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Hoy Escriben - Maripina Menéndez

Regular las emociones: el primer paso hacia una cultura de paz

La salud mental suele ocupar un lugar prioritario en la conversación pública cuando ocurre una crisis: un episodio de violencia, un caso de suicidio, una situación de agotamiento extremo o el diagnóstico de un trastorno psicológico.

Sin embargo, pocas veces hablamos de lo que sucede antes: de las señales que pasan inadvertidas y de las herramientas que podrían ayudar a las personas a afrontar sus dificultades antes de que comprometan su bienestar.

En México, la salud mental representa uno de los grandes desafíos de salud pública. 28.6 % de la población vive con alguna condición de salud mental, mientras que apenas 2 % del presupuesto de salud se dirige a este ámbito.

La limitada disponibilidad de servicios especializados deja a miles de personas sin la atención que necesitan y evidencia la urgencia de fortalecer las estrategias de prevención.

Durante mucho tiempo, la atención psicológica se ha concebido principalmente como una respuesta ante el malestar. Los servicios clínicos son indispensables y deben fortalecerse, pero atender únicamente las consecuencias resulta insuficiente.

La prevención requiere reconocer que el bienestar emocional también se construye en las experiencias cotidianas, en las relaciones y en los entornos donde crecemos, estudiamos y trabajamos.

Esta necesidad es especialmente importante durante la infancia y la adolescencia, etapas en las que se desarrollan habilidades fundamentales para establecer vínculos y afrontar situaciones adversas.

Enseñar a niñas, niños y jóvenes a identificar sus emociones, expresar lo que sienten, resolver conflictos y pedir ayuda debe formar parte de una educación integral.

Regular las emociones no significa evitar las experiencias difíciles ni exigir una actitud positiva ante cualquier circunstancia. Significa desarrollar recursos para reconocer el malestar, comprenderlo y responder de manera consciente, así como identificar cuándo es necesario acudir con un profesional. Es una habilidad que puede fortalecerse a lo largo de la vida.

La psicología y la neurociencia han ampliado el conocimiento sobre la relación entre emociones, comportamiento y funcionamiento del sistema nervioso.

A partir de estos avances, prácticas como la meditación y la atención plena se han incorporado a programas de bienestar y manejo del estrés.

Pueden complementar las estrategias de prevención y cuidado, pero no sustituyen la atención médica o psicológica cuando ésta es necesaria.

Llevar estas herramientas a los espacios cotidianos puede ampliar la conversación sobre salud mental. En las escuelas, la educación socioemocional puede favorecer la convivencia y ofrecer recursos para enfrentar conflictos.

En los hospitales, el personal sanitario necesita apoyo para afrontar las exigencias emocionales de su labor. En las comunidades, los espacios de escucha pueden contribuir a reducir el aislamiento y fortalecer las redes de apoyo.

Pero la prevención no puede convertirse en una responsabilidad exclusivamente individual. Las dificultades emocionales también están relacionadas con condiciones sociales como la violencia, la desigualdad y el acceso limitado a servicios. Por ello, se necesitan políticas públicas, instituciones comprometidas y entornos que favorezcan el bienestar.

Prevención y atención especializada deben avanzar juntas. Promover herramientas de regulación emocional puede ayudar a detectar señales de alerta y fortalecer recursos personales, pero no reemplaza los tratamientos que requieren quienes viven con un trastorno mental.

El desafío para México es pasar de una cultura que reacciona ante las crisis a una que promueve activamente el bienestar. La salud mental no comienza cuando aparece una crisis: se construye todos los días, en las aulas, los hogares, los centros de trabajo y las comunidades. Cuidarla debe dejar de ser una respuesta de emergencia para convertirse en una responsabilidad cotidiana y colectiva.