Después de caminar más de cinco horas entre los cerros de Tecate, Pablo se perdió entre los arbustos para orinar. Su hermano José, quien lo esperaba, subió el monte a unos metros del muro que pensaban cruzar para llegar a Estados Unidos; la próxima vez que ambos se volvieron a encontrar fue en el Servicio Médico Forense (Semefo): José estaba muerto, sin rostro y con un balazo en la cabeza.
Nancy, su hermana, vivía con José en Tijuana. Ambos llegaron de Sinaloa para trabajar y enviar dinero a su familia, pero en los últimos meses una idea invadió a su hermano: cruzar al otro lado. Tras convencer a Pablo de acompañarlo, los dos eligieron el 6 de junio como la fecha para brincar el muro por la ruta de Tecate, entre los ejidos del Paso del Águila y Jacume.
Ese día, casi madrugada, cuando intentaron brincar, fue la última vez que vieron a José, explica Nancy.
Tras volver de hacer sus necesidades, Pablo sólo encontró viento; de José, nada. Lo buscó en medio del desierto y entre piedras gigantes, hasta que logró comunicarse a su teléfono sólo para escucharlo decir que había sido secuestrado.
—”Me atoraron unas personas (...) me pusieron una capucha y me están apuntando con una pistola”, exclamó, luego le arrebataron el teléfono y le pidieron pagar por su libertad, querían mil dólares, en 20 minutos.
—”Nosotros no teníamos esa cantidad”, recuerda Nancy, mientras enseña una fotografía de su hermano.
Según la Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE) el secuestro de migrantes en Baja California casi es erradicado, las cifras oficiales reportan que mientras en 2016 fueron denunciados 29 casos, para 2017 sólo hubo ocho, y en lo que va de 2018, dos.
Pero las organizaciones reportan algo distinto. La Coalición Pro Defensa del Migrante —integrada por ocho organizaciones civiles en el estado— ha documentado al menos 12 secuestros de migrantes en lo que va de 2018.
En marzo de 2017, la Procuraduría General de la República (PGR) anunció la desarticulación de una banda dedicada al tráfico de migrantes y ligada al crimen organizado, tras un operativo en dos poblados, en las orillas de Tecate.
Uno de esos pueblos fue Jacume. Un pueblo enclavado, entre Tecate y Mexicali, a un kilómetro de El Hongo, donde está el complejo penitenciario de Baja California. Se trata de un pequeño ejido, al que pocas veces entra la Policía Federal, mientras que de los locales nadie sabe nada. No hay suficientes policías, se excusan.
Ese pedazo de tierra, al que nadie llega por casualidad, es uno de los pasos obligados para los migrantes que quieren cruzar hacia EU, pero así como las lomas de sus cerros esconden a sus menos de mil pobladores, esa esquina empolvada guarda terribles casas de seguridad descubiertas a unos metros del muro fronterizo, en hogares hechizos, casi destartalados.
De los migrantes sólo hay el camino que dejan. Botellas de agua, sueros, latas de atún vacías y mochilas gastadas; cal usada para borrar sus huellas de la tierra y zapatos improvisados con la tela de una cobija.
Ese pueblo que en la mañana es de los que viven ahí, y en la noche de los que sólo pasan: de los migrantes. Ahí, cerca de ese poblado, es en donde José Antonio, hermano de Nancy, fue visto por última vez a sus 33 años, cuando intentó cruzar junto con su otro hermano y de quien se encontró el cuerpo, el 17 de ese mismo mes.












