La reforma electoral presentada por la presidenta Sheinbaum es un movimiento de ajedrez diseñado, según algunos especialistas para desmantelar la fuente de poder de las dirigencias partidistas: el control sobre el futuro político de sus legisladores.
Al eliminar las listas plurinominales y prohibir la reelección, la reforma busca establecer una negociación directa y sin intermediarios entre el Ejecutivo federal y cada legislador. El fin del legislador especializado.
Y es que el cambio más radical es la eliminación de las listas cerradas de partidos. Actualmente, las dirigencias del PRI, PAN o MC deciden quién ocupa los primeros lugares.
Esto permite que especialistas en temas legislativos lleguen al Congreso sin hacer campaña, pero con la propuesta de Sheinbaum, la fuente de legitimidad cambia totalmente.
Los 500 integrantes de la Cámara de Diputados deberán ganar su lugar mediante voto directo. Las 200 curules que antes eran plurinominales se transformarían.
Es decir, 97 para los candidatos no ganadores que obtuvieron los mejores resultados en su partido. Esto reemplaza a las listas con posiciones específicas ordenadas por las dirigencias partidistas.
A su vez 95 mediante una lista abierta (el ciudadano elige 2 personas específicas, un hombre una mujer) y 8 para migrantes.
La reforma Sheinbaum rompe la dependencia entre el legislador y su dirigencia de partido, porque al no haber listas con un orden de acceso a las curules establecido por el partido, se diluye el control de los dirigentes.
Ahora, todos los candidatos tienen que ganarse su lugar en la calle. El surgimiento del diputado agente libre. Ello pulveriza la disciplina partidista de la oposición.
En el sistema actual, si un diputado realiza un voto en contra de su partido, los dirigentes del partido lo borran de la lista futura. Con la reforma, el legislador ya no le debe el puesto a su dirigente nacional, sino a sus votos locales. Esto elimina incentivos a la disciplina.
Si un diputado de oposición sabe que su partido va en picada, pero él tiene fuerza territorial, es mucho más fácil que el gobierno lo seduzca con apoyos para su región a cambio de su voto.
Se fomenta la creación de caudillos locales que negocian por su cuenta, saltándose a sus coordinadores parlamentarios. El dilema de la supervivencia y la marca personal.
Además la eliminación de la reelección no elimina la dependencia del diputado hacia sí mismo; la transforma en un salto lateral. Ante la falta de reelección inmediata, la carrera política es una escalera hacia alcaldías y gubernaturas.
Si un legislador entra al Congreso federal como mejor segundo lugar, demuestra que tiene capital propio. Ya no necesita pedir permiso al jefe para el siguiente puesto; puede usar sus votos como moneda de cambio.
No obstante, esta estrategia no está exenta de riesgos, porque al fragmentar el poder de las dirigencias, Morena también arriesga su propia cohesión interna.
Sin la reelección como mecanismo de control y sin plurinominales para premiar la lealtad técnica, la Presidencia podría enfrentarse a una bancada de caudillos local/regionales que prioricen sus ambiciones locales sobre la agenda nacional.
En conclusión para el PRI y el PAN, esta reforma es una amenaza existencial. Morena los obliga a jugar en el territorio, donde el gobierno tiene la ventaja de la estructura política, electoral y social preeminente.
La reforma incentiva una oposición atomizada, aunque el costo para el Ejecutivo federal sea gestionar un Congreso mucho más impredecible y fragmentado.












