Para participar en la vida pública, sea como político o ciudadano, es necesario y sano tomar partido; no precisamente a militar en un partido político, sino a tener opiniones y definiciones: un horizonte de preferencias sobre qué se quiere para la sociedad, la familia y el país.
La democracia exige contrastar puntos de vista diversos. Cierto, algunos temas se plantean como dicotomías que tienden a dividir (¿”abrazos o balazos” como estrategia de seguridad?). Otros, por su componente moral o ideológico, son particularmente polémicos (como los derechos sexuales y reproductivos). En todo caso, es preferible que la pluralidad esté representada en el debate, aunque esto implique confrontación, a que se imponga una visión única.
No obstante, si bien una democracia requiere ciudadanos de convicciones firmes, también exige la disposición a dialogar y transigir. Debido a que siempre habrá diferencias, quedan sólo dos alternativas: asumir al adversario como enemigo e intentar eliminarlo, o negociar con él para encontrar acuerdos que, quizá sin ser ideales, sean aceptables y útiles para el bien común.
Tras la Segunda Guerra Mundial, y hasta inicios del siglo XXI, las democracias empezaron a converger cada vez más en el llamado “centro político”: un entendimiento en el cual partidos de derecha e izquierda, liberales igual que conservadores, tanto los que están en el poder como en la oposición, sin renunciar a sus diferencias aceptan encontrar coincidencias, lo cual los lleva de los extremos a compromisos en el “centro” (de ahí su nombre).
El consenso en torno al centro político, aunque imperfecto, produjo avances trascendentales. En países como México y España, las transiciones democráticas no se lograron mediante el avasallamiento o las venganzas, sino a través de la negociación, fatigosa pero útil, entre rivales históricos.
Sin embargo, en años recientes, el ascenso de los populismos ha revivido demonios del pasado. Políticos dogmáticos y partidos extremistas, hasta hace poco marginales, empezaron a ganar elecciones. En este nuevo-viejo mundo o estás con nosotros o contra nosotros; quien piense distinto es un enemigo, no un interlocutor válido; negociar o matizar es igual a traicionar.
Como el populismo prospera en la polarización, busca minar el centro político, acusándolo de ser un espacio de “tibieza” y “cobardía”, cuyos habitantes son advenedizos que no toman posiciones claras. En parte este discurso ha sido exitoso por el descrédito de los partidos políticos “tradicionales”. En parte también porque, mientras el centro requiere debate y argumentos muchas veces técnicos, los radicalismos apelan a la emoción, la ignorancia; y prometen soluciones sencillas que, aunque falsas, son atractivas para muchas personas.
En realidad, el centro político no es indefinición: es el único espacio viable para la convivencia democrática donde opciones distintas, pero unidas en el acuerdo institucional, pueden dialogar, disentir y pactar. Si bien los extremos pueden ser atractivos para ganar elecciones, sólo en el centro es posible consolidar un gobierno viable y efectivo.
En México varias voces lúcidas, como Soledad Loaeza, ya han planteado la urgencia de rearticular el centro. Los partidos –sobre todo opositores–, junto con la ciudadanía, debemos empezar a plantear ideas sobre cómo dotarlo de renovada legitimidad y contenido para convertirlo nuevamente en alternativa electoral y de gobierno.












