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Hoy Escriben - Elio Masferrer Kan

Virgen y santos en los procesos electorales. Una mezcla difícil

El culto mariano es una peculiaridad del catolicismo latinoamericano, los misioneros europeos se encontraron con que los sistemas de visión del mundo de los pueblos conquistados estaban basados en un sistema de “parejas míticas” que serían la base de los sistemas de creencias, esto se confrontaba con la Trinidad de “Padre, Hijo y Espíritu Santo”, que implicaba una estructura androcéntrica sin figuras femeninas.

Las instrucciones de los Padres de la Iglesia eran muy precisas en las actividades de la conversión de pueblos derrotados al catolicismo. Debían buscar formas de articular y no de romper o confrontar “más de lo necesario”.

Respetar los antiguos lugares de culto manteniendo rituales que podrían ser incorporados, cambiando las imágenes, derribando sus antiguos dioses, ahora llamados ídolos y sustituyéndolos por imágenes cristianas.

El culto a María sería acompañado de un conjunto de atributos que no necesariamente estaban en los Evangelios, la Virgen María se transformó en “La Madre de Dios”.

Esta asociación implicaba un doble movimiento, por una parte configuraba un matrimonio mítico con Dios Padre, mantenía el concepto milagroso de “maternidad virginal” resultado de una mediación sacralizada del Espíritu Santo y le daba a José, el esposo de María, un concepto de castidad que resultaba congruente con el criterio de “María siempre Virgen”, definiendo así el concepto de Sagrada Familia, un espacio al margen del erotismo de la vida matrimonial de los feligreses comunes, quienes estarían constantemente en los riesgos de caer en excesos pecaminosos.

El catolicismo tradicional introdujo así un conjunto de criterios para restringir los excesos eróticos, por ejemplo, no tener relaciones sexuales los viernes en honor al sacrificio de Cristo en Viernes.

También debía asistir el catecúmeno en ayunas para comulgar para evitar que se mezclara la Eucaristía con alimentos profanos, al igual que no comer “carnes rojas” durante la Semana Santa rememorando así el Sacrificio del Hijo de Dios.

Es importante señalar que muchas de estas disposiciones eclesiásticas fueron discretamente dejadas de lado por los feligreses, quienes van imponiendo de hecho un conjunto de cambios culturales.

El culto Mariano y la Devoción a los Santos se mantiene vigente en el catolicismo latinoamericano. Recordemos que esto fue el argumento de los protestantes en el Congreso Misionero Latinoamericano (Panamá, 1916) para evangelizar en América Latina, pues los católicos están contaminados por ideas mágico religiosas.

Recientemente el candidato presidencia brasileño Bolsonaro propuso “destituir” a la Virgen de la Aparecida como Patrona del Brasil para congraciarse con los numerosos votantes evangélicos que en términos teológicos no incluyen el culto mariano en su sistema de creencias, el candidato a la reelección Lula da Silva aprovecho este flanco para defender a la Patrona.

Cabe preguntarse si este juego de espejos religiosos tiene utilidad electoral: en el caso mexicano el encuestador estrella de un periódico financiero documentó que la Virgen de Guadalupe es importante para dos tercios de los católicos y un tercio de los evangélicos.

Investigaciones de campo nos muestran que muchos conversos siguen “respetando e invocando” a la Virgen en situaciones críticas, aunque sepan que, en términos institucionales, en su nueva adscripción religiosa esto no es correcto. También no todos los católicos son marianos.

Recientes investigaciones de campo realizadas nos permiten afirmar que el cambio religioso no es algo en que súbitamente los conversos abandonan todas sus creencias anteriores y las sustituyen por las de su nueva iglesia.

Esto no sería válido para los “evangélicos de cuna”, quienes nacieron en hogares cristianos y han sido endoculturados en el nuevo sistema religioso.

En los conversos siguen vigentes un conjunto de lealtades primordiales, donde el culto mariano es en muchos casos el “soporte” de la relación con su propia madre, lo único persistente en contextos donde abundan los divorcios, las uniones libres, madres solteras e hijos “abandonados” por el padre, que incluso se niega a pagar la pensión alimenticia de sus hijos, lo que los antropólogos llamamos sistemas de parentesco matrifocales. En este contexto invocar o atacar a la Virgen y los Santos en los procesos electorales tienen resultados dudosos.

Hasta ahora han sido más efectiva las promesas (o amenazas) del presidente Trump en los procesos electorales de imponer o quitar aranceles, aprobar medidas positivas o negativas en los organismos financieros internacionales y facilitar o dificultar la concesión de visas para ingresar a los Estados Unidos, los ciudadanos, que también son creyentes, se guían por cuestiones más terrenales en el momento de votar.