Mientras la Inteligencia Artificial (IA) ocupa buena parte de la conversación sobre el futuro, otra transformación avanza de manera mucho más silenciosa: cada vez se vive más y la ciencia intenta que también se envejezca mejor.
La aspiración ya no es simplemente agregar años. La gerociencia busca extender el healthspan: los años que se vive con salud, autonomía y capacidad funcional. Idealmente, no se trataría de llegar a los 100 acumulando enfermedades, sino de retrasar su aparición y reducir el deterioro al final de la vida.
Suena extraordinario. Pero hay una pregunta de la que se habla mucho menos: ¿Se está preparado para vivir más?
El Programa Nacional de Población 2026-2030 señala que alrededor del 13 % de la población tiene actualmente 60 años o más; para 2050 será alrededor de 24 %. Incluso se estima que desde 2034 habrá más personas mayores de 60 años que niñas y niños menores de 12.
Durante mucho tiempo se creció con una idea relativamente clara de cómo debía transcurrir la vida: estudiar, trabajar, jubilarnos, para disfrutar los años que quedaran por delante.
Pero los tiempos están cambiando. Se vive más, los sistemas de pensiones enfrentan nuevas presiones. Entonces, ¿qué pasará si después de la edad tradicional de jubilación todavía se tienen 20 o 30 años por delante?
Probablemente muchos podrán seguir trabajando durante más tiempo. Otros… tendrán que hacerlo.
Y esto ocurrirá justo cuando la Inteligencia Artificial (IA) esté modificando muchas de las habilidades que hoy se consideran indispensables. Aparece entonces una paradoja: las vidas laborales podrían hacerse más largas mientras los conocimientos profesionales envejecen más rápido.
Desde hoy, tanto las empresas como la gente se tienen que hacer a la idea de que la experiencia y habilidades no tienen fecha de caducidad. Se tendrá que aprender y actualizar varias veces durante la vida. Las empresas deberán ser capaces de integrar y capacitar a trabajadores de 50, 60 o 70 años.
Pero existe una enorme diferencia entre poder continuar trabajando y tener que hacerlo. Para una persona de 70 años saludable, económicamente independiente y satisfecha con lo que hace, seguir trabajando podría significar propósito, relaciones y participación.
Para alguien de la misma edad con enfermedades crónicas, pocos ahorros y un empleo físicamente demandante, puede significar simplemente que no tiene otra opción.
Ahí aparece una de las grandes amenazas de esta revolución: la desigualdad y que también la longevidad se convierta en un privilegio.
No todos pueden pagar la misma alimentación, prevención, atención médica, estudios, medicamentos o tratamientos.
Y si en el futuro aparecen intervenciones realmente capaces de retrasar enfermedades asociadas con el envejecimiento, tampoco se puede asumir que estarán disponibles para todos.
Por lo tanto, se podría terminar construyendo dos formas muy distintas de vivir más: una para quienes puedan invertir durante décadas en salud, prevención y seguridad económica; otra para quienes simplemente acumulen años y tengan que seguir produciendo para sostenerlos.
Por eso prepararse para la longevidad exige un giro profundo en nuestra manera de entender la prevención.
Las políticas públicas deberán fortalecer la prevención mucho antes de la vejez y las empresas entender que proteger la salud de sus trabajadores también significa acompañarlos durante carreras profesionales cada vez más largas.
Pero, quizá el verdadero éxito no será conseguir que más personas lleguen a los cien años. Será conseguir que lleguen con salud, autonomía, vínculos, seguridad, propósito y todavía encuentren buenas razones para querer estar aquí.












