En el exterior como en el interior de Venezuela hay opiniones divididas sobre lo que está ocurriendo, pero lo que nadie ha pasado por alto es la matanza de estudiantes que desató el año pasado el régimen del presidente Nicolás Maduro. La persecución a la oposición democrática, la manipulación de las instituciones.
El rechazo más contundente ha sido de Michelle Bachelet, presidenta de Chile, quien representa a una sólida y formada expresión de la izquierda latinoamericana.
Después de que se reportara la muerte de tres personas y lesiones a decenas más debido a la violencia durante una manifestación opositora el año pasado en Caracas, la oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los derechos humanos exigió al gobierno venezolano una investigación “inmediata, exhaustiva e imparcial” sobre estos hechos y sobre el uso excesivo de la fuerza. También ha pedido enjuiciar y castigar a los responsables.El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, por su parte, ha reiterado que ante “un escenario de golpe de Estado, el chavismo profundizaría hasta más allá de los límites, la revolución bolivariana”. Aunque la afirmación no es muy precisa sobre lo que quiere decir, toda duda es despejada por la dureza de los adjetivos que usa la parte oficial.
En un mensaje en cadena nacional de radio y televisión, el presidente dijo que, ante el hipotético caso de ser derrocado, la oposición venezolana enfrentaría dos grandes problemas, uno de los cuales sería la elección, no democrática, de un presidente. “Ese es el primer gran problema de los locos fascistas y sus aliados internacionales (...) el segundo gran problema es que tendrían que ver qué hacen con el pueblo de allá afuera y con la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, que juntos saldrían a rescatar la democracia y la patria”.
Desde afuera, con base en la mayoría de los testimonios de los actores venezolanos, se entiende que nadie quiere derrocarlo. Así lo han expresado en sus discursos los líderes políticos de la oposición. El problema sin embargo es más complejo, porque su origen es la situación caótica en muchos sentidos, a la que han llevado al país quienes se hallan en el gobierno.
Es un problema para este grupo que gobierna Venezuela, pareciera, el hecho de querer permancer en el poder aun por encima de la voluntad popular. Es un problema la virulencia del discurso oficial, es un problema la economía, es un problema la política exterior e interior. Todo se les hizo un problema. Se les hizo bolas el engrudo.
Por eso, lo de este domingo no fue sorpresa para nadie. Todos sabían lo que iba a suceder. La Mesa de la Unidad Democrática –formada por cuatro grandes partidos, otros grupos pequeños y algunas personalidades distinguidas como la exlegisladora María Corina Machado o Lilian Tintori, ambas víctimas constantes del chavismo–, ha derrotado al oficialismo encarnado por Nicolás Maduro, calificado como un déspota por varios expresidentes latinoamericanos.
Y pese a que el discurso oficial apenas acaba de bajar casi nada el tono a su acostumbrada estridencia, la victoriosa oposición ha dado muestra de civilidad al hacer constantes llamados a la humildad en el triunfo. Otras voces dicen: Ganamos. Queremos paz y reconciliación. Y cabe lo anterior porque el régimen hizo en 17 años, de un pueblo, dos bandos irreconciliables.
Pero ahora que las elecciones dan el Legislativo a la oposición, todos traducen los hechos del domingo anterior como el principio del fin de chavismo.












