Aunque está amargado por la traición de excolaboradores a quienes les ofreció toda su confianza, Francisco está dispuesto a seguir adelante con la reforma a las estructuras financieras del Vaticano, no obstante el escándalo por la filtración de papeles confidenciales bautizada como “vatileaks 2”.
Mientras siguen saliendo a la luz informes confidenciales que involucran a cardenales y personal de la Curia Romana en operaciones financieras para mantener onerosos departamentos o desvío de recursos de labores de caridad a administración ordinaria del Vaticano, se suceden las desmentidas.
Todo explotó por la salida a la venta de dos libros escritos por periodistas italianos Via Crucis, de Gianluigi Nuzzi, y Avaricia, de Emiliano Fittipaldi, compuestos por numerosos documentos filtrados desde dentro de los muros pontificios.
Por estas filtraciones, que según las leyes vaticanas son delito, se encuentra preso en una celda del cuartel general de la Gendarmería Vaticana el clérigo español Lucio Angel Vallejo Balda, exsecretario de la Prefectura para los Asuntos Económicos de la Santa Sede.
Al inicio del actual papado, Francisco confió tanto en él que lo nombró secretario de la Cosea, una comisión referente cuya misión era estudiar las fallas en la administración de la Curia y proponer medidas para resolver esos problemas.
Por eso, el portavoz vaticano, Federico Lombardi, aclaró que los documentos e informaciones incluidas en los libros ya eran conocidos públicamente y que fueron obtenidos a instancias del mismo papa, quien formó la comisión justamente para acabar con los despilfarros.
Esta es la razón por la cual la amargura del pontífice no se debe al contenido de las filtraciones, sino a la traición de Vallejo Balda y de otra integrante de la Cosea, Francesca Immacolata Chaouqui, una joven ítalo-marroquí dedicada a las relaciones públicas.











