Para muchos jóvenes mexicanos el nombre de Víctor Cervera Pacheco probablemente diga poco. Otros lo identificarán con un PRI de otra época, con una cultura política vertical, el nacionalismo que lo formó y la tecnocracia liberal federal bajo la que ejerció buena parte de sus funciones. Hace unos días presenté el libro «Víctor Cervera Pacheco. Ideario y praxis política”.
No es una biografía ni pretende ser una apología. Es una recopilación de su palabra pública para preguntarnos, a más de dos décadas de su muerte, qué queda vigente de su pensamiento. Y encontré algo que no esperaba con tanta claridad: Víctor Cervera resulta profundamente contemporáneo.
Para Cervera, el empleo era la verdadera política social. No rechazaba los apoyos. Consideraba indispensable ayudar a quien enfrentaba una necesidad inmediata. Pero distinguía entre aliviar la pobreza y resolver sus causas.
Lo dijo claramente: “las acciones y los programas sociales de apoyo son paliativos”. Y después completó la idea: “La solución de fondo de la pobreza está en la educación y en las oportunidades de empleo para todos”. Ahí comienza su sorprendente actualidad, una de voz crítica.
Morena ha construido un modelo distinto. Las transferencias directas ocupan un lugar central en su política social. Son apoyos importantes para millones de familias; el PRI los respalda.
La discusión no debe ser si desaparecen. La pregunta es qué viene después del apoyo. Cervera respondería: educación y empleo, para Morena es la permanencia del subsidio.
Su idea del Estado era fuerte, pero no omnipresente. El gobierno debía garantizar salud, educación, seguridad, infraestructura y servicios públicos, crear condiciones para la inversión y el trabajo.
Después, sobre ese piso, cada persona y empresa debía construir su destino. Lo decía sin rodeos: “el gobierno no puede ni debe sustituir la iniciativa de los particulares”.
Ahí existe una discusión que México necesita. Una política social puede acompañar a las personas hacia una mayor autonomía o conformarse con administrar permanentemente sus necesidades.
México y su gobierno no pueden medir su «éxito» por cuántos beneficiarios incorpora a sus programas sociales, lo relevante es preguntarse también cuántos mexicanos adquieren educación, empleo e ingresos suficientes para no necesitar ese apoyo.
Cervera escogió dos prioridades para su gobierno: “el empleo y la educación”. Y no hablaba de cualquier empleo: insistía en capacitación, productividad, mejores empresas y mejores salarios. Hace veinticinco años hablaba, en esencia, de capital humano.
Hay otra idea particularmente actual del cerverismo: la unidad. “Por convicción política, soy obsesionado de la unidad”, decía. Pero unidad no significaba uniformidad partidista. Convocaba a una “unidad pluripartidista” que no exigía sacrificar ideologías, sino evitar que por ellas sacrificáramos el destino común.
Eso contrasta con una política nacional actual que ha encontrado utilidad en dividirnos entre un nosotros y un ellos, entre conservadores y transformadores, pueblo y adversarios.
El desacuerdo es indispensable en democracia. Convertir permanentemente al diferente en antagonista es otra cosa a la que no se le puede llamar pluralidad.
Víctor Cervera perteneció a otro México, con aciertos y contradicciones. No propongo regresar a 1995. Propongo recuperar algunas preguntas.
¿Queremos una política social cuyo horizonte sea recibir más o necesitar menos? ¿Un Estado que acompañe el esfuerzo de las personas o que lo sustituya? ¿Una política que busque motivos para unirnos o que necesite dividirnos?
Frente a una época marcada por la transferencia económica con fines políticos y la confrontación como forma de gobierno, la fórmula de Víctor Cervera conserva una sencillez incómodamente contemporánea: educación para emancipar, empleo para salir adelante y unidad para construir.








