Las democracias no se construyen de un día para otro; es un proceso largo en el que tienen que jugar coordinadamente muchos elementos: instituciones que logren consolidarlas, leyes que logren regularla, parlamentos que la sostengan y, por supuesto, el arraigo de un sentimiento y pensamiento democrático en la ciudadanía. Eso último, juega un papel indispensable para el desarrollo democrático de un país. No bastan las instituciones, si estas no están respaldadas con la legitimidad social de la ciudadanía. Esto es, la democracia no se impone, se adopta y se construye. Esto se debe, claramente, a que el núcleo central e irremplazable de la democracia es: la deliberación y el acuerdo.
Los nacidos en la década de los 40 saben bien que el recorrido de la democracia ha sido bastante largo; de jóvenes fueron parte de un catalizador fundamental para el país: el movimiento del 68 y, más tarde, vieron cómo se fueron construyendo los acuerdos políticos del 77 del 88, los del nuevo siglo, los que fueron abriendo paso a la pluralidad y avivando la vida democrática de las instituciones y competencias políticas. Sin embargo, una democracia jamás será un proyecto acabado. La democracia es una institución tan frágil que si no se mantiene en constante movimiento y evolución corre el riesgo de desaparecer. Es decir, la democracia, como toda democracia, sigue siendo un proyecto inacabado. Esa es su naturaleza, la de nunca estar enteramente consolidada.
En la actualidad, se está dejando atrás las viejas reglas del juego donde las ideas se formaban con tiempo, las conversaciones se escuchaban y la opinión pública tardaba en gestarlas. Ahora, en esta era digital, las conversaciones se leen, la opinión pública se forma en minutos y las ideas fluyen en cataratas interminables. La realidad virtual es mucho más rápida que las estructuras de la política, que la capacidad intelectual y que las herramientas argumentativas. La realidad se muestra de esta manera, y si no se tiene el cuidado suficiente, la democracia estará en riesgo. Pues si las discusiones y deliberaciones se convierten en gritos e insultos, en descalificaciones que terminan por arrinconar a los más sensatos, engrandecer a los más dogmáticos y fortalecer a las más reacias formas de fundamentalismo, la democracia, entonces, en vez de guiar la vida pública estará ocupada enfrentando a los demonios que tanto han atentado a lo largo de la historia contra su vida.
Si no se logra aprender a poner orden en la forma de discutir y ofertar virtualmente, la democracia terminará por desmoronarse. Se debe entender que el exceso de participación desinformada (aunque efusiva y entusiasta) puede resultar contraproducente para ese nicho en el cual se fundamenta el activismo democrático.
Los argumentos sin fundamento, los 140 caracteres de inventivos insultos, los videos simpáticos, pero poco informativos, resultan temerosas herramientas que podrían atentar contra la vida democrática misma. Ésta tiene, sin duda alguna, nuevos retos por delante, distintos a aquellos que se le han presentado desde aquella añeja fecha del 1968.
Tenemos la obligación ciudadana de repensar las bases sobre las que se está construyendo la deliberación pública, pues, de lo contrario, se estará más pronto que tarde, dándonos cuenta de que ese sistema político, que tanto esfuerzo y sangre ha costado, comienza a desaparecer.
No es poca cosa, puede ser que parezca precaria la democracia como sistema político, pero hasta ahora, es la mejor opción que se tiene. Es la única forma de gobierno que nuestra imaginación nos ha permitido para poder asegurar la justicia, la igualdad y el bienestar social. Sin embargo, la democracia hoy, por paradójico que parezca, encuentra a su peor enemigo, en aquellos a los que pretende servir: los ciudadanos.












