En el alba del 2022, agrego esta pregunta a las interrogantes que aguardan respuesta. Muchas han quedado pendientes, elevadas por millones de mexicanos a los oídos del Ejecutivo y sus allegados. Engrosemos el catálogo de esas preguntas, tan numerosas como los problemas que aguardan solución y sólo han tenido agravamiento.

No me refiero a los cambios en el universo, la nación, la sociedad del presente, tan sufrida y anhelante (aspiracionista). Tampoco a todas las modificaciones prometidas por el supremo gobierno, siempre vocinglero para satisfacer a sus electores. Sólo aludo a un problema de magnitud insoportable y creciente, ola que nos ahoga y que ha sellado la suerte del país: la seguridad pública, derecho humano y derecho de la sociedad, que no es posible ignorar ni aplazar.

¿Qué ha hecho su gobierno, Presidente, en esta materia? ¿Cómo ha correspondido a los diagnósticos enunciados por usted mismo y su círculo de acompañantes? ¿Qué ha ocurrido en los tres años larguísimos que han corrido (pero no en balde) entre los días de la jubilosa campaña presidencial y la noche cerrada que domina el insomnio de la nación? De diagnósticos, leyes, programas, estrategias y ocurrencias tenemos un arsenal. ¿Y de realidades, presidente? ¿Qué hay de éstas en un ámbito primordial —el más radical y característico— de las tareas de cualquier gobierno?

Leo las cifras del crimen, pero no las reproduzco ahora. ¿Para qué? No hay ciudadano que ignore el auge de la delincuencia. Lea usted, Presidente, si tiene tiempo para ocuparse en los asuntos de la seguridad de su pueblo, las columnas de Héctor de Mauleón y Alejandro Hope en las páginas de El Gran Diario de México. O vea, si no, las noticias y los comentarios que aparecen en otros medios. No hay noticiero, por optimista que sea su conductor, que omita la crónica del crimen. Ésta forma parte de las “primeras letras” de las nuevas generaciones, y de las últimas que leerán las generaciones en transición.

Dijo usted, Presidente, que en poco tiempo se restablecerían la paz y la seguridad. Se refirió al abandono de anteriores administraciones en este ámbito vital. Proclamó, en el temprano ejercicio de sus potestades, un Plan Nacional de Paz y Seguridad Pública (2018-2024). Impulsó, de la mano de su corriente política, estruendosas reformas constitucionales que entraron en vigor al inicio de 2019. Creó una aparatosa fuerza militar (que se dijo civil) llamada Guardia Nacional, prenda de nuestra seguridad. Y en cada matinée de su gobierno ha insistido sobre este tema, desplegando cifras que forman parte del mundo (un “mundo raro”) de los “otros datos” que ciertamente no modifican —para bien, quiero decir— la vida de los mexicanos.

¿Pero qué ha cambiado, Presidente, en el horrendo paraje de la seguridad pública? A tres años del discurso de la paz, hoy tenemos una violencia creciente que nos empuja hacia la frontera donde comienza el Estado fallido. El crimen se ha apoderado de amplios sectores de nuestra geografía y ha infectado otros de la vida del país (la política es un caso notorio, a raíz de las últimas elecciones). Por ello es válida, actual, indispensable, esa pregunta que aún no recibe respuesta de su gobierno: ¿qué ha cambiado en materia de seguridad?

Si el gobernante no responde, lo hace el clamor ciudadano. Dondequiera, los mexicanos que ejercen su voz denuncian con ella —y con la dura experiencia de su propia vida— el saldo de la Cuarta Transformación en materia de seguridad. ¿No llega a las alturas ese clamor?