Durante las últimas dos décadas, se presenció una mezcla de fascinación y sumisión de cómo los pizarrones de gis se iban a la basura para colgar pantallas táctiles de última generación, y cómo los cuadernos eran sustituidos por tabletas financiadas con presupuestos públicos que, según los discursos oficiales, iban a convertir a nuestros hijos en genios interactivos.
Prometieron que la tecnología en el salón de clases iba a democratizar el conocimiento y a enterrar ese viejo modelo aburrido donde sólo tocaba memorizar.
Hoy, con los resultados en la mano y sin ese entusiasmo ciego del principio, hay que tener el valor de decir las cosas como son: la famosa revolución digital educativa ha sido un tremendo fracaso.
Es imposible tapar el sol con un dedo, lo que se suponía que sería la gran herramienta del siglo se convirtió en el distractor más grande de la historia.
Las aulas, que deberían ser lugares para dialogar, pensar, satisfacer la curiosidad y el debatir, hoy libran una batalla perdida contra las comunicaciones cortas en internet.
Los alumnos no están usando el internet para investigar o aprender a programar; no están interactuando con enciclopedias virtuales ni programando el software del mañana; están luchando activamente y perdiendo contra un conjunto de pasos, que los conduce a resolver problemas o tomar decisiones; que están hechos, con toda la saña del mundo, para secuestrar su atención y no soltarlos.
Este secuestro mental está costando carísimo. La capacidad de los jóvenes para leer y entender un texto largo o un libro completo se está esfumando; ahora sólo saben escanear párrafos de volada.
Hay profunda preocupación cómo la tolerancia a la frustración y la paciencia necesarias para resolver un problema matemático chocan de frente con esta cultura del “clic y recompensa inmediata” en la que viven atrapados.
Al meter las pantallas al aula sin un control estricto, no se encendió el conocimiento de nadie; lo que se hizo fue apagarles la capacidad de pensar por sí mismos.
Uno de los mitos más ridículos y dañinos fue ese de los “nativos digitales”. Nos convencimos de que, como los niños nacen con un teléfono bajo el brazo, ya traían el chip integrado para dominar las herramientas del futuro. ¡Qué gran mentira!
Se confundió ser adicto a picarle a la pantalla con saber usar la tecnología. Que un adolescente sepa mover el dedo para ver videos cortos o sepa cómo subir una historia viral no significa, ni de chiste, que sepa investigar en fuentes confiables, detectar una noticia falsa o usar un programa de datos para la escuela.
Al dar por hecho que ya lo sabían todo, el sistema educativo renunció en su labor más importante, enseñar con rigor crítico. Se dejó a los alumnos a la deriva, volviéndose consumidores pasivos que dependen del celular, en lugar de enseñarles a usar la red de forma inteligente.
Se debe así buscar nuevas soluciones; no es nada más quitar el celular a la fuerza, sino enseñar a usarlo con la cabeza. Las escuelas tienen que ponerse las pilas para educar a los alumnos a vivir con la mente conectada, sobre todo ahora que la Inteligencia Artificial viene con todo.
Pero esto no es trabajo de un sólo lado; se necesita una alianza real entre la escuela y los papás. Los adultos tienen que dejar de usar las pantallas como niñeras en la casa si quieren que los hijos pongan atención en la escuela.
Solo rescatando las charlas de frente y el pensamiento propio se va a lograr que la tecnología sirva para crecer, y no para terminar completamente desconectados.












