Burgas, un lugar para cazar a migrantes

Burgas, un lugar para cazar a migrantes

Roban, violan a nuestras mujeres y nos invaden. Pasan por Bulgaria porque ahora es muy fácil hacerlo". Stanislav, su nombre de batalla, señala un cúmulo de basura que está a pocos metros. Se trata, seguramente, de las señales del paso de algunos inmigrantes por los bosques que hay alrededor de la frontera de Malko Tarnovo, entre Turquía y Europa.

Los siete miembros de la patrulla llevan un pasamontañas negro, botas militares y un mono de camuflaje. En el brazo lucen una banda con un lobo y la bandera tricolor búlgara, con el escudo de armas de la Unión Militar Vasil Levski, el nombre del héroe nacional búlgaro.

Son todos originarios de Burgas, una ciudad que da al mar Negro, donde, a principios del año, se creó una federación de movimientos que patrullan el territorio en busca de inmigrantes en tránsito.

"Muchos de ellos forman parte del Estado Islámico”, asegura Stanislav, mientras que con un puñal recoge una bolsa de color negro y la exhibe como prueba.

“Cuando los encontramos, al menos uno de cada 10 de ellos tiene quemaduras en las manos propias de quien ha utilizado un Kalashnikov. Nos damos cuenta de si han disparado en los últimos dos o tres meses. Entre nosotros hay militares y policías, y sabemos reconocerlos", dice.

Con 260 kilómetros de frontera con Turquía, Bulgaria es una de las puertas de Europa. Más de la mitad de la frontera está cercada por un muro de tres metros rematado con alambre de púas. El resto está casi desprovisto de controles.

Sin embargo, sólo en 2016 más de mil personas solicitaron asilo, mientras que se calcula que son muchos más los que transitan hacia Serbia pagando un alto precio a los traficantes. Son muy pocos los que quieren quedarse en Bulgaria, pues tiene una muy mala reputación respecto a la asistencia a los refugiados.

La gestión de los centros de acogida de Harmanli y Pastrogor ha provocado a menudo airadas críticas de las ONG que luchan por el respeto de los derechos humanos.

En 2015 Human Rights Watch entrevistó a 45 solicitantes de asilo que habían llegado a Bulgaria y 26 de ellos declararon haber sido golpeados por la policía y despojados de sus pertenencias, incluso bajo la amenaza de un arma.

"Nos pueden grabar sólo cuando tenemos la cara tapada —confiesa Stanislav mientras invita a entregar los teléfonos móviles—. Es una medida de seguridad, la policía podría localizarnos en el bosque".

Stanislav tiene 25 años y habla bien en inglés. Al mayor del grupo, de unos 55 años lo llaman “el jabalí”. Explica cómo moverse en caso de topar con algún “invasor”. La primera regla es silencio absoluto, teniendo cuidado para no hacer ruido al pisar ramas secas.

"Comprobamos si están armados —dice—, y entonces llamamos a un agente de la policía de fronteras del que nos fiamos. Si hay mujeres y niños, algo que ocurre muy rara vez, llamamos a las autoridades competentes para que les asistan”.

“Nos encontramos cada vez más hombres jóvenes, casi nunca sirios. No son refugiados, sino invasores terroristas que vienen de Afganistán, Irak e Irán", agrega. Esta vez, sin embargo, no hay necesidad de llamar a nadie.

El cuartel general de la Vasil Levski se encuentra en Varna, unos 100 kilómetros más al norte, en una casa separada, con vistas al Mar Negro.

Vladimir Rusev es el fundador. Con unos 60 años y exmilitar del ejército búlgaro con un duro rostro, en las redes sociales es conocido como Valter Kalashnikov.

"Bulgaria, Italia, Grecia y España tienen el mismo problema. Son las puertas de este continente. Hago un llamamiento a todos los hombres blancos de Europa para que defiendan a sus mujeres de esta invasión islámica. No hay más tiempo que perder", afirma.

Asegura que no es ni racista ni nazi. "Eso es sólo propaganda. Son las oligarquías prosionistas transnacionales que controlan los medios de comunicación. A nuestro movimiento lo apoyan muchas personas pertenecientes a minorías”.