El extraño culto a la muerte

El extraño culto a la muerte

La calle de Alfarería 12, en el corazón de Tepito, el barrio bravo de la Ciudad de México, se convierte en un templo sagrado donde cientos de feligreses -desesperados- llegan a visitar el altar de la Santa Muerte que custodia la casa de la fallecida Enriqueta Vargas, “La Madrina”.

El primero de cada mes, devotos del barrio y sus alrededores llevan cargando entre sus brazos la escultura esquelética de diferentes tamaños, ataviada con telas, vestidos, túnicas y otros accesorios que cubren sus huesos.

Los cómplices beatos de algún delito, inclusive asesinos, pero también familias, arriban a la oración cargados de botellas de alcohol, copados de humo del cigarro, flores y otros adornos para suplicarle a la Muerte protección, amor, salud, prosperidad y dinero.

Y por más escabroso que se escuche, entre cráneos se asoma “La Patrona”, mientras los piadosos encienden veladoras, bendicen cadenas con la imagen, intercambian ofrendas para la prosperidad y ovacionan su nombre. Con firmeza y al son del mariachi la lente de Cuarto Poder atestigua este culto.

El día transcurre, la gente no para de llegar; tatuados, llorando y arrodillados; chamanes, mujeres, ancianos y niños, así es como todos se unen a esta creencia que para el catolicismo sigue siendo una blasfemia o inclusive una degeneración.