamente a una generación. Pertenecen a la historia. México está viviendo uno de ellos. Por primera vez, una mujer ocupa la Presidencia de la República. Y ese hecho, que durante décadas parecía imposible para millones de mexicanas, hoy forma parte de nuestra realidad.

La llegada de Claudia Sheinbaum a la Presidencia no es únicamente un cambio político. Es la ruptura de un límite que durante generaciones parecía infranqueable.

Una niña mexicana puede mirar hoy hacia Palacio Nacional y saber que ese lugar también puede ser suyo. Eso importa.

Importa porque durante demasiado tiempo las mujeres tuvimos que pedir permiso para entrar a espacios donde los hombres habían decidido que nosotras no pertenecíamos.

Tuvimos que demostrar el doble para que se reconociera la mitad. Tuvimos que explicar nuestra capacidad antes de que se escucharan nuestras ideas.

Hoy las cosas están cambiando. Y precisamente por eso, quienes tenemos la oportunidad de participar en la vida pública tenemos una responsabilidad todavía mayor.

Llegar al poder no es la meta. Es la prueba.

Porque una curul no transforma por sí misma. Una secretaría no transforma por sí misma. Lo que transforma es lo que hacemos con el poder que la ciudadanía nos confía.

Ahí comienza la verdadera discusión. No se trata únicamente de cuántas mujeres ocupamos espacios de decisión. Se trata de qué hacemos desde ellos.

¿A quién protegemos? ¿Qué derechos ampliamos? ¿Qué injusticias corregimos? ¿Qué oportunidades abrimos? ¿Qué problemas resolvemos? ¿A quién le cambia la vida una decisión que tomamos desde una oficina pública?

Esas son las preguntas que deberían perseguirnos todos los días. Porque el poder público no es patrimonio de quien lo ocupa. Es un préstamo de la ciudadanía. Y todo préstamo se devuelve con resultados.

Por eso me parece insuficiente celebrar la llegada de más mujeres a la política si no somos capaces de utilizar esos espacios para transformar la realidad de otras mujeres.

Una mujer que llega al poder no debería cerrar la puerta detrás de ella. Debería abrirla todavía más.

Abrirla para las jóvenes que vienen detrás. Para las niñas que hoy necesitan referentes. Para las mujeres que todavía enfrentan violencia. Para quienes siguen encontrando obstáculos para estudiar, trabajar, emprender o participar en la vida pública. Para quienes durante demasiado tiempo fueron escuchadas solo cuando convenía escucharlas.

La verdadera transformación no está en que una mujer llegue sola. Está en que su llegada haga posible que muchas más lleguen después.

Y eso exige algo que va mucho más allá de la representación simbólica: exige resultados.

En la Cámara de Diputados he entendido que la política pierde sentido cuando se desconecta de la realidad.

No llegamos hasta aquí para ocupar espacios, llegamos para transformarlos. No para administrar privilegios, para abrir oportunidades. No para construir carreras personales, para construir un país donde las mujeres que vienen detrás encuentren menos puertas cerradas de las que encontramos nosotras.

Hoy México tiene una mujer al frente. Para millones de niñas eso significa que los límites cambiaron. Para quienes tenemos una responsabilidad pública, significa algo todavía más profundo: que ahora tenemos que demostrar que estuvimos a la altura del momento histórico que nos tocó vivir.

Por eso no creo que una mujer en el poder deba ser solo motivo de orgullo. Debe ser motivo de exigencia. Exigencia hacia nosotras mismas.

Porque llegar fue histórico. Pero servir es la verdadera responsabilidad. México ya abrió una puerta que durante siglos permaneció cerrada. Nuestra tarea no es solamente cruzarla.

Es mantenerla abierta, sostenerla y asegurarnos de que detrás de nosotras entren muchas más. Porque cuando una mujer llega al poder, cambia la historia. Pero cuando usa ese poder para transformar, cambia el futuro.