Con las “feministas”, ¿cuál es el límite?

Hace tiempo que quería escribir sobre este tema. No es fácil. Implica meterse a un terreno jabonoso donde, como dice el lugar común, “el que no cae, resbala”. Creo que es urgente debatirlo con solidaridad, respeto y sensibilidad, pero también con honestidad e inteligencia. Nadie en su sano juicio podría estar en contra de las demandas de los llamados grupos “feministas”.

Nadie podría justificar, tolerar o ignorar los agravios que han sufrido las mujeres, muchas de las cuales han pagado con su propia vida. Desgraciando a sus familias y a su comunidad. Estoy seguro de que la mayoría repudiamos los ataques contra las mujeres.

Una vez establecido que las apoyamos, hay que hablar de la forma en que recientemente algunas expresan su rabia, su dolor, su hartazgo y su indignación cuando salen a protestar en diversas ciudades del país.

No estamos de acuerdo en cómo lo están haciendo. Pero pocos lo expresamos en público porque se considera políticamente incorrecto. Y mientras tanto, esas protestas callejeras van cada vez a más y más. Agrandando los límites que se rebasaron en la última manifestación. Es tristísimo lo que está sucediendo. En su afán de desahogo y su búsqueda de justicia, esas mujeres protestan, atacan y hieren a otras mujeres. Esta semana les tocó a las policías, que no hacen más que cumplir con su deber. Que salen a trabajar, de policías, porque es un empleo honrado y digno por el que reciben un salario, no muy alto, por cierto, y que gracias a él llevan el pan a la mesa de sus casas, con el que mantienen a sus padres y a sus hijos, que les pagan sus tratamientos médicos o su educación. Mujeres policías que en esas manifestaciones son carne de cañón, que caminan adelante del grupo y son las primeras en ser golpeadas, heridas, vejadas, insultadas y rociadas con aerosoles de colores y otras sustancias.

Pero esas agresiones convierten a las agresoras en lo mismo y peor aún de lo que se quejan las agredidas. Algo se tiene que hacer. Alguien tiene que poner un alto. Y esa tarea le toca al gobierno. No estoy proponiendo que las sometan con violencia. Además de que no es lo correcto, nuestros gobernantes no se van a manchar las manos y no querrán pasar a la historia como represores. Pero para eso debe servir la política, ¿no?

Deben cumplir con su obligación. Actualmente hay más feminicidios que en el último año de la pasada administración.

¿Qué están esperando, qué haya más muertas en las calles? ¿Qué las mujeres policías se nieguen a ser enviadas a las marchas de “feministas” porque tienen prohibido defenderse?

¿Qué esperan, que una policía muera de un martillazo? No basta con señalar a posibles autores intelectuales y lincharlos públicamente. Si tienen pruebas, que se les aplique la ley. Aquí no se trata de manchar o de tiznar. Se trata de evitar una tragedia.

Estamos en ruta de colisión. Esto tiene que parar. No puede seguir habiendo manifestaciones violentas como las de los últimos días.

Quienes protestan, merecen justicia. Y quienes velan por el orden público que cumplan con su obligación y tengan las mínimas garantías sobre su integridad. Que en este asunto no se privilegie el cuidado de prestigios personales ni de aspiraciones futuras. No nos podemos acostumbrar a la barbarie.