Los días en que “regresan” los que se adelantaron en esta vida, han llegado, y los hogares y panteones están listos para recibir a los difuntos. Con altares repletos de comida y las familias conviviendo al pie de las tumbas, el Día de Muertos en México es la celebración que enaltece la comunión con la vida y la muerte.
En la cosmovisión de los mexicanos, a diferencia de otras culturas, la muerte no es una fatalidad, es una consecuencia de la vida, es un símbolo de respeto pero también de “amistad”, por ello, durante el 1 y 2 de noviembre, según la creencia, vivos y muertos “conviven” en el espacio terrenal en un ambiente de celebración.
“Si nosotros respetamos a alguien lo hacemos cercano y nosotros respetamos a la muerte y la acercamos, nos emborrachamos con ella, comemos con ella y no pretendemos ignorar su presencia, al contrario, la vestimos de colores, nos la comemos, dialogamos y cantamos con ella”, señaló el semiólogo Alfredo Cid Jurado.
El también académico de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) destacó en entrevista con Notimex, que esta comunión se remonta desde la época prehispánica cuando los aztecas veneraban a sus muertos en la reunión llamada en lengua náhuatl “Miccailhuitl” que en castellano significa “fiesta de los muertos”.
Esta celebración al igual que hoy en día, recordaba en dos festejos, a los que habían partido, el “Hueymiccailhuitl” que conmemoraba a los adultos y el “Miccailhuitontli” hacía lo propio con los niños que habían fallecido.
Así, explicó que en estas fiestas que se realizaban en el noveno mes del calendario solar, denominado “Tlaxochimaco”, los antiguos adornaban a las estatuas de sus dioses con flores que iban a recoger al campo.
Además, un día antes cocinaban diversos platillos para degustar al día siguiente todos juntos en el jolgorio, donde también bailaban y cantaban.
Cid Jurado destacó que desde entonces, se veía a la muerte no como un drama, sino como una consecuencia de la vida, una dualidad entre luz y sombra, cosmovisión que prevalece actualmente en los ritos y el sentir de los mexicanos, ya que esto se manifiesta año tras año durante el 1 y 2 de noviembre por todo el país.
Por ello, en la actualidad continúa siendo común que desde días antes a estas fechas, las calles de los pueblos y ciudades de México comienzan a presenciar un ir y venir de personas que acuden a los mercado populares a surtirse con todo lo indispensable para festejar a sus muertos.
La famosa flor de Cempasúchil, las veladoras, el papel picado de colores, el mole negro, el café de olla, los cigarros, el tequila y una que otra particularidad, son los aditamentos que comúnmente engalanan la ofrenda que se cree, “degustarán” los difuntos al llegar al que fuera su hogar, donde sus familiares los esperan.
Peculiares ofrendas
Como una forma de reencontrarse con sus seres queridos, regresando a casa para ser honrados con las ofrendas que sus familias les han preparado, el pueblo maya lleva a cabo el Hanal Pixán o también conocida como “comida de ánimas”.
En esta tradición especial de los yucatecos, el 31 de octubre la celebración conocida como “U Hanal Palal”, está dedicada a los niños difuntos; el 1 de noviembre el “U Hanal Nucúch Unicoob”, para los adultos y el 2 de noviembre el “Uttanol Pixanoob” en honor a los fieles difuntos tanto niños como adultos.
Según las creencias hay ánimas que no tienen familiares o que por algún motivo no les ponen altar. A ellos se les conoce como “ánima sola”. A ellos se les coloca un altar pequeño y sencillo en un rincón de la casa con ofrendas de todo tipo.
Los altares se colocan con comida, dulces, ofrendas y las pertenencias preferidas de los difuntos.
El 3 de noviembre se despide a las ánimas con rezos y ofrendas, con pan dulce, chocolate y mukbil pollo, que son amarrados simulando que son para llevar. En la noche se prenden las veladoras sobre las albarradas (piedras) para iluminar el camino de las ánimas en su retorno al más allá.












