Labrar el molcajete, oficio en riesgo

Labrar el molcajete, oficio en riesgo

Una nube blanca es el preámbulo que antecede al nacimiento. En medio de una polvareda, las manos ágiles de artesanos van dando forma a los utensilios prehispánicos que aún prevalecen en las cocinas de las familias oaxaqueñas. Se trata de molcajetes y metates elaborados mediante el tallado de piedra.

Piezas como estas nacen en el hogar de la familia de Noé Martín Noriega Carranza y su esposa Narcisa Cruz, quienes extraen la piedra criolla de una mina ubicada entre los cerros del valle que rodea a San Juan Teitipac, a unos 35 kilómetros de la capital.

Mientras Noé alista las herramientas para iniciar la jornada laboral, en medio del patio, Narcisa comenta que el oficio ha permanecido en la familia desde hace tres generaciones. “La piedra la trabajó el abuelo de mi esposo, luego su papá y después nosotros con nuestros hijos”, comenta.

Las minas ubicadas en los cerros que rodean al municipio, explica, contienen bancos de piedra blanquecina que se “cuetean”, es decir, se explotan con pólvora para obtener piedras más pequeñas. Son esas piezas menores las que se eligen para transformarse en tejolotes, molcajetes, metates, piedras de molino y otros objetos que la familia realiza.

“Son trozos grandes y hay que escogerlos para ver qué parte sirve y para qué pieza”, apunta Noé. La pareja y dos de sus hijos que se dedican al oficio artesanal de la piedra van por lo menos una vez a la semana a la mina que adquirieron hace tres años.

Noé cuenta que la “cueteada” se realiza a pie. Luego, la piedra ya fragmentada se traslada en una camioneta. La labor de elegir los trozos adecuados puede llevarles hasta un día. Noé y Narcisa hacen hincapié en que la piedra originaria del Valle de Oaxaca, conocida como “piedra criolla”, es de color blanco, mientras que aquellos objetos que se ofertan en el mercado que son de piedra negra provienen de artesanos de Puebla.

“La mayoría de la gente, aunque sea oaxaqueña, no sabía que los artículos originales del estado son de color claro”, dice Noé.

La producción de la familia Noriega Cruz es variable, debido al tiempo que tienen trabajando la piedra, recibe los pedidos en su casa, pues ya no tienen necesidad de salir a los mercados a vender, como en los primeros años. Incluso, reciben pedidos de diversas partes del estado, incluyendo la capital, por parte de restaurantes y familias que preparan festividades.

Huatulco, Nuevo León, Aguascalientes, la Ciudad de México, así como Estados Unidos son algunos lugares a donde el trabajo de la familia decora las mesas de restaurantes y viviendas. El precio de un molcajete de tamaño estándar es de 400 pesos.

“Pirataje” poblano

Para que un fragmento de piedra se transforme en un molcajete u otro utensilio, Noé y Narcisa deben dedicarle hasta un día de trabajo. Después de la selección de la piedra, se le da forma con un marro y un cincel, picos, taladros y esmeril.

Noé aprendió desde los 13 años todo lo necesario para la elaboración de las figuras de piedra. Se casó con Narcisa cuando tenían 18 años y fue al año de matrimonio que ella se unió a las tareas del labrado de piedra. “Cuando me casé, llegaron los hijos y sin la posibilidad de salir del pueblo para trabajar en otro lado, decidimos dedicarnos de lleno a la piedra”, dice.

En un principio, el trabajo era totalmente manual, sin herramientas eléctricas que facilitaran las labores y acortaran los tiempos. Los trabajos eran más rústicos, pero no perdían calidad. A veces nos cansamos, dicen los artesanos que están por cumplir 60 años de edad; sin embargo, reconocen que ningún otro oficio podría darles el reconocimiento que les han dado sus molcajetes.

Aunque los productos que se realizan en San Juan Teitipac tienen garantía de por vida, Noé y Narcisa cuentan que los productos de Puebla representan una fuerte competencia para las familias que viven del oficio, pues sus costos son menores.

Oficio en extinción

Precisamente, la dureza de la piedra que con destreza trabajan los artesanos la llevó a convertirse en el material con el que en abril de 2005 se tapizó el zócalo de la capital oaxaqueña. Cuando iniciaron las obras de remodelación, decenas de personas se trasladaron con maquinaria pesada para sacar camiones de piedra criolla de las minas del poblado.

De acuerdo con la familia Noriega Cruz, los trabajos tomaron poco más de un año. “Estuve ayudando diariamente a explotar por lo menos 20 bombas. Se sobreexplotaron muchas minas… quedaron sin piedra”, lamenta.