Las niñas, los niños, los adolescentes y las personas jóvenes han quedado atrapados en el fuego cruzado de un mundo adulto que prefiere señalar y castigar antes que asumir su responsabilidad histórica.
Nos enfrentamos a un entorno donde las personas adultas son incapaces de acompañar desarrollos integrales, optando por la salida fácil del juicio punitivo mientras el tejido social se fractura desde las entrañas.
Bajo esa misma narrativa, nos han querido vender la idea de que la crisis digital de la infancia se reduce a un problema solo de disciplina individual o de malos hábitos familiares. Se señala al usuario por “estar pegado al celular”, castigándolo o implementando prohibiciones aisladas.
Es la misma trampa ideológica que sufrimos con la crisis ambiental y el manejo de residuos: el discurso hegemónico culpa al ciudadano de ser un “consumidor irresponsable” por generar basura, ocultando que el desecho es un subproducto planificado de corporaciones que externalizan sus costos.
En el terreno digital ocurre exactamente lo mismo. Las pantallas y los algoritmos no son neutros; responden a un mercado voraz de estímulos diseñado por una industria hipertecnologizada de la atención programada para extraer datos, generar conductas de riesgo y mercantilizar la salud mental.
El cinismo de las plataformas y de los creadores que lucran con la promoción de la violencia consiste en reclamar libertad de expresión para cobrar y neutralidad para responder.
Los creadores invocan el entretenimiento cuando convierten al victimario en figura de éxito; las plataformas se presentan como simples intermediarias, aunque sus algoritmos deciden qué se vuelve visible, qué se recomienda y qué alcanza a millones.
Bajo el pretexto de la libertad de expresión y la recreación, difunden y monetizan tratos crueles o degradantes, actos racistas, clasistas, violencia de género y discriminación hacia grupos de atención prioritaria.
Y cuando se les exige responsabilidad, levantan la bandera de la libertad de expresión como si cuestionar el negocio de la violencia equivaliera a prohibir la palabra.
Mientras unos cuentan reproducciones e ingresos, las familias cuentan ausencias y las comunidades cargan con el daño. ¿La libertad de expresión merece una defensa firme? Sí; utilizarla como coartada para eludir responsabilidades mientras se lucra con la glorificación de la violencia merece una crítica igual de firme.
Quienes producen la “basura digital” operan en absoluta libertad y sin sanción institucional. Por ello, el decreto sobre restricciones tecnológicas debe ser implacable: debe establecer con absoluta claridad los mecanismos para sancionar y castigar a creadoras y creadores de contenido, así como contra las plataformas, que bajo el argumento de la libertad de expresión difunden tratos crueles o degradantes, actos racistas, clasistas, promueven las violencias y discriminan a los grupos de atención prioritaria, pues sumado a esto, la exposición directa a la violencia generada por la delincuencia organizada termina por ser un catalizador de la normalización de todas las violencias.
Por eso, cuando las escuelas y las familias se enfrentan a la inminencia de las restricciones de pantallas previstas para este noviembre de 2026, surge una pregunta ineludible que va más allá de la prohibición: se van las pantallas, ¿qué va a llegar?
Si retiramos el estímulo digital, pero dejamos intacto el vacío estructural y la violencia del entorno, el mercado volverá a llenar el vacío con otra forma de poder. La respuesta no puede ser el castigo punitivo al eslabón más débil, sino una transformación radical que implica:
Sanción y responsabilidad a creadores y plataformas: castigar legalmente a quienes lucran normalizando la violencia, el racismo, el clasismo y la discriminación bajo la fachada del entretenimiento digital.
Aprender a usar “El ABC de las emociones”: en días pasados la Presidencia de la República presentó la guía de salud mental; esta tendrá mayor impacto si los adultos la conocen, la viven y aprenden a usarla junto a niñas, niños y adolescentes; es un instrumento valioso para acompañar a las infancias, adolescentes y jóvenes en su vida cotidiana.
Que todas las personas que viven en México desarrollen las diez Habilidades para la Vida (HPV): estas ayudan a las personas a comprenderse, relacionarse con respeto, tomar decisiones conscientes y afrontar las violencias, reconociéndose como protagonistas de la transformación de su entorno y de la construcción de paz.
Reivindicar el territorio como espacio de construcción de paz: recuperar la pausa, el espacio público, la mediación escolar, el contacto sano con el medio ambiente, la interrupción de la violencia, los talleres de arte, el deporte y el juego como herramientas de convivencia y armonía, frente a la prisa algorítmica.
Las niñas, los niños y los adolescentes no son los culpables de la crisis digital ni de la violencia; son las víctimas de un sistema que los trata como insumos descartables.
La tarea no es castigar al eslabón final, sino desmontar la maquinaria algorítmica del desecho y exigir que los adultos asumamos nuestra labor de guía y cuidado, porque solo estamos seguros de algo “Los jóvenes no son peligrosos, están en peligro”.








