Entre una multitud que durante más de 15 días ha transitado por las carreteras del sur de México, aparece un pequeño grupo que camina con mucha seguridad, pero también con mucho miedo; su presencia es notoria, algunos son gays, otras son lesbianas, bisexuales o transgénero, pero todos son migrantes expulsados de sus países.
Piden respeto, porque así como muchos de los centroamericanos que avanzan en la caravana hacia Estados Unidos, luego de verse orillados a dejar El Salvador, Honduras y Guatemala por la pobreza y la inseguridad, ellos también son vulnerables, pero además vienen huyendo de la homofobia y la discriminación.
Sin embargo, reciben poco, o más bien nada de lo que piden, pese a ser hermanos de la misma región, estar en las mismas condiciones y compartir el mismo anhelo: cruzar a Estados Unidos y tener un empleo que les permita mejorar sus condiciones de vida.
De acuerdo con el informe global de 2016 de Trans Murder Monitoring Project (Observatorio de Personas Trans Asesinadas), de los 65 países que reportaron, el 78 por ciento de las muertes violentas de personas trans ocurrió en América Latina.
En tanto que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) refiere que en esta región algunos estudios han evidenciado la violencia homofóbica y transfóbica en el sector educativo.
La ONU alerta que por la vulnerabilidad, la violencia y otras formas de persecución, las personas LGBTI están en mayor riesgo de desplazamiento forzado. Sin embargo, cuando salen de sus países buscando refugio, no se le reconoce la necesidad de protección internacional y sufren muertes violentas, amenazas, detenciones ilegales y violencia sexual y de género.
Entre chiflidos, abucheos, palabras como “perra”, “zorra”, “paras el tráfico”, además de tocamientos, la comunidad lésbico, gay, bisexual, transgénero, travesti, transexual e intersexual (LGBTTTI) ha sobrevivido el largo viaje que inició la caravana migrante el 12 de octubre en San Pedro Sula, Honduras.
Cada uno de ellos viaja por su lado, pero en este duro caminar se fueron conociendo y van conformando este colectivo que no se cansa de demandar respeto y condiciones igualitarias en la travesía hacia Estados Unidos.
De acuerdo con la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la violencia está expulsando cada vez a más centroamericanos de sus hogares.
En 2017 la cifra se disparó y el número de solicitantes de asilo y refugiados aumentó 58 por ciento con respecto a 2016.La comunidad LGBTTTI se encuentra entre algunos de los más de 294 mil centroamericanos que en 2017 solicitaron asilo, así como de refugiados que fueron registrados en 2017, cuando esta cifra representó 16 veces más que en 2011.
La mayoría de los centroamericanos registran sus solicitudes en Belice, México y Estados Unidos, y de forma creciente, en Costa Rica y Panamá, porque dicen que en esos países sus derechos están mejor garantizados que en los suyos.
El contingente avanza, pero ya se dieron cuenta que este grupo necesita ser respetado, incluso Pueblos sin Fronteras, la organización que los acompaña, exige un trato igualitario y que todos se miren como hermanos.
Mientras tanto, el pequeño grupo sigue caminando, con seguridad, pero con miedo.












