Fue difundida por el gobierno de Colombia la noticia de la detención de Dairo Antonio Usuga, denominado también como “Otoniel”, quien es el líder del Clan del Golfo, de ese país. Este fue considerado por el presidente Iván Duque como el capo más importante de Colombia, equivalente a lo que representó en su momento Pablo Escobar Gaviria.
Sin embargo, ha pasado desapercibido que, en una de las fotografías que describen la captura de este capo, quien está rodeado por los soldados que lo detuvieron, todos están en un ambiente de camaradería, incluso el detenido, quien sonríe al dispositivo. Los militares se están tomando selfies con él, en un evidente homenaje de reconocimiento y admiración hacia este delincuente.
La admiración evidente de los soldados nos describe este fenómeno psicosocial de deterioro moral y pérdida de valores, donde la maldad se admira. ¿Cuántos colombianos asesinó o mandó a eliminar con sus sicarios?
El poder seduce y genera admiración, por encima de las consideraciones morales y éticas y esto hoy representa un gran peligro. El poder que se deriva de la violencia que genera la delincuencia tiene un impacto social poco dimensionado.
Esta admiración popular por los líderes de los cárteles termina siendo un escudo que les brinda protección a partir del reconocimiento social, lo cual les protege de las acciones policiacas en su contra.
La narcocultura se nutre del rencor social, que como una respuesta reivindicatoria crea sus propios superhéroes, pero que a diferencia de los de Hollywood, estos sí son de carne y hueso y cortan vidas reales, que tienen nombre y apellido.
Quienes producen narcoseries y telenovelas de este género aducen que en sus historias los malos siempre “acaban mal” y esto es un mensaje aleccionador para el público. Sin embargo, esto es totalmente falso. Mas bien, se generan nuevas conductas inconscientes que trastocan el significado.
Así vemos que la visión colectiva de corto plazo, mezclada con desesperanza frente al futuro, además de la pérdida de autoridad moral de las autoridades, a lo que debemos agregar el alto índice de impunidad, generan una mezcla de variables emocionales que llevan a estos jóvenes a tomar la decisión de integrarse a la delincuencia, con pleno conocimiento de los riesgos y de que su vida será corta. Cada vez cobra mayor fuerza entre los jóvenes la idea de que valen más unos cuantos años de bonanza, poder y dinero, que toda una vida de esfuerzo y limitaciones.
El boom de las series televisivas ha ayudado a crear el fenómeno de la narcocultura, con todos sus simbolismos.
No habrá forma de rescatar el estado de derecho si en la sociedad se vive una fascinación por la figura del capo, al que se le ha idealizado de modo tal, que ante las nuevas generaciones se convierte en una figura aspiracional que representa éxito, poder y dinero.
Esto, sumado al discurso reivindicador de la pobreza como justificación de la delincuencia, —utilizado hoy por los políticos—, puede llevar a nuestro país al caos.
Por tanto, la atención tanto del poder ejecutivo, como del legislativo, debiese centrarse en este tema, del cual depende no sólo la sobrevivencia física ciudadana, sino también el desarrollo económico del país, pues la inseguridad frena inversiones de capital y esto impacta negativamente la generación de empleos.
La solución del grave problema de la inseguridad exige dos caminos paralelos: el de la aplicación de la ley y neutralizar el fenómeno social de la narcocultura.












