Continuemos la querella…

Continuemos la querella…

Más allá de la defensa de la capacidad intelectual de las mujeres y el derecho de acceder a la educación en todos los niveles y, en consecuencia, a todo tipo de empleos y espacios sin que medie discriminación alguna, lo cual en estos días sigue siendo una causa en la lucha por la igualdad sustantiva, parece importante llamar la atención sobre la cosificación del cuerpo de las mujeres a través de la historia.

Sí, el cuerpo ha sido visto como tentación, pero, también invisibilizado; ha sido adornado, condenado y mancillado porque es la expresión más acabada de las mujeres.

La diferencia más evidente se expresa en el cuerpo y el de las mujeres ha estado cargado de simbolismos, prejuicios y estereotipos.

La polaridad entre los sexos esgrimida desde Aristóteles dio como resultado discriminación, segregación, abuso y desigualdad.

El cuerpo de las mujeres ha sido estigmatizado, sujeto a control médico y patriarcal durante siglos; en sus inicios la ciencia lo describió como inferior, incompleto, inestable y propenso a enfermedades; ha sido utilizado como justificación para la exclusión y señalado como objeto de perdición para los hombres. Bajo dichas premisas, lo ideal sería que las mujeres no tuvieran cuerpo, que fueran nada.

El cuerpo femenino ha sido un territorio político, social, económico y cultural, un objeto moldeable conforme a los intereses y caprichos de cada época.

Paradójicamente sin él la humanidad no existiría. Su simbología en la historia ha recorrido la fertilidad, la belleza, la riqueza, la vergüenza y el horror.

El cuerpo de las mujeres ha sido un campo de batalla, objeto de violencia y un gran motivo en la lucha por su autonomía. Ha sido todo, expresado todo y sufrido todo.

Los delitos más atroces como la trata de personas, el feminicidio, el abuso sexual y la mutilación se perpetran sobre el cuerpo femenino, ese que nos corresponde solo a nosotras y que se han empeñado en arrebatarnos desde siempre y para siempre. Por eso ha sufrido violencia sistémica, lo han convertido en botín de guerra, territorio de castigo y mensaje de terror.

Tienen que hablar más de sus cuerpos, resignificarlos, revalorarlos, liberarlos de cargas ajenas, reposicionarlos y darles un lugar propio. Debe continuar con la querella de la mano de las nuevas generaciones, de esas niñas y adolescentes que en su lucha conquistarán lo que ahora anhelan: una vida libre de violencia.