La tragedia que ciñe al pueblo de Ecuador tras el terremoto que ha cobrado la vida de 246 personas, apenas días después que otro sismo golpeara Japón, dejando nueve muertos y 780 heridos evidencia la impredecibilidad de estos fenómenos y muestra la fragilidad social a la que estamos expuestos los mexicanos y particularmente el territorio chiapaneco que aglutina el mayor número de movimientos telúricos en todo el país.
Lo ocurrido en Ecuador nos obliga a valorar y juzgar las acciones preventivas y reactivas con las que institucionalmente cuenta Chiapas y las que desde el núcleo de las familias se cuentan para reaccionar ante una emergencia de esta naturaleza.
Todos ciudadano debe estar organizado por lo menos con sus familiares y vecinos, conociendo los protocolos de emergencia con que cuenta el Estado y habituarse a ellos, contar con un plan de emergencia, conocer rutas de atención médica, puntos de encuentro y además contar con un botiquín, alimentos enlatados y botellas de agua, además de documentación prioritaria en carpetas dispuestas para el caso.
Por su parte el Estado está obligado a ofrecer las herramientas básicas para esta eventual contingencia. Primeramente contando con equipo y protocolo de emergencias. En este sentido México cuenta con un Sistema Nacional de Protección Civil vinculado a organismos internacionales en materia y que al mismo tiempo coadyuva con los organismos estatales.
En el caso de Chiapas, la Secretaría de Protección Civil ha desarrollado mecanismos preventivos, incluidos alarmas sísmicas y constantes simulacros que -lamentablemente- han evidenciado que pese a la existencia de una columna vertebral de tratamiento al tema, la participación de la ciudadanía es desorganizada y los tiempos de desalojo a edificios son insuficientes.
Muestra de ello es que en último simulacro de la Torre Chiapas, edificio emblemático del estado, fueron 25 minutos, aproximadamente, lo que tardaron los usuarios de la Torre en desalojar el edificio, cuando el tiempo idóneo es de 10 minutos, según dijo en su momento personal de Protección Civil (PC) del estado.
Protección Civil confirmó que el edificio cuenta con todos las medidas de seguridad: alarmas, sensores, rutas de evacuación y personal de apoyo en casos de emergencia, no obstante, mencionó que deben realizarse más simulacros para perfeccionar el tiempo de evacuación, así como trabajar más en cultura de prevención.
Debido a que los dos mil 500 usuarios no respetaron los puntos de reunión y decidieron protegerse del sol bajo la sombra de los árboles; el comportamiento, ante el simulacro fue de apatía, lo cual en una posible tragedia, sería fatal.
En Ecuador el reciente terremoto de magnitud 7,8 en la escala Richter provocó la muerte de 246 personas y mil 500 heridos, ese pueblo tenía similitudes medianas con México, pero más aún con el sureste nacional, compartiendo franjas de pobreza delimitada por Chiapas, Oaxaca y Guerrero.
La tragedia volvió a golpear de lleno una de las zonas más pobres de América Latina; se trata de uno de los peores terremotos que ha sufrido América Latina en la última década, después del que en 2007 golpeó a Perú, provocando 600 muertes, en 2010 a Chile, más de 150 fallecidos y la catástrofe de Haití de ese mismo año, con más de 300 mil muertos.
México no es ajeno a estos escenarios trágicos. Tan solo en los últimos 12 años, el Servicio Sismológico Nacional reportó 16 mil 540 sismos en la República Mexicana con magnitud igual o superior a 3.5 grados en escala de Richter. Es decir que en este país se registran casi cuatro sismos por día dentro de ese rango de magnitud.
Un dato que nos alerta como chiapanecos es que de acuerdo con datos publicados, en México los sismos no se distribuyen de manera homogénea, pues hay regiones en que las características del suelo no permiten que ocurran fenómenos naturales, en comparación con Guerrero, Oaxaca y Chiapas, en donde ocurren aproximadamente 80% de los terremotos y el territorio estatal es el primer lugar por estos sismos.
El sismo más grande del que se tenga registro en México fue de 8.6 grados es la escala de Richter, el 28 de marzo de 1787 en las Costas de Oaxaca. El del 19 de septiembre de 1985 con magnitud de 8.1 grados afectó particularmente la Ciudad de México, donde costó la vida de unas 10 mil personas y pérdidas económicas que representaron el 2.1% del Producto Interno Bruto (PIB) nacional.
En ese entonces, ante la carencia de protocolos de acción y la minimización de las consecuencias por parte del entonces presidente Miguel de la Madrid Hurtado la sociedad capitalina se organizó y salió a las calles a hacer tareas de rescate, salvamento y atención.
El pueblo de México ha aprendido que la solidaridad es la mejor herramienta en escenarios de crisis. Es tiempo de volver la vista a lo que como sociedad estamos haciendo, valorar nuestras acciones, participación capacitación y capacidad de respuesta ante una tragedia de esta naturaleza, que puede ocurrir en cualquier momento.












