A peso, el bote de tomates cosechados

A peso, el bote de tomates cosechados

En la Montaña de Guerrero migrar significa huir, huir de la marginación y de la pobreza. Una forma es como jornalero. En los 19 municipios de la Montaña cada año salen al norte del país 10 mil personas en busca de un ingreso por seis meses. No salen de la pobreza, pero tienen algo de dinero.

El Consejo de Jornaleros Agrícolas de la Montaña contabilizó hasta el 24 de noviembre la salida de cinco mil jornaleros, con todo e hijos. En septiembre salieron mil 311; en octubre, 701, y este mes van mil 800; en total, tres mil 812. Partieron en 79 camiones. Se le suman otros mil sin registro.

La temporada de migración comenzó en septiembre y terminará en enero.

Futuro incierto

Arnulfo Francisco tiene 30 años, pero parece de 40. Está sentando en un rincón de la Unidad de Servicios Integrales (USI), la sede del consejo. Está con Julia, su esposa, y sus hijas Francisca, de ocho años, Maurilia, de seis, y Abrelia, de cuatro.

Arnulfo y su familia esperan a que salga un autobús que los lleve a Culiacán, Sinaloa, al corte de chile morrón, jitomate y pepino.

Arnulfo y su esposa trabajarán de las siete de la mañana a la cuatro de la tarde, de lunes a sábado. Sus hijas irán a la escuela o se quedarán solas en su cuarto, aunque está la posibilidad de que también trabajen. Cada día ganarán 120 pesos. Crecencio Flores Sánchez es coordinadores en el Consejo de Jornaleros Agrícolas de la Montaña. Desde septiembre pasa todos los días en la USI esperando a que lleguen los jornaleros. Lleva el registro, pero está considerando dejar el consejo porque la Secretaría de Asuntos Indígenas del gobierno de Guerrero le debe cinco quincenas. Por la falta de pago, dice, se endeudó con 4 mil pesos.

Flores también es jornalero. No olvida lo que significa atravesar el país, de sur a norte, en 36 horas de camino, ir apretado, con los hijos sobre las piernas o incluso parados.

Explica que estas personas llegan a los campos sin ninguna certeza laboral, no firman contrato y las condiciones siempre son adversas. La estancia varía: algunos llegan a sembrar y les pueden pagar por día de 120 hasta 150 pesos. Cuando llega la hora de corte la forma de pago cambia. Les pagan por bote. Por ejemplo, por cada bote de jitomate les pagan un peso. Cada bote lo tienen que llenar con 40 jitomates. Los más hábiles logran recolectar 120 botes al día.

Ese dinero se puede quedar en el mismo campo. Los jornaleros en sus días de trabajo salen muy poco, así que tienen que comprar en las mismas tiendas que montan los dueños, aunque esté más caro.

—Entonces, si no les conviene, ¿por qué se van de jornaleros?

—Allá tiene trabajo, por lo menos tiene para ir al día; tienen la posibilidad de tener médico; en sus pueblos no tienen nada.

Niños, los más afectados

La comunidad de Ayotzinapa está a una hora y 20 minutos de Tlapa. Está construida por jornaleros. Se despuebla cuando comienza la temporada del corte en el norte del país. En las casas en estos días se van quedando los adultos mayores y los niños.

Está la casa de Juana Domínguez, quien los siguientes meses los pasará acompañada de su nieta Juanita Ramírez, de siete años. Los papás se fueron a Guanajuato a trabajar de jornaleros. Alejandro Morales es médico en la USI. Explica que la migración está afectando más a los niños en dos formas. Una, como el caso de Juanita, quienes se quedan sin la atención suficiente, porque por lo regular se quedan con las abuelas que no cuentan con el dinero para darles de comer bien y atender sus necesidades de la escuela.

Y la otra, es el desarraigo. Muchos niños, dice Morales, no sienten la identidad de un indígena de la Montaña: se identifican como jornaleros, migrantes y nómadas.

Otro efecto está en la salud. Morales recuerda que muchos de los jornaleros con el paso de los años tienen problemas de diabetes.

“En los campos lo que más toman es Coca-Cola”. La mayoría de los jornaleros tienen la espalda atrofiada. Los niños también sufren: “Se van flaquitos por no comer, luego los ves barrigones, allá se la pasan tomando refresco y comiendo Sabritas”. En los niños hay efectos letales.