En la jerga de la calle lo llaman “dado mágico” o simplemente “Maggi”. Desde el pueblo más remoto del Mali rural hasta el Gran Marché de Bamako, la anárquica capital del país, sobre el río Níger, no hay mujer que no hable o no conozca perfectamente las marcas, los sabores y los precios de este producto.
En esta zona del mundo, dos centímetros cuadrados de poción industrial encierran un increíble poder comercial.
¿Quién sabe si Julius Maggi, un alegre aventurero suizo de ascendencia italiana, se esperaba todo este éxito cuando, en 1886, importó el primer dado de cocina al África occidental?
Un día de mayo se preguntó: ¿Qué puedo ofrecer mejor a las colonias que mi nuevo producto industrial, un potenciador alimentario de los sabores?
Hoy en día, más de un siglo después de aquella calmada mañana, todavía hay muchas preguntas, misterios y leyendas que surgen alrededor de estos aparentemente inofensivos dados alimentarios.
Por ahora lo único cierto y documentado es que la idea de Julius cambió la alimentación de millones de africanos. En la actualidad su dado y las innumerables copias que le siguieron constituyen uno de los bienes más producidos, vendidos y promocionados en toda África occidental.
Algunos los producen localmente marcas afroeuropeas, otros son importados, otros son falsificaciones chinas aún menos caras que los originales.
Una ola incontrolable que se vende por piezas: 25 francos CFA (unos 0.75 pesos) por 10 gramos de glutamato monosódico, que echan a todas las salsas que conforman la alimentación de millones de africanos.
Mamadou Bocary Diarra es cardiólogo y director del hospital Luxemburgo de Bamako. Su fuerte risa lo convierte en alguien muy agradable y jovial. Pero apenas oye las palabras “dados mágicos” se le cambia por completo el estado de ánimo.
“Hoy, con todos los dados que hay en el mercado, las mujeres ya no se toman la molestia de añadir a los platos pescado ahumado o pescado seco, cosas que realzan el sabor de los alimentos. Nos conformamos con meter el dado para acentuar el sabor, que es un sabor artificial, que no aporta ningún valor nutricional a la comida, pero que ahorra tiempo y un poco de dinero”, reconoce.
Diarra enumera cuatro razones por las que los cubos son altamente perjudiciales: el glutamato monosódico, sustancias químicas, grasas peligrosas y sal en exceso.
“Si realmente se quiere cocinar con estos dados, un alimento ajeno a nuestra cultura culinaria, la solución consiste en preparar en casa un buen caldo vegetal o animal con ingredientes de calidad. Por desgracia, estamos hablando de una nueva forma de colonización que afecta a lo que comemos y bebemos, y esto es algo muy reprobable”, concluye Diarra.












