Hay ideas que parecen muy elevadas, solo como ideales, pero que en realidad han comenzado a tocar la vida cotidiana del país desde años recientes. Se trata del humanismo mexicano aplicado al quehacer de las instituciones.
Un planteamiento que ha recuperado las mejores lecciones de la historia como pueblo mexicano, para transformar la mirada de la planeación del Estado, aportando con ello una forma integral, profunda y sistemática de comprender, para el caso de la justicia, los delitos que más perjudican, más allá del hecho inmediato, para orientar la capacidad del Estado hacia la verdad, la reparación y la paz.
Durante mucho tiempo, una parte de la procuración de justicia trabajó con realidades fragmentadas. El delito se reducía a una clasificación jurídica, la víctima era vista solo como una declaración por escrito, y el contexto representaba un conjunto de líneas para completar una carpeta de investigación.
Los resultados fueron cientos, si no miles, de expedientes capaces de describir conductas, pero insuficientes para explicar el daño en toda su complejidad.
Por eso tiene significado, en el contexto de este nuevo humanismo que —gracias a una determinación jurídica histórica— se haya decidido que continúe el proceso relacionado con la muerte de niñas y niños en una estancia infantil, aun después de tantos años.
El tiempo transcurrido, por supuesto, forma parte del daño vivido por sus familias y aumenta la responsabilidad de las instituciones para ofrecer una respuesta integral.
Procurar justicia desde el humanismo requiere mejores ministerios públicos, peritajes confiables, inteligencia financiera, coordinación entre instituciones y tecnologías puestas al servicio de las personas.
Requiere además una justicia cercana, capaz de llegar a comunidades donde la distancia ha funcionado como una barrera. Es así que el conocimiento jurídico adquiere sentido público cuando protege la vida y se traduce en respuestas oportunas.
El humanismo mexicano ofrece así una brújula para el futuro de la justicia, pues coloca a la persona en el centro, somete el poder a la Constitución y fortalece al Estado para proteger al pueblo; y su medida se encuentra en resultados profundamente humanos: una familia que conoce la verdad, una víctima que recibe reparación, una autoridad que rinde cuentas y una comunidad que recupera la confianza en sus representantes y servidores públicos.












