La cicatriz de una masacre no se borra

“Estados Unidos es un país donde no puedes dejar de revivir la tragedia”, dice una sobreviviente de la matanza ocurrida en el restaurant-bar Borderline Bar & Grill (2018). Cortesía
“Estados Unidos es un país donde no puedes dejar de revivir la tragedia”, dice una sobreviviente de la matanza ocurrida en el restaurant-bar Borderline Bar & Grill (2018). Cortesía

“Estados Unidos es un país donde no puedes dejar de revivir la tragedia”, dice a El Universal, Sabrina Barrera, una sobreviviente de la matanza ocurrida en el restaurant-bar Borderline Bar & Grill, ubicado en Thousand Oaks, California, el 8 de noviembre de 2018.

Sabrina vive en Houston, Texas, ha sido maestra de secundaria y preparatoria. Actualmente da clases en una prestigiosa universidad de Texas, pero asegura que le costó mucho trabajo volver a una vida normal. “Ese año (2018) yo estaba cursando mi doctorado y casi no salía por las noches. Esa noche decidí hacerlo y fue terrorífico”, compartió.

El tirador de Thousand Oaks, David Long, era un exmarine con problemas postraumáticos. Esa noche, Long, de 29 años, mató a 13 personas, hirió a otras 20 y luego se quitó la vida. “No nos mató a todos, pero sí nos hirió a todos. Porque todos recibimos las heridas (psicológicas) de ese momento y nos ha costado mucho cerrarlas. Es una cicatriz en el alma que no va a desaparecer”, describió Sabrina, quien además dijo: “Dejé pasar unos días, fui a ver a mi familia para tratar de calmarme, pero tuve que seguir con mi vida, con los estudios, y en un momento tuve que pedir ayuda (psicológica)”.

Después de que terminó su doctorado, trabajó en una escuela de California, pero prefirió cambiarse de ciudad. “Eso ayuda un poco, alejarte del lugar y comenzar en uno nuevo. Eso lo pude hacer yo, pero aquellos que no pueden irse... debe ser más difícil”, comentó.

Desde aquel 8 de noviembre de 2018 a la fecha, se han reportado cientos de tragedias con tiradores activos. La falta de control sobre quiénes tienen acceso a armas de fuego es un tema recurrente, pero sin que se llegue a algo. Pasada la tragedia, los discursos se olvidan.

“A nadie se le desea una situación como la que viví, pero yo me pregunto: ¿qué harían los congresistas o los gobernadores si las víctimas fueran sus hijos o sus nietos? ¿Seguirían sin hacer nada (para controlar de manera efectiva el uso de armas de fuego)? Es muy molesto verlos y escucharlos sin que verdaderamente hagan algo”, se quejó.

Un presentimiento salvador

Un presentimiento salvó la vida de Jenica Thornby, pues el 20 de abril de 1999 dos estudiantes, Dylan Klebold, de 17 años, y Eric Harris, de 18, entraron a Columbine, la escuela preparatoria donde estudiaban en Littleton, Colorado. Llevaban armas de fuego y explosivos. Mataron a 13 personas e hirieron a 23 más, luego se suicidaron.

Thornby, de 16 años, llevaba cierto tiempo asistiendo a la biblioteca a estudiar diariamente. Pero ese día en particular, minutos antes de la masacre, tuvo un presentimiento. “Sentí algo que me hizo levantar e irme de la escuela. Una y otra vez escuchaba en mi mente que no podía quedarme allí. Tenía necesidad de salir y sentía prisa para irme”, narró.

Al salir se encontró con su amiga Rebecca en el área de los casilleros estudiantiles. “La convencí de que se fuera conmigo. Nos subimos a mi auto y mientras nos alejábamos alcanzamos a ver a decenas de compañeros que corrían de la escuela”, prosiguió contando.

Para ese momento, Dylan y Erick ya habían entrado para llevar a cabo su macabro plan y la biblioteca fue uno de los primeros lugares en donde dispararon.

“Era muy difícil ver el sufrimiento y la maldad que hay en el mundo. Traté de hacer algo, busqué actividades, pero nada me hacía sentir realmente bien, me sentía vacía. Caí en una depresión, sentía una desesperanza, no encontraba ninguna razón para seguir adelante”, describió. Dos años después, ya con 18, su amiga Kate la invitó a realizar actividades en la parroquia católica de Santa Francisca Cabrini, en su ciudad.

“Kate es una mujer brillante y llena de vida que me hizo ver que faltaba algo en mi vida”, comentó Thornby. “Decidí convertirme (al catolicismo) y me fui a estudiar a la Universidad Franciscana de Steubenville”, en Ohio.