Como una incontenible plaga de hormigas marabuntas, la violencia criminal continuó en 2023 con su avance implacable en Ecuador, que se aceleró desde 2016 y degradó la convivencia social y política.
El saldo de choques el pasado fin de semana de pandillas en una cárcel ecuatoriana fue de seis reos muertos y 11 heridos, pero policías penitenciarios quedaron retenidos en otras prisiones en una onda expansiva de la tensión.
El conflicto se agravó con el asesinato, en un tiroteo el domingo anterior, del político ecuatoriano, Agustín Intriago, alcalde de la centro-occidental ciudad portuaria de Manta, tercera principal del país sudamericano y en el litoral del océano Pacífico, en un hecho que lo sacudió en una incontrolable y generalizada inseguridad.
“Ecuador sigue el rumbo de permanente bote y rebote hasta llegar a ser un Estado fallido. Las condiciones son sumamente graves y violentas: la sociedad está aterrorizada con lo que está pasando”, alertó el coronel ecuatoriano en retiro, Mario Pazmiño, ex director de Inteligencia del Ejército de Ecuador.
Con el de Intriago “son ya nueve asesinatos [en 2023] de personas con cargos políticos o compitiendo por algún cargo en las elecciones [generales del 20 de agosto. Es una pésima imagen de una campaña enlutada por la violencia extrema: no priman las ideas, priman las balas”, dijo Pazmiño.
Para el politólogo Sebastián Mantilla, director ejecutivo del Centro Latinoamericano de Estudios Políticos (Celaep) de Quito, “la inseguridad y la violencia en Ecuador están desbordadas. De seguir así, Ecuador cerrará 2023 con una tasa de 40 homicidios por cada 100 mil habitantes, la más alta de la región”.












