Gabriela Cabrera León tenía las llaves en sus manos, pero no sabía qué abrían cada una de ellas: esta fue una señal de alerta para su familia, que intuyó que algo no estaba bien. Fue en 2020 cuando tuvo que ir al médico luego de algunos episodios tras olvidar de manera recurrente el celular y el uso de las llaves.
Después de algunos exámenes y consultas con especialistas, la mujer, que en ese entonces tenía 62 años, recibió el diagnóstico de Alzheimer, narra su hija Karla Díaz Cabrera.
Al recibir esta noticia, ni Gabriela ni su familia sabían hasta qué grado podría llegar su deterioro cognitivo. Aunque desde que fue diagnosticada ha estado en control médico, hay veces que prefiere aislarse cuando llegan visitas a su casa y asegura que ella no quiere tener esa condición que cada vez le impide recordar o poder pronunciar el nombre de Karla que, además, es su cuidadora.
De acuerdo con la Clínica Mayo, el Alzheimer es un trastorno que afecta al cerebro y que, conforme transcurre el tiempo, empeora. “La enfermedad es el resultado de cambios en el cerebro que se derivan en depósitos de ciertas proteínas (beta amiloide y tau). La enfermedad de Alzheimer hace que el cerebro se encoja y que las neuronas cerebrales, a la larga, mueran. Esta es la causa más común de demencia, un deterioro gradual en la memoria, el pensamiento, el comportamiento y las habilidades sociales.
“Estos cambios afectan la capacidad de funcionamiento de una persona”, define la institución. Cifras de la Organización Mundial de la Salud estiman que alrededor del mundo existen 55 millones de personas con demencia, de estas entre un 60 al 70 % son casos de Alzheimer. La Secretaría de Salud indica que, en México, 1.3 millones de personas padecen Alzheimer; sin embargo, este número podría ser mayor ya que muchos no están diagnosticados debido a la falta de información pues se cree que es normal que las personas mayores pierdan la memoria.
Otros síntomas
Si bien el Alzheimer se identifica por la pérdida de la memoria, existen otras áreas que también se ven afectadas, como el lenguaje, la función ejecutiva y el procesamiento visuoespacial. El doctor Philip W. Tipton, neurólogo de la Clínica Mayo en Florida, señala que las personas con afectaciones en el lenguaje pueden tener dificultades para pronunciar las palabras o comprender lo que los demás les dicen. “La pérdida del lenguaje comienza con dificultad para encontrar la palabra (el paciente dice: ‘la tengo en la punta de la lengua’ pero no encuentra ni la palabra ni su equivalente); tampoco recuerda los nombres de personas que ha conocido durante muchos años, o, incluso, los nombres de sus hijos y nietos o el de su consorte de más de 40 años”, detalla el doctor Gustavo Román, neurólogo especializado en desórdenes cognitivos y de memoria del Hospital Houston Methodist.
Karla comparte que el deterioro de su madre ha ido avanzando desde que fue diagnosticada. “Hace ocho años sabía quién era, podía decir mi nombre y ahora le cuesta trabajo pronunciarlo. Sabe que soy su hija, pero le cuesta recordar mi nombre y el de mis hijos. Se aisló mucho y no habla si alguien más está en la casa, sabe que algo le pasa cognitivamente. Es algo complicado para ella”, narra.
Mientras que algunas otras llegan a presentar disfunción ejecutiva, lo cual les impide poder organizar o planificar. Las que tienen discapacidad visoespacial ven reducido parte de su campo visual, lo cual tiene como consecuencia dificultad en tareas como manejar.
Román agrega que la disfunción ejecutiva sucede cuando el paciente deja de realizar actividades cotidianas de forma automática. Cosas sencillas como mandar un mensaje en el celular, usar el control de la tele, prender y apagar la estufa o el microondas y, cuando la enfermedad avanza, se vuelve progresivo hasta el hecho de no poder bañarse y vestirse solo, comer, tomar medicamentos, etc. La pérdida de la función ejecutiva finalmente se traduce en la incapacidad de ser autosuficiente.
Aislamiento y depresión
Tal como menciona Karla en el caso de su mamá, los pacientes con este trastorno comienzan a aislarse y deprimirse. En las fases primarias puede ser que la persona no se dé cuenta de que algo le ocurre, pero conforme avanza el padecimiento, se deprimen. El doctor Tipton indica que los afectados suelen tener comorbilidades psiquiátricas tales como depresión, ansiedad y dificultad para dormir. A esto se agrega que son más propensos a experimentar delirio debido a diversos factores estresantes, como estar en un ambiente desconocido y lidiar con una infección simple como el resfriado común o una infección urinaria.
“Cuando está más evolucionado el padecimiento, empieza a haber agresividad, desconfianza en otras personas, delirio de persecución, creen que le están robando, engañando, etc. Más tarde hay desinhibición y desorientación, las cuales pueden aparecer en fases moderadas, lo mismo que cuando se pierden y desubican. En fases avanzadas dejan de reconocer a sus seres queridos y se pueden sentir agredidos por gente cercana”, añade Paola Gurabieb Chain, médico internista, neuróloga y neurofisióloga clínica del Centro Médico ABC.
Estas comorbilidades, explica el especialista de la Clínica Mayo, pueden influir de manera significativa en la calidad de vida de los pacientes ya que exacerba los síntomas cognitivos e interfiere con las relaciones interpersonales. La progresión del Alzheimer también altera el comportamiento y se puede manifestar con una paranoia constante con sus seres queridos, lo cual también afecta la dinámica familiar ya que no se puede dejar solo al paciente, ni de día ni de noche, lo que muchas veces provoca la institucionalización.
En algunos casos, se vuelven agresivos con todas las personas a su alrededor y puede haber ataques verbales y físicos, muerden, arañan y golpean sin motivo alguno a sus cuidadores o seres queridos. Cuando ya es un grado más avanzado, al ir al baño pueden tener comportamiento errático y llegar a ensuciar las paredes con las heces fecales, se rehúsan a bañarse, cepillarse los dientes, afeitarse y cambiarse de ropa, anotan los especialistas.












