Cuatro años después

Cuatro años después

El pasado viernes 1 de julio se cumplieron cuatro años del triunfo del presidente Andrés Manuel López Obrador.

Quienes se dedican a la política saben cuán difícil es que un movimiento social conserve su esencia al llegar al poder. Se ha visto en otras latitudes: cuando una persona pasa de líder social a mandataria, las convicciones se distorsionan, las promesas se incumplen, la prioridad deja de ser la gente.

No es hoy el caso de México, dicen los militantes de Morena, porque aquí, el poder no ha fungido como distorsión, sino como herramienta para consolidar la transición política.

Por eso, a nadie debe sorprender que, a pesar de las resistencias y las reacciones, el presidente López Obrador se haya mantenido firme en el cumplimiento de lo que en su momento fueron las causas plurales con base en las cuales fundaron Morena: el cambio de modelo económico y la construcción de un Estado de bienestar robusto; la igualdad social; la lucha contra la impunidad y la corrupción, y la reconfiguración del Estado como un ente productivo y generador de riqueza, a través de la edificación de obras emblema como el AIFA, el Tren Maya, el Corredor Transístmico y la recién inaugurada Refinería Olmeca.

Para mucho, la ejecución de estos proyectos es la cristalización y materialización del cambio de modelo económico en México. En cada uno de ellos se redefine la relación entre el sector público y el privado, pues son esfuerzos conjuntos en los que, si bien el eje rector ha recaído en el Gobierno, la participación de la iniciativa privada ha sido esencial para que los trabajos puedan llegar a buen puerto. Se trata de un nuevo entendimiento en el que ambas partes buscan colaborar, reduciendo la corrupción, eficientando tiempos y sentando las bases de un desarrollo económico más equitativo. En términos de teoría de juegos, es un ganar-ganar.

El caso específico de la refinería de Dos Bocas, Tabasco, implica también caminar hacia el anhelo nunca antes alcanzado de romper con la dependencia económica que como país históricamente se ha tenido.

Un proyecto tan ambicioso como la Refinería Olmeca requiere de un tiempo de maduración prolongado. Por eso, las críticas de quienes argumentan que su inauguración fue incompleta o, incluso, un montaje no cuentan con sustento.

Después vendrá el Tren Maya, y las críticas ya son latentes, pero no se deben despreciar o minimizar, sino escuchar y atender. Es natural que exista un sector de la población que prefiere que estos proyectos sean ejecutados por la iniciativa privada, opinión contraria a la de quienes buscan que el Estado se convierta en un ente productivo. Pero más allá de fobias y filias, se debe aceptar que durante este siglo ninguna otra administración fue capaz de entregarle a las mexicanas y los mexicanos una obra de estas dimensiones.

No se debe perder de vista que las obras emblemáticas del gobierno del presidente López Obrador se construyen para cumplir con lo que en su momento fue una plataforma política y una promesa de campaña ante la ciudadanía mexicana que eligió, por la vía de las urnas, la puesta en marcha de este proyecto.

Mientras tanto, cuatro años después, la congruencia, la convicción y los ideales permanecen, y aunque aún hay problemáticas por resolver, como la inseguridad pública, queda claro que a pesar de las tempestades hay un rumbo fijo.