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Hoy Escriben - Ángel Durán

Regular los celulares no basta: el desafío es el entorno digital

El Congreso del Estado de Colima aprobó recientemente una reforma a la Ley de Educación para regular el uso de celulares y tecnologías digitales en los planteles de educación básica y media superior.

La medida limita su utilización durante la jornada escolar, salvo para fines educativos, emergencias justificadas o necesidades de accesibilidad.

La reforma va en la dirección correcta.

El problema es que puede resultar insuficiente frente a la dimensión que ha alcanzado el fenómeno digital.

El debate no debería concentrarse solamente en determinar si un estudiante puede llevar o utilizar un teléfono dentro del salón de clases.

El celular es únicamente la puerta de entrada a un ecosistema mucho más complejo.

Redes sociales, videojuegos, plataformas digitales, algoritmos de recomendación, inteligencia artificial generativa, publicidad dirigida y recopilación masiva de datos forman actualmente parte de la vida cotidiana de niñas, niños y adolescentes.

La Organización Mundial de la Salud acaba de advertir sobre esta nueva realidad.

En un artículo publicado el pasado 1 de julio por Emmanuel Macron, presidente de Francia, y Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, se sostiene una idea que debería preocuparnos: el entorno digital se ha convertido en un determinante importante de la salud y del desarrollo infantil.

No se trata de condenar la tecnología. Sus beneficios son indiscutibles. Permite aprender, investigar, comunicarse, acceder a información y desarrollar capacidades que serán indispensables durante las próximas décadas.

El problema está en otra parte. Las plataformas digitales no necesariamente son espacios neutrales.

Buena parte de ellas funciona mediante modelos económicos que buscan mantener nuestra atención durante el mayor tiempo posible.

Los algoritmos aprenden nuestros intereses y seleccionan contenidos capaces de conseguir que permanezcamos conectados.

Cuando esto ocurre con adultos existen razones para preocuparnos.

Cuando ocurre con menores de edad, la responsabilidad social es mucho mayor.

La OMS señala que la exposición digital excesiva está asociada con problemas como falta de sueño, sedentarismo y diversos riesgos para la salud y el desarrollo.

También advierte sobre la exposición a contenidos violentos, sexualizados o discriminatorios, además de los peligros relacionados con explotación sexual, acoso digital, deepfakes y utilización indebida de datos personales.

Aquí encontramos la principal limitación de la reforma aprobada en Colima.

Regulamos el dispositivo dentro de la escuela, pero todavía necesitamos construir una política integral sobre el entorno digital en el que viven nuestros menores.

Porque retirar un teléfono durante algunas horas no soluciona necesariamente el problema si, al regresar a casa, el adolescente permanece conectado durante buena parte de la tarde y de la noche.

Hay que reconocer que el Congreso colimense incorporó elementos importantes.

La reforma habla de alfabetización digital, uso responsable de las tecnologías y corresponsabilidad de madres y padres de familia. Es un buen comienzo.

Pero debemos avanzar más. Necesitamos educación para comprender cómo funcionan los algoritmos, protección efectiva de datos personales, prevención del ciberacoso, herramientas para padres de familia y protocolos frente a contenidos sexuales o violentos.

También debemos comenzar seriamente la discusión sobre inteligencia artificial utilizada por menores.

Otros países ya están debatiendo incluso límites de edad para acceder a determinadas redes sociales y obligaciones especiales para las empresas tecnológicas.

México inevitablemente tendrá que entrar a esa discusión.

El desafío jurídico será encontrar el equilibrio. Niñas, niños y adolescentes tienen derecho a la información, educación, privacidad, libertad de expresión y acceso a las tecnologías, pero simultáneamente existe una obligación constitucional de proteger su interés superior, su salud y su desarrollo integral.

No necesitamos expulsar a nuestros hijos del mundo digital.

Eso sería imposible y, además, equivocado.

Necesitamos algo mucho más importante: enseñarles a vivir dentro de él, sin quedar sometidos a sus algoritmos.

Regular los celulares en las escuelas de Colima fue un primer paso.

Ahora necesitamos comprender que el verdadero problema nunca estuvo solamente dentro del teléfono y su uso en la escuela.

Está en el entorno digital que hemos construido alrededor de nuestros niños.