Hace apenas unos días, Beijing y Washington estaban en proceso de estabilizar sus relaciones, proceso que fue lanzado a partir de la cumbre Xi-Biden en noviembre. Hoy hay, en cambio, toda una crisis diplomática en curso, y no sabemos cuándo o si acaso será posible reanudar el proceso de distensión señalado. En torno a esta crisis hay una serie de “fenómenos aéreos no identificados”. De éstos, muchos permanecen sin explicación. Pero el problema, desde la dimensión de las relaciones entre estados, no está en lo “no explicado” o en la “falta de evidencias”, sino en la decisión política de atribuir la autoría de alguno o más de esos fenómenos a determinada potencia como actos de agresión o violación de soberanía.
Primero, las potencias se espían entre ellas. Eso no es algo desconocido, algo raro, o algo que solo ocurre entre potencias rivales. Sin embargo, no todas las revelaciones acerca de estos hechos resultan en crisis. El problema se suscita cuando debido a factores políticos varios, un gobierno decide hacer más ruido al respecto de alguno de estos incidentes y atribuye el evento a algún rival de manera más notoria, pues ello le obliga a responder más contundentemente.
Segundo, un reporte de la Dirección Nacional de Inteligencia en EU que fue recientemente desclasificado informa al Congreso acerca de 366 nuevos incidentes aéreos que denominan “fenómenos no identificados”. Al margen del vacío de información que se produce, la cuestión, para efectos de lo que acá analizamos, está en lo que sí se atribuye, en lo que ha cambiado al respecto de esa atribución en estos días, y en las repercusiones políticas que ello suscita. Es decir, más allá de lo no explicado, se afirma que, de esos fenómenos aéreos, hay al menos algunos casos que son atribuibles a una “potencia extranjera”, la cual, en palabras de funcionarios estadounidenses posteriormente entrevistados, sería China (NYT, 2022).
Pero incluso, todo ello tendría un menor impacto si no hubiese ocurrido el caso del globo que durante la primera semana de febrero circuló desde Alaska hasta Canadá, de ahí a territorio estadounidense, y que fue finalmente derribado por aviones de Washington, un globo que llamó la atención no solo por su tamaño sino por todo el tiempo que permaneció en el aire. Este hecho suscitó críticas, una brutal controversia política y exhibió titubeos en la Casa Blanca.
Ello orilló a Washington a redefinir su estrategia de atribución, y decidió nombrar a China no solo como responsable de espionaje y violación de soberanía, sino de muchos otros hechos, así como a cambiar sus protocolos en cuanto a objetos voladores no identificados, tres de los cuales fueron derribados poco después. El episodio muestra el daño que puede hacer la brecha en las percepciones y en las comunicaciones entre potencias rivales, pues está resultando en una crisis que al menos los dos presidentes, Xi y Biden, no parecían desear.
Para Beijing, EU infló el tema fuera de toda proporción, no solo porque China también es espiada, sino porque en su versión, se trató de un accidente. En cualquier caso, la ineficacia de ambos gobiernos para comunicarse, para establecer líneas mínimas de comportamiento y entendimiento, y mecanismos de desactivación de crisis, sí terminó por hacer explotar el proceso de distensión que Biden y Xi habían lanzado unos meses atrás. Blinken canceló su viaje a Beijing, el primero de un secretario de Estado a ese país desde 2018. El globo fue derribado, y Washington mostró su determinación a seguir derribando esta clase de objetos, sean chinos o no, sean globos o no. La retórica exaltada fue reencendida y rápidamente retornamos al entorno previo a noviembre.












